miércoles, 5 de octubre de 2011

Signos de vida

Nos cuentan que el HARPS, o lo que es lo mismo, el Buscador de Planetas por Velocidad Radial de Alta Precisión ha descubierto 50 nuevos planetas, entre ellos 16 «supertierras». Magnífico cachivache sin duda, prometedor descubrimiento.

Los investigadores aplicados a esta tarea han enfocado el dispositivo a 376 estrellas similares al Sol, logrando mejorar bastante la estimación de las probabilidades de que una estrella como nuestro Sol albergue planetas de baja masa, como nuestra Tierra.

Está claro que toda investigación científica busca el conocimiento, pero en este caso hay mucho más. Buscamos signos de vida. Nos gustaría encontrar otros mundos como el nuestro. Estamos deseando encontrarlos, y ojalá poder conocer a otros, y saber por fin que no estamos tan solos.

Y muchas veces buscamos muy lejos, ansiando encontrar, mientras quizás seguimos teniendo mucho por descubrir y conocer. Incluso a nuestro alrededor, porque muy cerca hay muchos mundos desconocidos, muchas mini-tierras pobladas por un solo habitante, ubicadas en pisos de bloques anodinos, en mesas contiguas de rutinarias oficinas, en medio del bullicio de las calles, o sentados a nuestro lado en un lunes de vagón de metro.

Tan cerca pero tan lejanos en realidad, como lo están todos esos mundos que nos gustaría encontrar, allá perdidos en las estrellas.

martes, 4 de octubre de 2011

Obsesiones, higadillos y cintas de video

Llevaba ya un mes largo de noches sin apenas dormir, intentando encontrar una solución. Sabía que no iba a ser fácil detener el curso de las cosas, que no hacían sino empeorar.
Todo había empezado de la noche a la mañana, y como tantas conflagraciones, sin aviso ni declaración. Primero fue una rueda pinchada, después un largo y rabioso rallazo en el capó, más tarde las dos ruedas de un lado, y vuelta a empezar de nuevo...

Se había dado cuenta que aquello se había convertido era una lucha de voluntades, contra un enemigo invisible y sañudo. Vigilante e implacable. Después de infinitas noches de cábalas había acotado una lista de los posibles candidatos y sus posibles motivos. Tarea inútil, pues no tenía nada sino sus propias conjeturas a partir de vagos indicios, quizás el recuerdo de algún mal gesto, o viejos dimes y diretes.

Lo peor de desconocer una parte de un problema es que los huecos los acabamos rellenando con nuestras propias paranoias y obsesiones. Y una vez están ahí, si no se actúa pronto, arraigan y crecen hasta cegar nuestro entendimiento, cerrándonos las puertas de la lógica y abriéndoselas de par en par a las vísceras. A punto había estado de caer en el influjo de la bilis el día en el que alguien trastocó sus planes de fin de semana entre la grúa y el taller para reparar el penúltimo sabotaje.

Después de aquello, fueron muchos los días de obsesión que le llevaron a buscar siempre el mejor sitio para aparcar, el más adecuado desde el que poder controlar en la medida de lo posible su viejo y doliente R-5. Por aquel entonces vivía en un luminoso piso totalmente exterior, orientado a un concurrido cruce de calles. Muchos fueron los momentos en los que hallándose ocupado en cualquier actividad un pálpito le impulsaba precipitadamente hacia la ventana del dormitorio, de la cocina, o del comedor, con la esperanza de atrapar con las manos en la masa a su misterioso y cordial enemigo. Siempre en vano.

Sin embago, algunas veces lo mejor que nos puede pasar es que nos pongan contra la pared, que no haya más que una salida. Fue entonces cuando lo vio: decidió que tendría paciencia, opondría toda la que fuera necesaria para pasar de presa a cazador.

No tardó en llegar una nueva fechoría, en forma de largo rayazo en el lateral del viejo Renault. Pero esa vez la pudo ver llegar con paso firme, bajo la luz grisácea del amanecer. El capazo de la compra colgando de un brazo y en la otra mano un manojo de llaves, que aplicó con destreza y saña indisimulada contra el coche al pasar. Todo había quedado inmortalizado gracias a la bendita e imperfecta tecnología analógica de las cintas VHS, en una que por azar le había brindado unos metros más de cinta, otorgándole unos preciosos instantes por encima del tiempo máximo. Amargo retrato de rencor absurdo y bilis.

