viernes, 30 de mayo de 2014

Vuelve al bosque


Hace mucho tiempo que oigo la llamada.

Lo que acabo de hacer ya no tiene solución.
Desde hoy mis días ya no serán nunca más como los tuyos, ni como los de nadie.
Desde hoy mis sueños ya no serán nunca más aquí, pues ya no me queda otra aspiración ni otro deseo.
Todo lo que no he conseguido hasta hoy en el mundo de los hombres lo luchará por mí un depredador ancestral que anida muy cerca. Ese que sabe de toda mi rabia y mi miedo. El mismo que también saborea el tuyo, y el de todos los que alguna vez me conocieron.

Hoy he aceptado a ese otro ser que todos llevamos dentro. Hoy volveré al barro y a la sangre, hoy me adentraré en la bruma.

Pero no temáis,  pues estaré siempre cerca  y si os lo proponéis, os será muy fácil encontrarme.

Hace mucho tiempo que oigo la llamada... 

"Vuelve al bosque"




miércoles, 12 de marzo de 2014

Las horas que hay en nueve años

¿Son muchas las horas que hay en nueve años? ¿Son muchos ciento ocho meses?

Nueve años son setenta y ocho mil ochocientas cuarenta horas de vigilia y de sueño, de vigilante presencia de todo y de todos los que habitan en su territorio, de carreras escaleras arriba y abajo, con andares perpetuos de cazador furtivo, pendenciero, genéticamente callejero.

Horas de éxtasis al aspirar la luz y la hierba de mayo a los pies de rosales y jazmines en flor, horas interminables de perezosas siestas al sol en las tardes de verano, horas de contemplación de la lluvia de otoño arrebujado en tu sillón, horas de plácido letargo invernal en el seno de acogedores regazos.

También fueron horas de taimada planificación; de astutas fugas al patio del vecino, de garbeos exploratorios por el vecindario, de mil búsquedas curiosas, de revoltosos juegos infantiles, de serena madurez, de viajes entre Barcelona y Madrid. Largas horas de agudas miradas en verde felino, expresiva inteligencia sin necesidad de palabras, avistamientos ansiosos de pájaros sobre la cerca del jardín, capturas triunfales de moscas, lagartijas y saltamontes, de la defensa férrea del hogar frente a toda fauna intrusa de cuatro patas; de estoica paciencia frente a pinchazos y pastillas de veterinarios o ante las torpes manos de ancianos y niños que alguna vez acariciaron tu lomo pardo.

Muchas, muchas horas de fiel amistad, de compañía silenciosa junto al ordenador, de atenta observación sentado en tu silla de la cocina, entre el desayuno apresurado y la cena cotidiana. Siempre la primera figura en aparecer tras la puerta al llegar a casa. Horas de amor puro e incondicional, y de ese ronroneo tan tuyo, suave y profundo entre mi pecho y mi hombro izquierdo, al acogerte entre mis brazos.

De todas esas horas, tan sólo siento no haberte acompañado en tu última hora, esa que ni tu ni nadie esperaba, esa que aún no debía ser la tuya; en la que te fuiste sin ruido, sin darte cuenta ni saber porqué.

Porque no es tanto el tiempo vivido, sino la forma y la intensidad con la que lo hemos vivido, y lo mucho que llegamos a compartir.

Algún día nos volveremos a ver, Minos. Y entonces sí, al fin podremos compartir todas las horas que haya en la eternidad.







jueves, 26 de diciembre de 2013

Rincones compartidos



 Siempre llegan días como éste en los que inevitablemente uno vuelve la vista atrás. Posiblemente ayude en este proceso el viajar para eliminar la distancia que nos separa de nuestros más allegados. Es entonces cuando preparamos el ánimo para recordar de viva voz todo lo bueno vivido durante el año. Para lo menos bueno quizás baste unas miradas de entendimiento, unos silencios compartidos, fundidos dentro de un abrazo.

Así pues hoy, dia de Navidad de 2013, quiero volver la vista atrás y compartir contigo de una forma especial todo lo vivido, expresado y sentido en mi último año de relatos escritos en este blog. Ciento trece páginas de cuentos e imágenes a todo color y en buen papel de gran formato (21,59 x 27,94).

Para ello he contado otra vez con un compañero de viaje fiel y muy cercano, Alfonso Hidalgo, quien ha dado luz y color en forma de imágenes inspiradoras a muchas de las pequeñas o grandes historias que en este nuevo libro de Rincones encontrarás, si así lo deseas.
























viernes, 29 de noviembre de 2013

Como tú lo cuentas




Me gusta la realidad tal y como tú la cuentas. 
La prefiero mil veces a como era todo antes de ti;  y a como será, tal vez mañana...
Así que cuéntamela otra vez, hoy y todos los días, muy despacito. 
Y guardémosla para siempre, limpia y enmarcada, a salvo del tiempo y de las cosas de la vida.



Fotografía de Alfonso Hidalgo Bau

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Very common in Nepal 7: No te puedo engañar, soy budista



Es el primer día de ascensión y llevo más de tres horas subiendo escalones bajo la lluvia. Hemos salido muy temprano de Pokhara, la segunda ciudad del país, a doscientos kilómetros de la capital, una distancia que para los estándares de Nepal es todo un mundo en horas y dificultades. Uno de los puntos fuertes de un viaje a Nepal necesariamente pasa por aquí. Las guías dicen que es la más bonita y deseada para vivir por los nepalíes. Realmente, podría decirse que Pokhara lo tiene todo:

Los doscientos cincuenta mil habitantes de Pokhara hacen que sus calles sean relativamente tranquilas y están decentemente urbanizadas. El ambiente es apacible, alejado del caos y la contaminación de Kathmandú. Está bañada por las frescas aguas de un gran lago, el Phewa. Desde sus orillas, en una mañana despejada es posible contemplar unas impresionantes vistas de gran parte de la cordillera de los Annapurnas: el Dhaulagiri, el Annapurna I, el Manaslu, pero sobretodo, la majestuosa punta bifurcada del Machapuchre, también conocido como "cola de pez". Son enormes moles de piedra nevada se encaraman más allá de los siete mil y ocho mil metros, y se encuentran a menos de cincuenta kilómetros de distancia, recortándose contra el cielo azul, proyectando sus asombrosas figuras sobre el lago.


