Apuraban la tarde lluviosa ante dos tazas de intenso café. De pronto una duda se cruzó en la conversación de los dos viejos amigos: "¿Cómo alguien así puede fascinar a tantos?" Frente a frente, el mayor de ambos se lo confirmó al otro sin dudarlo. Lo había visto muchas veces: el poderoso, irresistible atractivo de aquellos que rompen las normas. Nunca eran gente normal, nunca dejaron indiferente a nadie. Empeñados en dejar su rastro profundo y oscuro, todos ellos supieron llegar hasta donde fue preciso.
La fascinación por los fuertes; había conocido mil historias complejas de manipulación, de seducción y de entreguismo. Soluciones de jugadores a doble o nada, eliminando la disensión, haciendo impensables otras alternativas a sus grandes verdades.
Perversas acomodaciones de la realidad a causas inconfesables. El fanatismo de la autocomplacencia como remedio de la virtud perdida. Febriles huidas hacia adelante. La extravagante búsqueda de espectros en los demás con los que olvidar las propias miserias. Complejos mil veces ocultos en lo más profundo de almas despechadas.
Y tras toda una larga vida de servicio a la ley, en el duro mundo que le había tocado conocer, los productos de ese irresistible atractivo siempre habían sido los mismos: mil veces los halló en medio de charcos oscuros detrás de puertas entreabiertas, o convertidos en deshechos en las calles de su ciudad. Y alguna vez también, supo que otros esperarán eternamente a ser descubiertos, ocultos quizás en algún recodo de alguna sombría cañada.
Fue una larga tarde de revelaciones y recuerdos. En la mesa quedaron atrás el sobado diario deportivo del día y dos tazas de café vacías. En la calle empezaba una larga y fría noche sin luna.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
viernes, 4 de noviembre de 2011
Encontronazos
Hoy en día nos afanamos en medir y controlarlo todo. Nos es muy fácil, ahora que hemos aprendido a guardar en nuestros bolsillos todo el mundo conocido. Nos hemos acostumbrado a tener a nuestro alcance, dentro de pequeños trozos de metal y cristal, todo el conocimiento humano sobre todo lo que ha sido, es y será. Organizado, limpio. Perfecta y digitalmente clasificado.
Nos gusta cada vez más la posibilidad de poder llegar a saberlo todo. Nunca hemos estado más cerca de conseguirlo. Dar respuesta a todas las preguntas. Tener el control definitivo. Quizás por eso en nuestra ansia de conocer medimos y medimos sin cesar, y en este viaje frenético muchas veces no hacemos otra cosa que no entender lo más importante.
Así, deseando comprender el nivel de muerte y destrucción que provocaría el impacto de un gran asteroide contra la Tierra, investigadores de la Universidad de Princeton han desarrollado un nuevo modelo que simula con precisión las consecuencias de uno de estos colosales encontronazos cósmicos.
Sin embargo no sé si alguien se ha propuesto prever el impacto de otros cataclismos más sutiles. ¿Alguna vez modelizaremos la capacidad destructiva del olvido, del desprecio, de una traición, del desencuentro, de una pena enquistada o de un hondo rencor? ¿Controlaremos alguna vez el daño potencial de todas esas devastaciones singulares?
Quizás ahora sepamos dónde estamos en todo momento, pero puede que nunca logremos saber quienes somos realmente. Y por ello, tampoco seremos capaces de corregir la deriva de algunos graves errores de rumbo, esos que terminan por marcar vidas enteras.
Puede que sencillamente nuestra propia naturaleza sea lo bastante sabia para impedirnos conocer lo que es inevitable en nosotros. Y así de este modo podamos seguir asistiendo, ciegos e impotentes, a todos los impactos directos de todos los encontronazos que jalonarán nuestras vidas.
Nos gusta cada vez más la posibilidad de poder llegar a saberlo todo. Nunca hemos estado más cerca de conseguirlo. Dar respuesta a todas las preguntas. Tener el control definitivo. Quizás por eso en nuestra ansia de conocer medimos y medimos sin cesar, y en este viaje frenético muchas veces no hacemos otra cosa que no entender lo más importante.
Así, deseando comprender el nivel de muerte y destrucción que provocaría el impacto de un gran asteroide contra la Tierra, investigadores de la Universidad de Princeton han desarrollado un nuevo modelo que simula con precisión las consecuencias de uno de estos colosales encontronazos cósmicos.