No hubo necesidad de llegar a mayores. Le bastó un cheque en la puerta de los juzgados por los daños y perjuicios, pero muy especialmente, el nítido recuerdo de un viejo rostro rabioso, aturdido y confuso. Incapaz sostener su mirada tranquila y pacífica.

viernes, 30 de septiembre de 2011

La encrucijada

Ella no defendió encrucijadas ni puentes, no resistió en colinas o bastiones, no hubo de prevalecer frente a enemigos furiosos que buscaran su extinción.

Ella tampoco ansió las tierras o glorias de otros, ni le interesaron los privilegios de aquellos que sin duda le habrían mirado por encima del hombro.

Porque ella cree en las cosas bien hechas, en el valor de los auténticos amigos, en la palabra bien dicha, en el valor la promesa otorgada.

Por eso en su vida hay amor, coraje, vocación, abnegación y honradez en ingentes cantidades. Esencia y materia necesarias para hacer de este mundo que enloquece día a día un lugar con una alguna oportunidad.

Por eso en su día a día, en un instituto público de Torrejón de Ardoz son muchos los que tienen el  privilegio de recibir el mejor regalo que un ser humano puede recibir de otro: cultura, educación, método científico, los verdaderos mimbres para algún día formar parte de un mundo de almas libres con criterio.

Esas son las encrucijadas, los puentes, las colinas y bastiones que ella y otros tantos como ella defienden cada día. Y no deben caer.

Para Ángela

(C) by www.martin-liebermann.de

martes, 27 de septiembre de 2011

Sin atajos

Nos dicen ahora que la molécula de la longevidad no era tal, eso es lo que han dicho los científicos sobre la sirtuina, una proteína a la que múltiples investigaciones habían asociado con la capacidad de alargar la vida. Pero en la Escuela Universitaria de Londres han comprobado como moscas y gusanos, si prolongaban sus insípidas vidas, era únicamente debido a la alimentación recibida.

Como género, siempre hemos buscado en el viaje de nuestra existencia atajos para todo. Es lo que nos distingue, y es buena parte de la causa de nuestro progreso desde que salimos de las cuevas hasta la última crisis financiera de Wall Street.

Pero viajar atajando hace que olvidemos más fácilmente lo visto, pues en realidad ya ha dejado de interesarnos lo que nos rodea. Y entonces ya no viajamos, sino que discurrimos, de forma parecida a como lo hacen moscas y gusanos.

Recuerdo los últimos años de mi abuelo Dámaso, que con 96 años a cuestas fue un hombre lúcido hasta el final: insistía una y otra vez en que ya tenía bastante, que su larga y aprovechada función debía terminar, pues su condición le indicaba que ya no le quedaba otra cosa que hacer en la vida, aparte de discurrir.

No quiero que el camino de mi vida tenga más atajos, quiero seguir viviendo lo bueno y lo malo que encuentre en todos los días, poder percatarme de lo fugaz y ser capaz de asumir lo irreversible, aprendiendo de cada revuelta del camino. Porque progresar es también adaptarse, eso es lo realmente distintivo de nuestra condición, lo que da sentido a todo lo demás.





jueves, 22 de septiembre de 2011

El cambiazo

Luz de media tarde entrando por los ventanales del aula. Tarde de examen de verbos griegos. Ante nosotros estaba mosén Balasch, capellán y helenista, viejo profesor veterano y tranquilo, auténtico pozo de sabiduría clásica. Lo recuerdo perfectamente en su continente físico contrahecho y ya desgastado, pero conservando en sus brillantes ojos miopes el entusiasmo del saber y la pasión por transmitir todo ese conocimiento. Lo conocimos veinticinco años antes de su muerte, siendo un hombre afable, de retranca sutil, sereno y absolutamente despreocupado por las cuestiones accesorias del mundo.

El mosén era un profesor muy distinto al resto de sus colegas más jóvenes. Muchos de ellos eran auténticos águilas de su territorio, siempre vigilantes y a la caza de cualquiera que osase tirar de chuleta. Sin embargo, a él no le importó decirnos exactamente el contenido de aquel examen, puesto que lo único que le importaba era investigar y difundir su saber, y no detenerse sino lo imprescindible en lo que no eran sino detalles superficiales en los que perder su tiempo que ya sabía escaso.