Pero sobre todo, Pokhara es el punto de partida de la ruta hacia una de las grandes maravillas de Nepal, la cordillera de los Annapurnas, que de momento no está siendo sino una penosa ascensión a través de empinados senderos escalonados. La niebla y las nubes bajas apenas permiten entrever unos cientos de metros a nuestro alrededor de un paisaje densamente boscoso. Me doy cuenta que bajo el monzón las reglas en la montaña cambian. A una altitud de mil setecientos metros la temperatura es extrañamente cálida, por lo que el material técnico destinado a proteger el cuerpo de las inclemencias de la altitud es válido en cualquier otro lugar, menos aquí. No hay frío del que protegerse, ni tampoco forma de detener el paso de la humedad que nos rodea. Poco a poco, el agua se acumula por encima y por debajo de mis ropas, tan incapaces de contener tanta cantidad de lluvia como de desalojar mi sudor. Noto que me cuezo como un jamón de York, pero sigo caminando, sigo subiendo escalones. Siempre hacia arriba, siempre uno más ante mi vista. Escalones; cientos, miles, centenares de miles de ellos. 

En nuestra ruta atravesamos frecuentemente pequeños núcleos de población, en todos hay tiendas de comida, bebida y otros elementos básicos para las necesidades del caminante occidental. También menudean las construcciones especialmente preparadas como refugios alpinos y alojamiento para montañeros. Muchos cuentan con balcones de madera sobre los que aparecen pintados hermosos paisajes nevados y eslóganes en inglés de grandes letras rojas aludiendo a las magníficas vistas panorámicas que supuestamente es posible contemplar desde ellos. Toda esta miriada de asentamientos que vamos encontrando cada pocos kilómetros tiene una buena y única razón de ser; el paso de gente como nosotros, turistas deseosos de acercarse lo más posible a las míticas cimas del planeta, capaces de haber viajado a ese recóndito rincón de la Tierra, allá donde el capricho de la poderosa naturaleza las ha hecho crecer. 

Finalmente nuestro guía ordena un alto en uno de estos lugares para reponer fuerzas y comer un poco. Derrengado, me desprendo de la mochila y me acomodo a cubierto de la lluvia, a la entrada de lo que parece ser una tienda-refugio-restaurante, todo a la vez, bajo un balcón. En cada alto que haremos en la ruta de los Annapurnas siempre habrá un nepalí dispuesto a vendernos algo. Sin mucho ruido y con proverbial calma. Los veré atendiendo a mis compañeros detrás de sus mostradores, con sus rostros morenos, retostados y sus cabellos lacios, gente nunca muy alta y casi siempre delgados. Siempre serios pero atentos. Un protocolario "namasté" es la palabra universal de saludo, y también el comienzo de toda negociación.

Mientras apuro los momentos de descanso, cierro los ojos y me dejo llevar por los recuerdos más recientes de estos últimos días; me doy cuenta que ya sea en un recodo perdido de la montaña, en la bella Pokhara o en la bulliciosa Kathmandú, en Nepal es muy fácil dejarse llevar por la tentación de comprar. Hay infinidad de estímulos esperándole a uno a la vuelta de cada esquina. Para todas las cosas interesantes hay que regatear. Es muy curioso el sistema de regateo a la nepalí. Lo podríamos considerar de lo más "honesto": son comerciantes de poco discutir. Por lo que se refiere al engaño en el precio, sólo te la intentan clavar una vez y ceden pronto cuando se dan cuenta que conoces el precio de lo que vas a comprar, o el trato es justo. "El precio que te pido es bueno, además, no te puedo engañar; yo soy budista" nos espetó una vez una taimada joyera en Pokhara, delante de un bonito colgante de turquesas en forma de nudo tibetano.  

     - Where do you came from? 
     - We are from Spain
     - ¡Españoles! Hola-hola, caracola...

El tiempo de descanso termina. Reemprendemos la marcha, no sin antes percatarme de haber tenido un visitante inesperado: un reguerillo de sangre sobre el calcetín derecho me indica que otra sanguijuela ha aprovechado el rato para engordar a mi cuenta...

La lluvia persiste, intermitente. Harto de sudar y ya mojado por completo, decido imitar a nuestro guía, que en ese momento me adelanta para ponerse en cabeza. Sudeep camina desprovisto de ropa de abrigo o impermeable, aceptando desde el principio que ni una cosa ni la otra tienen sentido ahora. Por el camino nos cruzamos con grupos de niños que juegan, subiendo y bajando los resbaladizos peldaños a la carrera. Uno luce una gastada camiseta con los colores de la equipación del Barça de esta última temporada, lo que consigue arrancarme una sonrisa de reconocimiento.