Sin embargo no sé si alguien se ha propuesto prever el impacto de otros cataclismos más sutiles. ¿Alguna vez modelizaremos la capacidad destructiva del olvido, del desprecio, de una traición, del desencuentro, de una pena enquistada o de un hondo rencor? ¿Controlaremos alguna vez el daño potencial de todas esas devastaciones singulares?
Quizás ahora sepamos dónde estamos en todo momento, pero puede que nunca logremos saber quienes somos realmente. Y por ello, tampoco seremos capaces de corregir la deriva de algunos graves errores de rumbo, esos que terminan por marcar vidas enteras.
Puede que sencillamente nuestra propia naturaleza sea lo bastante sabia para impedirnos conocer lo que es inevitable en nosotros. Y así de este modo podamos seguir asistiendo, ciegos e impotentes, a todos los impactos directos de todos los encontronazos que jalonarán nuestras vidas.
viernes, 28 de octubre de 2011
El navegante
Hubo una vez un navegante que vino del mar de la Plata, y arribó a una sórdida cabina de vigilancia en una obra de Paracuellos de Jarama. Una figura corpulenta y soñolienta en la madrugada, que cuenta su historia a cualquiera que la quiera escuchar, en desoladas paradas de autobús.
Embutido en el frío y la soledad, arrastrando su sino. Recordando tiempos de juventud como marino mercante, mezclándolos con tristes historias de hoy, de brega y pluriempleo.
Recuerdos de otras soledades, de otras luchas. Rumbos inciertos a través del proceloso mar de la vida y sus circunstancias. Derivas inevitables. Y siempre, la simple y pura supervivencia en medio del océano. Naufragios de estoica dignidad.
"Cierro los ojos y estoy en medio del mar
Días y noches de amor y de guerra"
Eduardo Galeano
miércoles, 19 de octubre de 2011
El otro lado
No pudo evitar mirar de reojo la puerta del apartamento antes de dejarla a su espalda y quedar frente a la del suyo. Introdujo la llave, sin embargo un ruido sordo lo detuvo en medio de la penumbra del largo pasillo. ¿Había oído bien? seguramente no… ¡aquello no tenía sentido!
Pero esta vez los golpes fueron más claros, más fuertes. Inequívocos.
Incrédulo, se acercó cautelosamente a aquella vieja, mohosa puerta que nunca había visto abrirse durante todos esos largos años.
Y fue entonces cuando oyó aquella voz profunda, que desde el otro lado gritó: "¡déjame salir!”
Pero esta vez los golpes fueron más claros, más fuertes. Inequívocos.
Incrédulo, se acercó cautelosamente a aquella vieja, mohosa puerta que nunca había visto abrirse durante todos esos largos años.
Y fue entonces cuando oyó aquella voz profunda, que desde el otro lado gritó: "¡déjame salir!”
miércoles, 12 de octubre de 2011
Agua de mar
Por primera vez los astrónomos han encontrado en un cometa la misma firma química del agua del océano. Ahora sabemos que uno de esos pedruscos itinerantes llamado Hartley 2 viaja llevando consigo agua marina.
Los estudiosos del cielo dicen estar sorprendidos, pues todo apunta que mucha de nuestra agua pudo haber venido de muy lejos, en mucha mayor cantidad de la que nunca imaginaron.
Sin embargo, por algún motivo todo lo anterior no consigue sorprenderme; pues siento que siempre ha habido algo primordial, poderoso y atrayente en el agua de mar. ¿Cuántas veces no nos habremos quedado absortos en alguna orilla, atrapados en la contemplación de la inmensa masa marina, fundiéndose con el cielo? Percibiendo su influjo extraño sobre cada uno de los átomos de nuestro cuerpo. Dominados por la llamada oculta de un vínculo especial y antiguo...
Y si vuelvo la vista atrás, a un día de playa cualquiera de todos los que he vivido, es entonces cuando sé que hasta la más pequeña gota de agua de mar sobre mi piel podría vencer mi razón, y ser capaz por un instante de entender el sentido y la causa de todo lo que me ha puesto en pie sobre este planeta, otra gran roca que navega por el espacio, y en tanto que llena de agua de mar, llena del secreto de la vida.
Los estudiosos del cielo dicen estar sorprendidos, pues todo apunta que mucha de nuestra agua pudo haber venido de muy lejos, en mucha mayor cantidad de la que nunca imaginaron.
Sin embargo, por algún motivo todo lo anterior no consigue sorprenderme; pues siento que siempre ha habido algo primordial, poderoso y atrayente en el agua de mar. ¿Cuántas veces no nos habremos quedado absortos en alguna orilla, atrapados en la contemplación de la inmensa masa marina, fundiéndose con el cielo? Percibiendo su influjo extraño sobre cada uno de los átomos de nuestro cuerpo. Dominados por la llamada oculta de un vínculo especial y antiguo...