Durante sus clases de lengua y cultura griegas no tardamos en descubrir anexos inesperados:  las traducciones de Rilke, las vidas y obras comentadas de los autores clásicos griegos, y parte de la biografía de su admirado helenista Carles Riba, empresa que por aquellos años estaba concluyendo. Todas estas tareas eran sin duda mucho más enriquecedoras que la evaluación obligatoria de sus alumnos por medio de tediosos exámenes de gramática griega.

Ni que decir tiene que mi amigo y yo coincidíamos plenamente en tales apreciaciones, pero por motivos bien distintos. De este modo, y una edad en la que éramos pura hormona desbocada y adicción a la adrenalina, a nuestros ojos el viejo y sabio profesor se convirtió en la constatación de una posibilidad nunca antes soñada: ejecutar un auténtico y genuino cambiazo y triunfar de pleno con un resplandeciente diez en la asignatura de Primero de Lengua Griega.

Nuestra posición en el aula para llevar acabo la operación no era de las más propicias, dado que ocupábamos el primer lugar en la fila de la derecha, de un total de tres hileras de pupitres dobles. No obstante, decidimos hacer bueno el viejo adagio latino: "Fortuna audaces iuvat"

Al poco de iniciada la prueba, con un movimiento preciso, percibí a mi lado como mi colega de pupitre ejecutaba la maniobra pactada. Debo decir que mi amigo desde siempre había apuntado inequívocas maneras y una destreza especial en este campo, quizás por ello con el tiempo se convertiría en un eficaz servidor de la ley, pues siempre contó con la valentía y arrojo necesarios, amén de un poderoso instinto para ponerse en el lugar de una mente delictiva. Por mi parte, llegada la hora de la verdad, me hallaba absolutamente bloqueado, inmerso en un mar de indecisiones. No tardé en sentir su mirada. Poco después, escuché de su voz bajísima una orden perentoria: "¡¡Vengaaaa!!"

A mi izquierda, sobre la tarima de madera el viejo profesor seguía sentado, absorto repasando plácidamente la Iliada. Su figura encorvada y rechoncha se recortaba a contraluz contra la ventana. A mi derecha, mi amigo empezaba a desesperarse: "¿Pero qué te pasa? vamos, ¡¡HAZLO YA!!"

Decidí que no sería capaz, que prefería suspender antes que pasar por la humillación de ser descubierto, pues estaba convencido de que algo tan flagrante como dar un cambiazo, automáticamente forzaría a levantar los ojos de su lectura al buen profesor, quien vendría directamente hacia mí, descubriría en el acto todo el apaño y solemnemente me declararía suspendido ad aeternum ante todos mis compañeros por tan deleznable proceder...

Andaba yo visualizando las consecuencias de mi negro futuro y aún más allá cuando mi amigo arrancó la hoja en blanco que se hallaba sobre mi mesa con una mano; y echando mano al cajón del pupitre con la otra, plantó con un golpe seco ante mis ojos la hoja con el examen completo. Una oleada de horror e incredulidad me paralizó. Con la cabeza gacha, durante unos agónicos segundos esperé oír los pasos del profesor viniendo hacia mí, pero nada ocurrió. El viejo mosén siguió leyendo con fruición a Homero en su lengua original, y ambos amigos realizamos el que lógicamente sería el mejor examen de toda nuestra vida académica.

No puedo responder por mi amigo, pero ese fue el primer y único cambiazo que ejecuté en toda mi vida. De los cambiazos de otra índole que la vida nos tenía reservados quizás hablaré otro día.


Dedicado a @Laeme, de quien espero su comprensión e indulgencia



lunes, 19 de septiembre de 2011

Lo que yo espero de ti

Estimada gobernanta de mi Comunidad:

Lo que yo espero de tí en estos tiempos duros e inciertos de crisis de todo orden es que no olvides nunca que si estás ahí es porque te debes únicamente a nosotros. Porque somos los ciudadanos, la "res pública" quienes te hemos escogido para tan importante tarea, y no tus amigos, simpatizantes o clientes.