Los nepalíes parecen tener una curiosa atracción por las camisetas de los dos principales equipos de fútbol de nuestro país, tanto que no es raro que las admitan como moneda de cambio en tratos con turistas. He visto niños, jóvenes y mayores luciendo orgullosamente zamarras del FC Barcelona y del R.Madrid en sus quehaceres diarios... la mayor parte de ellas tan falsas como auténtica es su devoción por los equipos que representan. Ya en el segundo día de viaje me vi envuelto en una apasionada discusión sobre fútbol con el regente de nuestro primer alojamiento en Kathmandú, un veterano monje poseedor de un retrato dedicado por el actual Dalai Lama, e hincha del Madrid en sus ratos libres. Me recordó con sorna muy poco acorde con la debida compasión budista los siete goles que nos hizo el Bayern de Munich en las últimas semifinales de la Champions. Llegados a esta tesitura yo lógicamente tuve que recordarle el triste hecho de que su equipo había pasado un nuevo año sin comerse un rosco, tan en blanco como el color de su camiseta...

    -Here we are crazy about football!
    (¿Locos, vosotros? ¡Ay! si yo te contara despacito...)

Después de tres horas más de dura ascensión por fin alcanzamos el refugio de nuestra primera noche. Es una noche de descubrimiento mutuo de los folckores musicales hispánico y nepalí entre turistas y los porteadores que hemos contratado para llevar parte de nuestro equipaje. Ellos son un puñado de jóvenes estudiantes que sacan recorriendo estas rutas unos jugosos ingresos extras; diez euros diarios al cambio por acarrear hasta veinte quilos de mochilas a sus espaldas. Es una animada noche en las que se alternan las delicadas y melodiosas canciones nepalíes con lo más granado y festivo de los grandes éxitos eternos de El Fary, Camilo Sesto o Manolo Escobar, todo ello a la luz de lámparas de gas, pues el suministro eléctrico se corta a menudo por esos lares. Cuando finalmente nos retiramos a descansar, nos toca comprobar lo espartano del alojamiento alpino en el que hemos recalado, poco más que simples cabinas de madera con un ventanuco y un par de jergones.

El segundo día amanece sin lluvia, aunque las nubes bajas siguen agarradas al terreno. La caminata hasta el refugio de Gorepani es hoy mucho más llevadera. Alcanzamos los dos mil setecientos metros atravesando frondosos parajes envueltos en la niebla, cruzamos endebles puentes de tablas sobre torrentes enfurecidos. Todo está cubierto de musgo, de exhuberantes líquenes, de helechos aéreos arraigados sobre altos árboles, un mundo perdido por el que nos adentramos, rompiendo la neblina del camino. Llegamos al pueblo de Gorepani bajo una fina lluvia en medio del silencio de la tarde. Es uno de los pueblos de montaña más grandes de la comarca, ya que es paso previo para el ascenso a la colina de Poon Hill, mirador de privilegio donde en la temporada álgida miles de montañeros se concentran para contemplar las espectaculares y míticas vistas circulares de la gran cordillera de los Annapurnas. 


En el tercer día continúa la lluvia. Nuestro segundo refugio es una agradable y acogedora sorpresa. Su espacioso salón comedor de madera organizado alrededor de una gran chimenea negra de leña y carbón invita al recogimiento, a la espera. Desde los ventanales contemplamos los cielos absolutamente cerrados. La niebla blanca, brillante resbala por las laderas de las montañas. Tenemos la certeza de tener los Annapurnas justo detrás de las ventanas, pero no podemos verlos. Sin otra cosa que hacer, matamos el tedio jugando a las cartas y haciendo planes delante de un mapa a gran escala de los Himalayas que cuelga de una de las paredes. Planes para dentro de un rato, para mañana, o quizás para el año que viene. Porque si no despeja mañana, ya no podrá ser en este viaje. Y entonces habrá que volver, quien sabe si en semana santa, o el próximo verano... Mientras tanto, la lluvia arrecia, repiqueteando con fuerza sobre el refugio. Una niña nepalí corretea entre nosotros, silenciosa, tímida. Gorro de lana multicolor, abrigo rojo, una sandalia blanca, un pie descalzo. Sus ojos rasgados lo observan todo, enmarcados por su carita ovalada, de cobre oscuro.



El cuarto día algo cambia;  por fin surgen las primeras ventanas de cielo azul a través de la niebla. La densa cortina de nubes se ha resquebrajado, mostrándonos fugazmente retazos de un paisaje espectacular, velado hasta ahora a nuestros ojos.


Sin dudarlo, nos lanzamos a una apresurada subida al Poon Hill. En poco más de una hora alcanzamos el lugar, un amplio promontorio pelado, libre de obstáculos para la visión y coronado por una gran torre de observación. El lugar está desierto, pues estamos muy lejos de la mejor época para el éxito de nuestro propósito, pero en contra de todas las predicciones, el telón de nubes se abre para mostrarnos las imponentes siluetas, increíblemente cercanas, del Annapurna Sur y el Daulaghiri en toda su brutal belleza.

Sólo cinco minutos de éxtasis a cambio de cinco días de sudor, cansancio, lluvia, barro y sanguijuelas. Un precio que sin embargo, siempre seguiré dispuesto a pagar, con el mayor gusto.

 

lunes, 18 de noviembre de 2013

Very common in Nepal 6: El taxista de las cien rupias



El retorno a Kathmandú desde las junglas del sur se nos hace aún más duro que a la ida. En cuanto entramos en las calles de la ciudad la contaminación se agarra a la garganta. Además hoy el monzón ha decidido recordarnos que sigue vigente. Bajo la intensa lluvia, las calles se desdibujan en ríos de barro y agua. Sin embargo, el tráfico de vehículos, animales y personas se mantiene inalterable con su habitual ritmo infernal. Los charcos crecen hasta convertirse en pequeños lagos. El agua discurre por las calzadas formando torrentes. El autocar no puede adentrarse en las estrechas callejuelas del barrio de Thamel, por lo que tenemos que cubrir el último medio kilómetro a pie, acarreando nuestras mochilas y maletas. En formación de horda avanzamos atropelladamente hasta un cruce de calles en el que es imposible pasar sin mojarse hasta por encima de los tobillos. Sin embargo, hay que llegar al hotel, como sea. Mientras tanto los nepalíes pasan a nuestro lado sin inmutarse, chapoteando rutinariamente con sus sandalias de goma, hundiendo sus pies en el agua oscura, hasta la pantorrilla incluso. Pero para nosotros, con nuestras maletas de más de 20 kilos y calzado de ciudad, un simple palmo de agua se vuelve un obstáculo insuperable.

