jueves, 1 de septiembre de 2011

El motero melancólico de Saariselkä

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Saariselkä es una población en plena Laponia finlandesa que vive por encima del paralelo 67, bastante por encima de la línea del Círculo Polar Ártico. Es una extraña latitud, en donde la luz tiene un extraño comportamiento, y quizás también los seres que lo habitan. En verano los días se extienden largamente en un crepúsculo infinito con amago de noches, que apenas caen para levantar de nuevo rápidamente, antes de las 4 de la mañana. Con apenas 6 grados a la hora del desayuno, y 15 grados en las horas centrales en pleno mes de agosto, se puede tener una idea de la clase de inviernos que se dan allá.  El lugar en realidad es apenas un cruce de calles, eso si, perfectamente cuidadas y con varios hoteles de buen tamaño. El nuestro era un hotel extenso, lleno de grandes ventanales, dotado de una gran zona climatizada de baños y spa y por supuesto, con sauna.

En esos días el lugar acogía una concentración motera de ámbito nacional, lo cual dotó a nuestra estancia de un inesperado atractivo adicional. En todo momento nos vimos rodeados por cientos de nativos de ambos sexos venidos de los cuatro rincones del país, enfundados en las habituales ropas técnicas de cuero y cordura, pilotando enormes máquinas de dos ruedas, rebosantes de caballos y cromados. Ejemplares tuneados con esmero: decenas, centenares de Hondas Goldwing, Harley-Davidson, BMW,Yamahas y Triumph, vehículos poderosos pero dormidos, sometidos a los estrictos 80-100 km/h de las perfectas carreteras finlandesas, sencillas en su rectilínea y monótona belleza.

A la hora de los desayunos de buffet libre en la gran sala del hotel era curioso ver cómo parte de la gran tribu motera allí alojada se agrupaba disciplinadamente en clanes, portando las camisetas negras distintivas, gorras y hasta tatuajes indicativos de tal o cual asociación. Había algunas parejas sin aparente adscripción a grupo alguno, aunque ciertamente pocas. Reparé en la presencia de un único motero solitario, de larga cabellera blanca y enormes barbas, alto y viejo como los bosques de Finlandia. Silencioso y tranquilo, desayunaba con la mirada lánguida y abstraída. De vez en cuando cruzaba alguna palabra con otros comensales, o con alguien que lo reconocía y saludaba al pasar junto a él, volviendo enseguida a sumirse en sus pensamientos.

Durante el día los clanes moteros se dispersaban en ruidosas manadas por los alrededores, mientras los turistas de coche como nosotros recorrían los pintorescos senderos boscosos de la zona. A última hora de la tarde volvíamos a coincidir de nuevo unos y otros en el hotel. Cada día, cuando el sol desaparecía tras las colinas cercanas, arrancaba en una sala de fiestas anexa un interminable karaoke apasionado y melancólico, en lo que debía ser un revival inacabable de grandes éxitos locales. Era  digno de ver a esos grandes y aparentemente duros y cuajados moteros cantando pastelosos temas similares a los de Julio Iglesias de los últimos años setenta, pero trufados con acordes de balalaika rusa. Daba la sensación de que de un momento a otro escucharíamos una versión en la imposible lengua finesa de "De niña a mujer" o "Hey".

Los primeros compases de una nueva canción empezaron a sonar, causando un revuelo de satisfacción entre la parroquia. Alrededor del cantante de turno, grupos de moteros barrigudos empezaron a corear el tema, asintiendo al compás. En una de las sillas, sólo, el viejo motero de larga cabellera y blanca y mirada lánguida empezó a musitar la canción junto a sus hermanos de armas, todos ellos bebiendo sin cesar latas de Karhu, la contundente cerveza cuyo logo es el rostro de un oso finlandés grande, rudo, amenazador. Aunque quizás en el fondo se tratase también de otro ser apacible y melancólico.



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