Es por eso que espero que no tengas nunca la tentación de creerte imprescindible y menos aun por encima de quienes te hemos legitimado. Por tal motivo, a la hora de gobernar y administrar nuestros recursos no deberías olvidar que:
  • Los ciudadanos somos mucho más que votos que sumar cada cuatro años.
  • Las mayorías, ni siquiera absolutas, nunca serán carta blanca para hacer y deshacer a tu antojo.
  • Promover la concordia y la convivencia dentro y fuera del ámbito de influencia de tu Comunidad de gobierno es mucho más beneficioso a largo plazo que generar inquinas y rivalidades por mezquinos intereses a corto plazo.
  • Tu primordial obligación es administrar en beneficio de todos los recursos que generamos con total honestidad, transparencia y eficacia.
  • Garantizar una educación y sanidad universales de la mayor calidad posible es un pilar irrenunciable para construir una sociedad más justa, estructurada, democrática y competitiva.
  • Debes asumir y admitir que parte de la ciudadanía puede estar en desacuerdo con tu gestión.
  • No puedes insultar, calumniar o menospreciar a aquellos ciudadanos que no estén de acuerdo con tus decisiones.
  • Un colectivo de profesionales que decide de forma razonada y razonable ir a la huelga a causa de un profundo desacuerdo con tus decisiones de gobierno nunca podrá ser tachado de ilegal o de irresponsable.
  • Tu tiempo pasará, pero todas las decisiones importantes que tomes ahora serán el legado que nos dejes, y eso es algo demasiado importante como para quedarnos de brazos cruzados si no estamos de acuerdo en tu forma de gobernarnos.


"¿Cuál es la esencia de un buen gobierno? 
No resolver los asuntos con precipitación y no buscar el propio provecho."  
Confucio

"Enseñar es un ejercicio de inmortalidad" 
Ruben Alves

martes, 13 de septiembre de 2011

Avisos

"Odio cuando mi intuición me envía hasta correos electrónicos para que le haga caso y yo como sino fuera conmigo" (leído en Twitter)

Avisos que nos da la vida. Están por todas partes. Sin embargo, hay que saber verlos. Unos de los recuerdos más claros de mi infancia pertenecen al mes de julio; a unas largas tardes de verano con el sonido de fondo de las corridas de toros en la televisión de mis abuelos. De este modo, a mediados de los años ochenta, por simple ósmosis, acabé familiarizado con todos los nombres de los toreros del momento, y por añadidura, acabé siendo conocedor de todos los lances, suertes y toques de clarines de la llamada fiesta nacional.

Recuerdo perfectamente que de vez en cuando las cosas en la plaza se torcían y entonces los habituales vítores y rítmicos olés del público eran reemplazados por un silencio denso. Era el primer indicio de que algo no iba bien. En algunas ocasiones tras ese silencio, se empezaban a oir silbidos primero aislados, luego generalizados. Y entonces ocurría finalmente: a algún atribulado torero la presidencia del festejo le hacía escuchar un aviso. Algo así como una reprimenda. "No lo estás haciendo bien, pero estás aún a tiempo"

Aquellos avisos, lo mismo que los que da la vida a las personas, empresas, sindicatos, banqueros, gobernantes, países y organizaciones mundiales de toda índole en sus respectivas lidias, nunca llegan de repente. Son muchos los indicios que nos avisan, pero hay que estar dispuesto a advertirlos y mas aún, tener el coraje de rectificar a partir de ellos.

En estos tiempos, la figura de aquel torero de mi infancia se vuelve a mis ojos y por primera vez en alguien envidiable, puesto que en su mundo perfectamente regulado y circular, advertir los avisos no depende de su voluntad o entendimiento, puesto que son inequívocos. Él nunca podrá alegar falta de información, o disponer de indicios contradictorios, o sufrir la presión de poderes fácticos, o tener que atender otras prioridades, como tantas veces nos ocurre a los que estamos fuera de la plaza.

Porque todos sin excepción tenemos la libertad de atender o ignorar los avisos que nos llegan. Y en caso de que, cargados de razón o enajenados sin ella decidamos continuar por la senda del error, es seguro que tarde o temprano nos llegarán nuevos avisos, y detrás de ellos, las consecuencias de nuestros actos. Y aquí por segunda vez y más que nunca, envidio las inofensivas y limitadas consecuencias que en el peor de los casos deberá afrontar el solitario habitante del ruedo taurino, tan distintas a las que afrontaremos los demás, después de haber desoído durante tanto tiempo todos los avisos recibidos.