Tras unos momentos de estupor e indecisión no tarda en aparecer el verdadero espíritu hispánico; poco a poco cada cual empieza a buscarse la vida por su cuenta. Algunos deciden abordar la cuestión por las bravas, y levantando en vilo su equipaje se meten en el agua sin más. Otros buscan rutas alternativas y dan media vuelta, en busca de otra zona de paso. También los hay que parecen bloquearse y simplemente, permanecen inmóviles, a verlas venir y apuntarse al mejor carro. De pronto, a mi lado alguien tiene una idea luminosa: "¿Y si paramos un taxi para que nos lleve las maletas?" Dicho y hecho.

No tardamos en tener a nuestra disposición uno de los pequeños utilitarios blancos que en Kathmandú funcionan como taxis. Unas pocas indicaciones en un rudimentario y apresurado inglés bastan para hacer entender al taxista nuestro plan. Es un nepalí de mediana edad, menudo, delgado, seco, de cabello ralo y ceniciento. En su ajada camisa grisácea poco a poco se mezclan los lamparones de grasa con el agua de lluvia. Cerramos el trato rápidamente; serán cien rupias por el servicio. Nos sorprende lo fácil y económico del trato; ¡es poco más de un euro al cambio! 

No obstante, enseguida advierto que el ridículo maletero del desvencijado cochecito no da ni para medio bulto de los nuestros, pero ante la permisiva pasividad del taxista procedemos a atiborrar todo el espacio disponible con las maletas de cuatro de nosotros. En el interior sólo queda sitio para uno. Seré yo el que suba junto al conductor con mi mochila a la espalda. En estas condiciones apenas tengo espacio para moverme en mi asiento, pero el trayecto es corto. Avanzamos rápidamente entre toques de claxon propios y ajenos, cortando de través la sopa de agua en la que se mueven personas, animales y vehículos por las atestadas callejuelas del barrio tibetano. En menos de cinco minutos estoy ante la puerta del Potala Guest House. 

Salgo del taxi y rápidamente me afano en sacar las maletas y ponerlas a salvo en el interior del vestíbulo del hotel, lejos de toda la lluvia y los charcos de esa enloquecida ciudad. Mientras tanto, el taxista permanece todo el tiempo inmóvil, junto a la puerta de su coche, de pie bajo la cálida lluvia, dejándome hacer, pleno de budista indiferencia, esperando tranquilamente a que termine para cobrar su magra carrera. Está claro que cien rupias en Nepal dan para lo que dan...




martes, 15 de octubre de 2013

Very common in Nepal - 5 (El ronroneo del elefante)


Abordamos los elefantes como quien sube a un avión, a través de una escalerilla rematada en lo alto por una plataforma de troncos y tablones de madera. La silla sobre la que nos colocamos es espartana pero efectiva. Viajamos dentro de un habitáculo en forma de cubo; la conforma una base cuadrada de madera sobre la que se elevan unas estacas en cada una de sus esquinas finalmente unidas entre sí por unos travesaños. Todo el artilugio está firmemente asegurado a la panza del animal con gruesas correas de cuero remachadas en hierro. Somos cuatro pasajeros además del conductor que va delante, sentado justo detrás de la cabeza. Él se sujeta hábilmente introduciendo sus pies descalzos entre la piel y el collar de cuerda trenzada que actúa de brida en todos los elefantes domésticos. Nuestra postura no el súmmum de la comodidad ni mucho menos. La forma del habitáculo nos obliga a una disposición dos a dos, muy juntos y con escasa capacidad de movimiento, cada uno ocupando una de las cuatro esquinas con los pies colgando y una estaca de madera en medio.


Pronto se forma un grupo de al menos una docena proboscidios camino de la espesura. Sin prisa pero sin pausa, a paso sostenido, atravesamos una llanura fluvial fangosa, bajamos un terraplén y entramos en un río de fondo pedregoso. El agua alcanza hasta la mitad de las patas de nuestros animales, los cuales mantienen el ritmo sin mayor problema. Al poco volvemos a ascender, dejando atrás el río y el barro para finalmente adentrarnos en la selva. Ni que decir tiene que los continuos y bruscos vaivenes del elefante al caminar por el terreno irregular de la jungla nos hace comprobar sobre nuestras carnes la gran solidez y muchas aristas vivas con la que ha sido construida la caja en la que viajamos.


Aparentemente no hay sendas o caminos marcados, pero tampoco parece hacernos falta, porque estamos a bordo del que seguramente sea el todoterreno original de la humanidad, el primigenio. Me doy cuenta que no hay vehículo o artefacto humano más capaz que él para la exploración, el rastreo y las labores de patrullaje. Vadeamos ríos y fangales sin mayor problema, superamos obstáculos mientras nos internamos en la densidad boscosa, donde no llegaría jamás vehículo alguno. Todo ello sin perder ocasión para autoadministrarse frecuentes aperitivos de forraje extra que arranca en grandes cantidades con su poderosa trompa a un lado u otro de la ruta.