Y si vuelvo la vista atrás, a un día de playa cualquiera de todos los que he vivido, es entonces cuando sé que hasta la más pequeña gota de agua de mar sobre mi piel podría vencer mi razón, y ser capaz por un instante de entender el sentido y la causa de todo lo que me ha puesto en pie sobre este planeta, otra gran roca que navega por el espacio, y en tanto que llena de agua de mar, llena del secreto de la vida.
Mussel Bay: Sudáfrica-Verano de 2010
miércoles, 5 de octubre de 2011
Signos de vida
Nos cuentan que el HARPS, o lo que es lo mismo, el Buscador de Planetas por Velocidad Radial de Alta Precisión ha descubierto 50 nuevos planetas, entre ellos 16 «supertierras». Magnífico cachivache sin duda, prometedor descubrimiento.
Los investigadores aplicados a esta tarea han enfocado el dispositivo a 376 estrellas similares al Sol, logrando mejorar bastante la estimación de las probabilidades de que una estrella como nuestro Sol albergue planetas de baja masa, como nuestra Tierra.
Está claro que toda investigación científica busca el conocimiento, pero en este caso hay mucho más. Buscamos signos de vida. Nos gustaría encontrar otros mundos como el nuestro. Estamos deseando encontrarlos, y ojalá poder conocer a otros, y saber por fin que no estamos tan solos.
Y muchas veces buscamos muy lejos, ansiando encontrar, mientras quizás seguimos teniendo mucho por descubrir y conocer. Incluso a nuestro alrededor, porque muy cerca hay muchos mundos desconocidos, muchas mini-tierras pobladas por un solo habitante, ubicadas en pisos de bloques anodinos, en mesas contiguas de rutinarias oficinas, en medio del bullicio de las calles, o sentados a nuestro lado en un lunes de vagón de metro.
Tan cerca pero tan lejanos en realidad, como lo están todos esos mundos que nos gustaría encontrar, allá perdidos en las estrellas.
Los investigadores aplicados a esta tarea han enfocado el dispositivo a 376 estrellas similares al Sol, logrando mejorar bastante la estimación de las probabilidades de que una estrella como nuestro Sol albergue planetas de baja masa, como nuestra Tierra.
Está claro que toda investigación científica busca el conocimiento, pero en este caso hay mucho más. Buscamos signos de vida. Nos gustaría encontrar otros mundos como el nuestro. Estamos deseando encontrarlos, y ojalá poder conocer a otros, y saber por fin que no estamos tan solos.
Y muchas veces buscamos muy lejos, ansiando encontrar, mientras quizás seguimos teniendo mucho por descubrir y conocer. Incluso a nuestro alrededor, porque muy cerca hay muchos mundos desconocidos, muchas mini-tierras pobladas por un solo habitante, ubicadas en pisos de bloques anodinos, en mesas contiguas de rutinarias oficinas, en medio del bullicio de las calles, o sentados a nuestro lado en un lunes de vagón de metro.
Tan cerca pero tan lejanos en realidad, como lo están todos esos mundos que nos gustaría encontrar, allá perdidos en las estrellas.
martes, 4 de octubre de 2011
Obsesiones, higadillos y cintas de video
Llevaba ya un mes largo de noches sin apenas dormir, intentando encontrar una solución. Sabía que no iba a ser fácil detener el curso de las cosas, que no hacían sino empeorar.
Todo había empezado de la noche a la mañana, y como tantas conflagraciones, sin aviso ni declaración. Primero fue una rueda pinchada, después un largo y rabioso rallazo en el capó, más tarde las dos ruedas de un lado, y vuelta a empezar de nuevo...
Se había dado cuenta que aquello se había convertido era una lucha de voluntades, contra un enemigo invisible y sañudo. Vigilante e implacable. Después de infinitas noches de cábalas había acotado una lista de los posibles candidatos y sus posibles motivos. Tarea inútil, pues no tenía nada sino sus propias conjeturas a partir de vagos indicios, quizás el recuerdo de algún mal gesto, o viejos dimes y diretes.
Lo peor de desconocer una parte de un problema es que los huecos los acabamos rellenando con nuestras propias paranoias y obsesiones. Y una vez están ahí, si no se actúa pronto, arraigan y crecen hasta cegar nuestro entendimiento, cerrándonos las puertas de la lógica y abriéndoselas de par en par a las vísceras. A punto había estado de caer en el influjo de la bilis el día en el que alguien trastocó sus planes de fin de semana entre la grúa y el taller para reparar el penúltimo sabotaje.