jueves, 1 de septiembre de 2011

El motero melancólico de Saariselkä

Saariselkä es una población en plena Laponia finlandesa que vive por encima del paralelo 67, bastante por encima de la línea del Círculo Polar Ártico. Es una extraña latitud, en donde la luz tiene un extraño comportamiento, y quizás también los seres que lo habitan. En verano los días se extienden largamente en un crepúsculo infinito con amago de noches, que apenas caen para levantar de nuevo rápidamente, antes de las 4 de la mañana. Con apenas 6 grados a la hora del desayuno, y 15 grados en las horas centrales en pleno mes de agosto, se puede tener una idea de la clase de inviernos que se dan allá.  El lugar en realidad es apenas un cruce de calles, eso si, perfectamente cuidadas y con varios hoteles de buen tamaño. El nuestro era un hotel extenso, lleno de grandes ventanales, dotado de una gran zona climatizada de baños y spa y por supuesto, con sauna.

En esos días el lugar acogía una concentración motera de ámbito nacional, lo cual dotó a nuestra estancia de un inesperado atractivo adicional. En todo momento nos vimos rodeados por cientos de nativos de ambos sexos venidos de los cuatro rincones del país, enfundados en las habituales ropas técnicas de cuero y cordura, pilotando enormes máquinas de dos ruedas, rebosantes de caballos y cromados. Ejemplares tuneados con esmero: decenas, centenares de Hondas Goldwing, Harley-Davidson, BMW,Yamahas y Triumph, vehículos poderosos pero dormidos, sometidos a los estrictos 80-100 km/h de las perfectas carreteras finlandesas, sencillas en su rectilínea y monótona belleza.

A la hora de los desayunos de buffet libre en la gran sala del hotel era curioso ver cómo parte de la gran tribu motera allí alojada se agrupaba disciplinadamente en clanes, portando las camisetas negras distintivas, gorras y hasta tatuajes indicativos de tal o cual asociación. Había algunas parejas sin aparente adscripción a grupo alguno, aunque ciertamente pocas. Reparé en la presencia de un único motero solitario, de larga cabellera blanca y enormes barbas, alto y viejo como los bosques de Finlandia. Silencioso y tranquilo, desayunaba con la mirada lánguida y abstraída. De vez en cuando cruzaba alguna palabra con otros comensales, o con alguien que lo reconocía y saludaba al pasar junto a él, volviendo enseguida a sumirse en sus pensamientos.

Durante el día los clanes moteros se dispersaban en ruidosas manadas por los alrededores, mientras los turistas de coche como nosotros recorrían los pintorescos senderos boscosos de la zona. A última hora de la tarde volvíamos a coincidir de nuevo unos y otros en el hotel. Cada día, cuando el sol desaparecía tras las colinas cercanas, arrancaba en una sala de fiestas anexa un interminable karaoke apasionado y melancólico, en lo que debía ser un revival inacabable de grandes éxitos locales. Era  digno de ver a esos grandes y aparentemente duros y cuajados moteros cantando pastelosos temas similares a los de Julio Iglesias de los últimos años setenta, pero trufados con acordes de balalaika rusa. Daba la sensación de que de un momento a otro escucharíamos una versión en la imposible lengua finesa de "De niña a mujer" o "Hey".

Los primeros compases de una nueva canción empezaron a sonar, causando un revuelo de satisfacción entre la parroquia. Alrededor del cantante de turno, grupos de moteros barrigudos empezaron a corear el tema, asintiendo al compás. En una de las sillas, sólo, el viejo motero de larga cabellera y blanca y mirada lánguida empezó a musitar la canción junto a sus hermanos de armas, todos ellos bebiendo sin cesar latas de Karhu, la contundente cerveza cuyo logo es el rostro de un oso finlandés grande, rudo, amenazador. Aunque quizás en el fondo se tratase también de otro ser apacible y melancólico.



domingo, 28 de agosto de 2011

La honrilla de Rovaniemi 2 - Conversaciones a calzón quitado

Con la mayor dignidad que nos fue posible dejamos atrás la estancia de madera de abedul finlandés y el infierno que contenía en su interior para acto seguido meternos de cabeza en las duchas y dejar correr el agua fría por nuestros cuerpos, a fin de recuperar el fuelle y la moral perdidas. Tanto mi compañero como yo habíamos enrojecido como pimientos. La ducha nos vivificó, pero yo me notaba la cabeza floja, sin duda debido al efecto depresor de la sesión de sauna. La mirada ligeramente vidriosa de mi colega me indicaba que él tampoco andaba mucho mejor.