Avanzamos en fila por lo más abrupto de la selva con la ventaja de ver el terreno cerca de las copas de los árboles. Me vienen a la cabeza imágenes semi olvidadas en blanco y negro; antiguas películas de Tarzán y escenas de cómics en los que aparecen rajás de la India o gobernadores coloniales con salacot, en plena expedición de cacería, montados cómodamente, (ellos sí) sobre elefantes suntuosamente enjaezados. En esas escenas se les ve seguros y aparentemente invulnerables a cualquier peligro, hasta que de súbito son atacados por un feroz tigre o alguna  horda sanguinaria de nativos, con resultados siempre catastróficos, por supuesto...


Pero los tiempos han cambiado, y ahora la caravana de elefantes transita en paz y buen orden por un parque nacional perfectamente delimitado. Los que la integramos somos turistas de clase media de los cuatro rincones del mundo, armados únicamente de cámaras fotográficas y el deseo de avistar al famoso rinoceronte blanco. De pronto surge directamente de debajo de nuestras posaderas un sordo rumor que rápidamente pasa a convertirse en una creciente vibración. Los cuatro pasajeros nos miramos. ¿Nuestro elefante está... ronroneando? El conductor tiene la respuesta: en un rudimentario inglés nos hace saber que estamos sobre un ejemplar de diez años y que en estos momentos el elefante que se ha colocado detrás de nosotros en la fila es una hembra, su madre, de cuarenta y cinco. Esta es la forma que tienen las crías de demostrar el apego a sus progenitores cuando los tienen cerca.

Al cabo de poco dejamos atrás la umbría de los altos árboles y nos adentramos en una especie de sabana trufada de altos matorrales, charcas y bosquecillos dispersos. Inmediatamente el sol de la tarde empieza a castigar nuestros hombros y cabezas. Mientras tanto, observo como la fila de elefantes se rompe para abrirse en abanico. Ahora empieza realmente la búsqueda del rinoceronte blanco.

Los minutos pasan, por el momento no hay más novedad que la posibilidad de obtener mil y una fotos de nuestros compañeros montados sobre otros elefantes. De vez en cuando nuestra montura nos ameniza con sus cariñosos ronroneos filiales dedicados a su madre próxima, la cual responde con suaves bramidos. Comentamos divertidos la curiosidad con nuestros vecinos montados sobre ella. Quizás será por el calor o a falta de otra cosa en la que ocupar la mente, pero en esos momentos me da por pensar que si resulta que los elefantes vienen a ser tan longevos como los humanos, unos setenta y cinco años, emplear a un ejemplar de diez bien podría considerarse una suerte de explotación infantil. Aunque por otra parte, también es verdad que este animal dista mucho de ser una débil criatura...

De uno de los elefantes cercanos surgen voces en nepalí. Uno de los conductores ha visto algo interesante. Pronto llegamos también a las inmediaciones. Un grupo seis o siete de ciervos pace a la sombra de unos árboles. Para nuestra sorpresa no huyen ni muestran el más leve temor. Pasamos junto a ellos, mientras los fotografiamos a placer. Pero la búsqueda prosigue. Unos centenares de metros más adelante es nuestro conductor es el que se yergue sobre el cuello de nuestro animal. Sin alzar mucho la voz se hace notar a su colega más cercano y señala con la vara de hierro en dirección a una zona de vegetación alta y especialmente densa. Llegamos los primeros. Ahí, en un pequeño claro tras los altos cañizales están: una hembra de rinoceronte blanco y su cría. Nos detenemos a escasos cinco metros de la pareja. Los observamos con todo detalle, advirtiendo cada pliegue y detalle de la dura piel blanquecina de los dos seres. La cría busca afanosamente las ubres de su madre, ajena a cualquier otra consideración. No parecen interesados en nuestra presencia, cosa que demuestran dándonos la espalda. No nos distinguen como seres humanos, para ellos somos un solo ser, formamos parte indistinguible de otro gran herbívoro como ellos, alguien que en modo alguno es su enemigo.


Pronto convergemos una decena larga de elefantes a su alrededor, formando un círculo cada vez más cerrado. Los obturadores de las máquinas de fotografiar suenan continuamente. Algunos guías se ofrecen desde su posición privilegiada para captar primeros planos con las cámaras de sus pasajeros a cambio de la posterior propina. Toda esta sorprendente armonía en proximidad se prolonga durante un buen rato, todo un lujo que quedará grabado en nuestro recuerdo, hasta el momento en que la madre rinoceronte empieza a cabecear y a mirar a un lado y a otro. Al parecer considera que pese a la buena vecindad entre especies, quizás somos demasiados en tan poco espacio.


El guía más veterano, un hombre flaco y largos cabellos cenicientos, de piel extremadamente curtida, da la orden a todos los demás. Nuestras monturas obedecen a sus conductores y volviendo grupas, devolvemos la tranquilidad a la pequeña familia de rinocerontes blancos.

Cae la tarde en la sabana de Chitwan mientras las siluetas de doce de elefantes se recortan sobre la llanura. Uno de ellos ronronea mientras camina al lado de su madre.



jueves, 10 de octubre de 2013

Very common in Nepal - 4 (La sonrisa nepalí)



Después de una intensa mañana en pos de las escurridizas fieras selváticas, he vuelto de nuevo a la orilla del río, otra vez cerca del embarcadero. El día ya está mediado y el sol golpea con fuerza sobre mi cuerpo cansado. Mis ropas conservan todo el sudor ilusionado de la búsqueda, el mismo que se enfrió durante la tensa espera, el mismo que ahora me envuelve de nuevo, aderezado con la transpiración acre de la decepción final.