En este estado de cosas, y puesto que al entrar habíamos visto una sala de descanso anexa poblada por usuarios de la sauna provistos únicamente por sus toallas de baño, decidimos hacer la jugada completa. Con nuestras toallas alrededor de la cintura tomamos posesión del lugar, momentáneamente deshabitado. Se trataba de una confortable y práctica sala dotaba de sillones bajos, taburetes acolchados, mesa central y televisión conectada a un canal de videoclips musicales. Una lata de cerveza vacía sobre la mesa nos daba idea del uso social del lugar. Debíamos reconocer que los finlandeses se lo montaban bien: la idea de un ciclo de sauna, ducha y zona de descanso con opción a televisión y cerveza se me antojó insuperable.

Sentíamos renacer nuestra moral, y con ella nuestra voluntad de reparar la honrilla perdida. Lo suficiente como para contemplar un nuevo retorno a la sauna e intentar alcanzar esos quince minutos, (¿quién dijo miedo habiendo cementerios?). Así andábamos en estas consideraciones cuando aparecieron nuestros dos contertulios finlandeses, dispuestos a proseguir la conversación interrumpida por nuestra espantada.

Nos fue imposible esquivar la primera de las preguntas con las que reanudaron la conversación: "Así pues, ¿qué os ha parecido vuestra primera sauna?" Con toda la diplomacia que nos permitía nuestro mediano inglés les hicimos saber que nos había parecido un pelo calurosa... En realidad en aquellos momentos nos extrañó que después de haber pasado allá dentro una media hora echando cazos de agua no estuvieran derretidos como cirios y siguieran conservando su forma humana tan saludable.

Y como no solamente de sauna vive el hombre finlandés, y en tanto que hombre, pronto la conversación derivó hacia los por fortuna inevitables y apasionantes temas comunes a la comunidad masculina:  Pretendimos abrir la veta futbolera, pero descubrimos que para ellos el fútbol en realidad ni fu ni fa; lo que hace que los finlandeses pierdan la cabeza es el hockey sobre hielo, deporte nacional del que son recientes y orgullosos campeones mundiales tras vapulear a Suecia, su eterno rival, por 6 a 1. Este dato arrojó luz sobre el que había sido hasta entonces uno de los misterios del viaje: las camisetas que habíamos visto en todas las tiendas de souvenirs con estos guarismos sobre las banderas de ambos países.

Repasamos lógicamente los éxitos de Kimi Raikkonen, pese a que ambos reconocieron que Fernando Alonso es mucho mejor piloto. Por nuestra parte reconocimos la valía de Kovalainen y los laureles del gran Mika Hakkinen como corredor de rallies. Por cierto, nos avisaron de que llegábamos tarde al Rally de los 1000 lagos, (que recientemente había sido rebautizado como Neste Oil) puesto que se celebra en el mes de julio.

Nos empezábamos a dar cuenta de que el verano finlandés en realidad sólo alcanza hasta el mes de julio. Todos los festivales y eventos interesantes habían pasado ya, dejándonos prácticamente a solas con el hermoso paisaje de bosques y lagos, repletos de brillo o melancolía, según nos acompañara el sol o la lluvia en nuestro viaje.

A esas alturas la conversación se había prolongado mucho, haciendo impensable otra opción que no fuera obsequiarnos con una buena cena para reponernos de todo lo pasado. Antes de despedirnos de nuestros contertulios y aprovechando el punto de confianza adquirido, quisimos saber qué es de sus vidas cuando el frío, la nieve y la noche toma posesión de esas tierras durante tanto tiempo. La respuesta de nuestro finlandés más dicharachero no dejó lugar a la duda: "Bueno, hacemos lo de siempre, pero bien abrigados... la vida debe seguir. Eso... o te pegas un tiro como algunos hacen." 






viernes, 26 de agosto de 2011

Cuestión de honrilla en Rovaniemi

Rovamiemi es una de las poblaciones más famosas de Finlandia. Exactamente situada sobre el Círculo Polar Ártico, es la puerta de entrada a la Laponia finlandesa y además residencia oficial de Santa Claus, un sorprendente fenómeno turístico digno de ver. Nos instalamos en un puclro y acogedor hotel de la omnipresente cadena Sokos, grupo empresarial que seguramente fue el que ganó el Monopoli en Finlandia, pues copan lo más selecto de los centros urbanos de las ciudades con sus hoteles, restaurantes y grandes almacenes, allá donde fuera que recalásemos en nuestro viaje.  Aquel día teníamos tiempo y ganas. Estábamos decididos. Nuestra primera sauna finlandesa no se haría esperar.

Cuando abrimos la puerta de la sauna no había nadie en aquel momento. Nuestra entrada en el recinto fue bien. El calor no nos sorprendió como esperábamos. Pese a que el termómetro marcaba nada menos que 65 grados, era perfectamente soportable "esto parece mucho, pero es calor seco, se aguanta sin problemas, se nos dará bien". En medio de la estancia habia un cubo con agua y un cazo similar a los de servir sopa. No sabíamos que función tenía, quizás se empleaba como método de urgencia para refrescarse, pero ante la duda no lo tocamos. Nuestra confianza crecía mientras nuestros poros se abrían y empezábamos a sudar.  Le propuse a mi compañero hacer una primera sentada de 15 minutos y luego salir a refrescarnos.

Apenas habíamos terminado de acomodarnos cuando entraron 4 nativos del país; grandes, sonrosados, de cabellos rubio pajizo.  Uno de ellos llevaba una lata de cerveza en la mano. Lo primero que hicieron fue mirar el termómetro, con cara de frío, y comprobar no sin cierta estupefacción un pequeño ventanuco entreabierto, que por deferencia a nosotros no osaron cerrar. Mi compañero de viaje, que es muy sociable y gusta de dar palique en cuanto tiene la más mínima ocasión, no tardó en entablar conversación con los recién llegados. Todos hablaban un inglés de estar por casa, como nosotros. Dos de ellos entraron rápidamente al trapo, haciendo buena la definición que nuestra guía de viaje daba sobre el carácter finlandés: afables, simpáticos y parlanchines.

La conversación arrancó declarando por nuestra parte nuestra condición de novatos absolutos como usuarios de la auténtica sauna finlandesa. Todos mostraron su interés en saber qué nos estaba pareciendo el país y la experiencia. Prestamente nos instruyeron sobre el modo de empleo: sentadas de 15 a 20 minutos, con intervalos para ducharse y vuelta a entrar. Les informamos que para empezar habíamos pensado estar poco, un cuarto de hora o así. Sin perder el hilo de la conversación, uno de ellos tomó el cubo a sus pies y empezó a lanzar cucharones de agua sobre las piedras calientes del rincón de la estancia. En aquel preciso instante empezó de veras nuestra experiencia en la auténtica sauna finlandesa.

Tras cada cucharón de agua una oleada de aire insoportablemente caliente alcanzaba nuestro cuerpo, penetrando en nuestros pulmones. Sentíamos arder nuestro cabello y nuestros ojos, ¿nos estábamos volviendo incandescentes? Mientras nosotros boqueábamos, ocupados en sobrevivir, ellos seguían conversando animadamente con nosotros, ajenos al drama. Uno de ellos había estado en Barcelona en viaje de negocios, ambos eran representantes de una empresa. Los minutos pasaban lentamante, estábamos resistiendo como jabatos, solo 5 minutos más y habríamos salvado la honrilla... Vimos el cielo abierto cuando finalmente el agua del cubo se acabó. Vana ilusión: ¡uno de los gigantes salió a por más!

Entretanto nos informaron que la temperatura de confort media de la sauna es de unos 85 grados, pero que a algunos les gusta incluso más elevada. Nos aseguraron que la sauna es un acontecimiento diario y omnipresente en la vida de todo finlandés, que hay una en cada casa, incluso en los apartamentos más pequeños y de alquiler. Que las hay de leña, de carbón, y eléctricas, de tal o cual potencia, de tales o cuales dimensiones, y que toda la familia la utiliza desde la mas tierna edad, unas tres o cuatro veces por semana.

Los cazos llenos de agua volvieron a volar de nuevo, implacables, levantando de nuevo el infierno a nuestro alrededor. Nuestra voluntad flaqueó, era imposible competir con vidas enteras de aclimatación, tradición y entusiasmo. Nos dimos cuenta que no podríamos salvar nuestro orgullo hispánico. Nos excusamos y salimos con paso incierto después de 12 heroicos minutos.