Debe ser que no he tenido bastantes emociones con todo lo que he visto y lo que en realidad no he llegado a ver, porque ahora mismo voy al encuentro de otra gran bestia de la jungla. Esta vez la encuentro sin dificultad. Hay decenas de ellas a mi alrededor chapoteando en el río, y no me prestan mayor atención que al resto de personas que deambulan a su alrededor. Con decisión me acerco a uno de los animales; en concreto, al que nuestro taciturno guía de esta mañana me acaba de señalar: "Pide esa hembra de ahí, es la más tranquila de todos estos."

Cuando no sin cierta prevención llego al pie de la gran elefanta, no necesito intercambiar palabra alguna con su conductor. Basta con un breve ademán al chico que asoma por encima de la gran cabeza cuadrada. Él se remueve brevemente sobre su montura y pronuncia un par de órdenes secas. De inmediato, a un metro escaso de mí, el gran animal echa cuerpo a tierra doblando primero sus patas delanteras y luego las traseras. Aún así su grueso espinazo queda por encima de mi cabeza. Agarro la mano que se me tiende y trepo descalzo por el montículo de carne gris hasta sentarme a horcajadas tras la testa de la elefanta. Con curiosidad, descubro que está cubierta de unos finos pelos negros enhiestos. Estoy encaramado sobre el lomo de un gigante. Detrás de mi se ha situado el conductor. Advierto que está de pie y va provisto de una vara de hierro corta. Uno de sus extremos termina en forma de gancho afilado. Con esta herramienta da una serie de golpes cortos en los cuartos traseros del animal. Acto seguido ésta se pone en pie y a continuación da media vuelta en dirección al río. Durante este proceso experimento lo que supongo debe sentir cualquier hormiga al verse zarandeada de arriba a abajo y de izquierda a derecha. Como única sujeción cuento con la fuerza de mis piernas y una cincha de cuerda azul trenzada alrededor del cuello del animal, a la que me aferro con toda la energía de la que soy capaz.

Los andares de mi elefanta son pausados pero sorprendentemente ligeros para el peso que desplaza. Dispongo de unos segundos en los que contemplo todo mi entorno desde la altura de esta atalaya en movimiento. A cada paso que da puedo sentir bajo mis pies y mis manos la fortaleza de un poder hasta ahora desconocido, tranquilo, silencioso, obediente. Mientras tanto, nos hemos adentrado en el cauce del río hasta un punto en el que el agua alcanza el nivel de la panza del animal. En ese momento, el chico a mis espaldas pronuncia una breve orden. Lo que ocurre a continuación me coge totalmente desprevenido; los elefantes pueden ser muy rápidos cuando quieren: En un instante veo ascender una larga trompa por encima de mi cabeza que, tras describir un elegante arco, descarga directamente sobre mi cara un enorme y prolongado chorro de agua. Instantáneamente todo el calor, el sudor y el cansancio acumulado se evaporan de mi cuerpo.

Siguiendo exactamente la cadencia de las instrucciones del muchacho, la elefanta se aplica diligente en su tarea. Cada ascenso de la probóscide del animal es una ducha revitalizante, recia, precisa, sin concesiones. Creo que me estoy haciendo con el juego, y así me preparo para otro nuevo roción. Pero de pronto la voz de mando que oigo a mis espaldas cambia, y el mundo sobre el que creía hallarme firmemente sujeto me voltea sin dificultad hacia un costado. Me descubro volando de cabeza hacia el río. "¡Aquí me habéis pillado bien!", pienso mientras nado de vuelta hacia la isla viviente y su guía.

Por su parte, tanto la elefanta con sus vivos ojos redondos como el muchacho me miran, sonrientes y listos para repetir la jugada. Por mi parte, estoy empezando a comprender una parte de los motivos de la eterna sonrisa nepalí.





lunes, 30 de septiembre de 2013

Very common in Nepal - 3 (La ley de la selva)


La primera luz del día nos alcanza en el embarcadero, junto a la orilla del río. Todos en el grupo vestimos pantalones largos y botas. Nuestras ropas son negras, gris o azul oscuro. De esta guisa, convertidos en una improbable tribu gótica en medio de la jungla nepalí, embarcamos en unas canoas largas, hechas a partir de troncos vaciados. Camino brevemente por su fondo plano, sintiendo la precaria estabilidad de la embarcación, hasta ocupar una de las pequeñas banquetas dispuestas. En cada barca hay un remero a popa, provisto de una larga vara que hace las funciones simultáneas de remo y timón. Nuestro conductor pronto empieza a maniobrar para encararnos hacia la corriente. En el proceso, nos inclinamos a un costado u otro mientras veo no sin cierta aprensión como la superficie del agua se acerca peligrosamente a la borda. No creo que a mi cámara le fuera a sentar bien un remojón en estas aguas, ni en ningunas otras...


Nuestra flotilla de canoas avanza corriente abajo y gana velocidad fácilmente, casi en completo silencio. Poco a poco nos situamos en el centro del río, que se ensancha cada vez más. Sus aguas son turbias pero tranquilas y cálidas. No puedo evitar alargar la mano fuera de la borda e introducirla, dejándola mecer en el líquido elemento a ras de superficie. A ambas orillas la vegetación de ribera es cada vez más alta. Más allá, pasada la franja fluvial de tonos marrones y ocres surge una inmensa masa forestal verde oscura. Sobre las copas de los árboles flota una niebla de nubes blancas de condensación que lentamente asciende hacia el cielo gris. Es la jungla que respira, y aguarda.


Al poco aparecen unas isletas justo en el centro del río. Las dejamos a nuestra izquierda. Alguien divisa algo en una de ellas: ¡Cocodrilos! Entonces veo a tres cocodrilos perezosamente emboscados entre los cañizales, justo al borde del agua. Uno abre los ojos y nos dirige una mirada vidriosa. Instintivamente, saco la mano del agua.

De pronto, frente a nosotros, el río da señales de cambio: a nuestros oídos llega el rumor de aguas revueltas. Estamos llegando a una zona de rápidos. Vemos aflorar formaciones rocosas en diferentes puntos del río mientras nuestros barqueros maniobran sin dificultad entre ellas. Poco después las tres barcas giran en ángulo recto hacia la izquierda, poniendo proa hacia a la orilla opuesta de la que habíamos partido. La corriente en este punto es más viva que antes, por lo que nos acercamos rápidamente a la orilla, pero nuestra canoa, guiada por manos expertas vira en redondo en el último instante y de espaldas tocamos tierra suavemente.

La expedición se divide en tres columnas, encabezadas cada una por un guía del parque. Partimos en tres direcciones distintas, todos con la misma esperanza de encontrar al gran tigre de bengala.  Rápidamente nos adentramos en la jungla, o más bien, ésta nos envuelve apenas recorridos los primeros veinte pasos. Nuestro guía es el mismo de Khorsor. Habla poco y en voz muy baja. Para nuestra protección y la suya propia cuenta como única defensa con un bastón de madera. De todos modos, pronto me queda claro que la mayor garantía para nuestra integridad es la burbuja de ruido que generamos a nuestro alrededor, perfectamente audible para cualquier ser vivo a cien metros a la redonda. Avanzamos envueltos en el rumor constante de nuestras voces, el roce de nuestros pasos, los chasquidos de las ramas secas al quebrarse bajo nuestros pies.

Muy pronto nos topamos con una especie de insecto muy similar a los zapateros de nuestras latitudes. Estos son de un rojo intenso, más grandes y de largas patas. Corretean por todas partes. Pronto reparamos en otra presencia, otra forma de vida más sofisticada que nos observa. Sobre nuestras cabezas las ramas de los árboles se mueven; unos monos nos observan con descaro y curiosidad. A nuestro alrededor caen frutos y hojas, emitiendo un ruido sordo al dar contra el suelo arenoso de la jungla. Avanzamos entre la penumbra de altos árboles de corteza negra y ocasionales claros, cubiertos de un espeso matorral que debemos apartar a nuestro paso. Estamos en medio de uno de estos espacios cuando se nos viene encima un enjambre de moscas. Inmediatamente nos invade el penetrante olor dulzón de la carne en descomposición. Nuestro guía se detiene por un instante y se adelanta unos metros para inspeccionar a la derecha del claro, justo en el margen del mismo. Cuando vuelve nos dirige unas breves palabras: "Tiger's food". Comida de tigre. Como primer indicio, hay que reconocer que no está mal, nada mal. Seguimos adelante.

Los minutos pasan lentamente y el día avanza, arriba en lo alto el sol se abre paso esporádicamente entre las nubes del monzón, sólo para intensificar el bochorno ambiental. Mientras tanto, a ras de tierra nosotros seguimos buscando indicios del tigre. Llevamos un buen rato caminando sin ver otra cosa que árboles y maleza. Entonces nuestro guía decide algo distinto: salimos de la espesura y empezamos a seguir una pista de tierra, justo en dirección opuesta. En un par de sitios se detiene para husmear en los márgenes del camino o se interna brevemente entre la maleza, junto a algún arroyo. Parece saber donde buscar; pronto nos llama  y señala con la mano en varios puntos en el suelo, justo frente a nuestros pies.

Entonces lo vemos: ante nuestros ojos surge una huella perfecta y clara de la zarpa de un tigre. Unos palmos más allá nuestro guía señala una especie de churretones negruzcos de una sustancia semisólida. Nos hace entender que se trata del producto de la purga estomacal de uno de los grandes felinos del lugar. O sea, estamos fotografiando vómito de tigre, ni más ni menos. Me acuerdo de mis dos gatos, a miles de kilómetros de allí. Ellos también lo hacen, comparten el mismo instinto: comen plantas hasta provocarse el vómito; así protegen sus estómagos de cualquier posible toxina ingerida a través de sus presas.


Con la moral renovada por los indicios nos internamos en una zona de la jungla especialmente densa y sombría. Camino tan sólo unos pasos por detrás de nuestro guía y su bastón. Pasamos un buen rato de monótona caminata, sólo aderezada por los distintos cantos de invisibles pájaros por encima de nuestras cabezas. De pronto nuestro hombre ralentiza sus pasos, hasta detenerse. En completa inmovilidad, está observando una franja del sotobosque al fondo a nuestra derecha, justo en el límite de la visión que permite penumbra reinante. Con todo el grupo expectante tras de sí nuestro hombre se agacha y se vuelve hacia nosotros: "There there's a tiger... maybe" La sola posibilidad de que estemos apenas a treinta metros de un tigre me hace correr un potente escalofrío por la espalda. No me da tiempo a pensar mucho en ello, pues el guía se ha puesto en marcha de nuevo. Ahora camina lentamente, encorvado, directamente hacia el lugar donde hace un momento apuntaba la presencia de la fiera. Por un momento no sé que hacer, pero ¡quién dijo miedo! acto seguido, me pego a sus talones, imitando sus movimientos. Nos detenemos de nuevo. Esperamos. Me doy cuenta que a nuestro alrededor los cantos de los pájaros han cesado. La jungla está en silencio. Apenas hay quince metros de distancia...

Entonces ocurre: de improviso, frente a nosotros la vegetación se agita con violencia; a continuación, el fragor de un apresurado batir de pezuñas alejándose. Se trata de un grupo de ciervos cuyas sombras entrevemos fugazmente tras la maleza antes de desaparecer.

Llegamos de nuevo al embarcadero. Aún pensando en el tigre que no he visto me percato con sorpresa de que uno de mis calcetines está manchado de sangre. ¿con qué me he cortado, con qué me he arañado? qué raro, no me caído ni me consta haber rozado contra nada durante toda la excursión, ni tampoco siento dolor alguno.Y es que tengo el honor de protagonizar uno de los primeros encuentros del grupo con uno de los más sigilosos, persistentes e insaciables depredadores de Nepal: ¡las sangüijelas! No muy lejos de mis pies se mueve un rollizo ejemplar; negro, brillante, henchido y satisfecho tras haberse servido una buena ración de mi sangre. No hay nada como experimentar en carne propia la ley de la selva...



lunes, 16 de septiembre de 2013

Very common in Nepal - 2

 

Por fin logramos cubrir los doscientos kilómetros más largos de nuestras vidas. Estamos en Sauraha, una de las poblaciones cercanas al Parque Nacional de Chitwan. Aquí las cosas son muy distintas al Nepal que hasta ahora hemos conocido. No hay ruido, no hay asfalto, no hay masas de gente ni contaminación. El adobe y la paja menudean en las construcciones. El cielo está encapotado pero el calor del sol sigue ahí, intacto, magnificado por una intensa humedad. A nuestro alrededor, miremos en la dirección que miremos, la vista no tarda en toparse con una densa y elevada vegetación. Estamos en medio de un claro sobre el que van convergiendo una variada colección de lugareños en pequeñas furgonetas y todo terrenos.

Pronto da comienzo una tediosa serie de negociaciones a tres bandas en inglés y nepalí entre los guías españoles, el guía local y los conductores. Por fin, y después de varias órdenes y contraórdenes terminamos por transbordar nuestra voluminosa impedimenta de turistas occidentales a los vehículos que nos transportarán a nuestro alojamiento en el Parque Nacional de Chitwan. Llegamos con el propósito de cumplir uno de los anhelos de este viaje; la posibilidad de ver alguno de los ochenta y dos tigres de bengala que, según cuentan las guías de mano, tienen su hábitat en la zona. Recalaremos en el Tiger Camp, un nombre tan obvio como prometedor.

Sin embargo, muy pronto nos cruzaremos en medio de las calles de Sauraha con el verdadero rey de los animales de estas tierras: el elefante. Están por todas partes; son los vehículos de carga y transporte de materiales y personas, son también las grúas de la construcción. Altos y fuertes, aunque sin el porte avasallador de sus primos africanos, los vemos transitar obedientemente por las vías públicas con sus conductores encaramados tras de sus grandes cabezas. Sus frentes y orejas están decoradas con pinturas en vivos colores, siguiendo la misma lógica del resto de vehículos pesados en esta parte del mundo.

Esa misma tarde visitamos el centro de adiestramiento de elefantes de Khorsor. "La inteligencia del elefante es la tercera mayor del reino animal; sólo es superada por nosotros los humanos y los delfines" nos dicen. Allí se forma en la sumisión y la obediencia pacífica a una buena cantidad de proboscidios desde mucho antes de que asomen sus primeros colmillos. Nos muestran cómo los enseñan a confiar y depender de las personas que los guiarán en el futuro. "Es una labor de años, un complejo proceso de aprendizaje."  Las pequeñas crías juegan y comen forraje en torno a sus criadores; los más grandes reciben la comida de la mano de sus humanos tras ensayar satisfactoriamente la respuesta a las series de órdenes recibidas. Todos los animales que vemos tienen sin excepción una de sus patas traseras sujetas por una cadena a una estaca.

"Aquí son felices, lo tienen todo: buen trato, seguridad, comida... ¿qué mas puede desear alguien?" remacha nuestro guía alto, flaco, de tez aceitunada.

 Alguien, muy cerca de mí, apunta sus pensamientos en voz alta:

- Sí, puede que lo tengan todo, menos la libertad...

Esa noche después de la cena se nos convoca a una charla informativa sobre la principal actividad del día siguiente: nada menos que la ansiada incursión en la jungla en busca del tigre. Nuestro interlocutor se distingue inmediatamente del resto del personal de servicio que pulula a nuestro alrededor. Se trata de un hindú alto, de finos modales y aprehendida flema británica que nos inunda con una estudiada perorata técnica sobre lo que nos espera mañana. Su discurso está pronunciado con un perfecto acento de Oxford o Cambridge. Nos informa de la necesidad de estar a punto a las cuatro de la mañana y de ser puntuales, de vestir ropas oscuras a fin de alarmar lo menos posible a los animales que salgan a nuestro paso y facilitar de este modo su avistamiento. No se cansa de repetirnos una y otra vez que no será cosa fácil, pero que tanto él como todo el equipo del Tiger Camp están a nuestra entera disposición y harán todo lo posible para conseguir llevar hasta nuestras retinas la esquiva pero imponente figura de un tigre de bengala. "We will do our best in order to..."  Demasiadas veces, quizás, en fin. Mañana veremos.

De momento nos acogen las camas de nuestras tan pintorescas como ajadas habitaciones. Con un pretendido ambiente de resort de lujo, pronto nos queda claro que aquel lugar quizás conoció épocas mejores. Tendremos que lidiar con un baqueteado cuarto de baño cuyo retrete pierde agua y el intenso olor a humedad instalado en la paja con la que están forradas las paredes. Sobre mi cabeza pende una enorme mosquitera de una densa tela rosácea que no me atrevo a extender; prefiero asumir el riesgo de los mosquitos a interponer cualquier cosa a la corriente de aire que genera las grandes aspas del ventilador blanco que, a máxima velocidad, cuelga sobre el centro de la estancia. 

Tumbado boca arriba, empapado en sudor, lo observo girar velozmente. Flop-flop-flop... mi último pensamiento esa noche podría haber sido para Martin Sheen, en Apocalypse Now.