Después de aquello, fueron muchos los días de obsesión que le llevaron a buscar siempre el mejor sitio para aparcar, el más adecuado desde el que poder controlar en la medida de lo posible su viejo y doliente R-5. Por aquel entonces vivía en un luminoso piso totalmente exterior, orientado a un concurrido cruce de calles. Muchos fueron los momentos en los que hallándose ocupado en cualquier actividad un pálpito le impulsaba precipitadamente hacia la ventana del dormitorio, de la cocina, o del comedor, con la esperanza de atrapar con las manos en la masa a su misterioso y cordial enemigo. Siempre en vano.
Sin embago, algunas veces lo mejor que nos puede pasar es que nos pongan contra la pared, que no haya más que una salida. Fue entonces cuando lo vio: decidió que tendría paciencia, opondría toda la que fuera necesaria para pasar de presa a cazador.
No tardó en llegar una nueva fechoría, en forma de largo rayazo en el lateral del viejo Renault. Pero esa vez la pudo ver llegar con paso firme, bajo la luz grisácea del amanecer. El capazo de la compra colgando de un brazo y en la otra mano un manojo de llaves, que aplicó con destreza y saña indisimulada contra el coche al pasar. Todo había quedado inmortalizado gracias a la bendita e imperfecta tecnología analógica de las cintas VHS, en una que por azar le había brindado unos metros más de cinta, otorgándole unos preciosos instantes por encima del tiempo máximo. Amargo retrato de rencor absurdo y bilis.
No hubo necesidad de llegar a mayores. Le bastó un cheque en la puerta de los juzgados por los daños y perjuicios, pero muy especialmente, el nítido recuerdo de un viejo rostro rabioso, aturdido y confuso. Incapaz sostener su mirada tranquila y pacífica.
Todo había empezado de la noche a la mañana, y como tantas conflagraciones, sin aviso ni declaración. Primero fue una rueda pinchada, después un largo y rabioso rallazo en el capó, más tarde las dos ruedas de un lado, y vuelta a empezar de nuevo...
Se había dado cuenta que aquello se había convertido era una lucha de voluntades, contra un enemigo invisible y sañudo. Vigilante e implacable. Después de infinitas noches de cábalas había acotado una lista de los posibles candidatos y sus posibles motivos. Tarea inútil, pues no tenía nada sino sus propias conjeturas a partir de vagos indicios, quizás el recuerdo de algún mal gesto, o viejos dimes y diretes.
Lo peor de desconocer una parte de un problema es que los huecos los acabamos rellenando con nuestras propias paranoias y obsesiones. Y una vez están ahí, si no se actúa pronto, arraigan y crecen hasta cegar nuestro entendimiento, cerrándonos las puertas de la lógica y abriéndoselas de par en par a las vísceras. A punto había estado de caer en el influjo de la bilis el día en el que alguien trastocó sus planes de fin de semana entre la grúa y el taller para reparar el penúltimo sabotaje.
Después de aquello, fueron muchos los días de obsesión que le llevaron a buscar siempre el mejor sitio para aparcar, el más adecuado desde el que poder controlar en la medida de lo posible su viejo y doliente R-5. Por aquel entonces vivía en un luminoso piso totalmente exterior, orientado a un concurrido cruce de calles. Muchos fueron los momentos en los que hallándose ocupado en cualquier actividad un pálpito le impulsaba precipitadamente hacia la ventana del dormitorio, de la cocina, o del comedor, con la esperanza de atrapar con las manos en la masa a su misterioso y cordial enemigo. Siempre en vano.
Sin embago, algunas veces lo mejor que nos puede pasar es que nos pongan contra la pared, que no haya más que una salida. Fue entonces cuando lo vio: decidió que tendría paciencia, opondría toda la que fuera necesaria para pasar de presa a cazador.
No tardó en llegar una nueva fechoría, en forma de largo rayazo en el lateral del viejo Renault. Pero esa vez la pudo ver llegar con paso firme, bajo la luz grisácea del amanecer. El capazo de la compra colgando de un brazo y en la otra mano un manojo de llaves, que aplicó con destreza y saña indisimulada contra el coche al pasar. Todo había quedado inmortalizado gracias a la bendita e imperfecta tecnología analógica de las cintas VHS, en una que por azar le había brindado unos metros más de cinta, otorgándole unos preciosos instantes por encima del tiempo máximo. Amargo retrato de rencor absurdo y bilis.
No hubo necesidad de llegar a mayores. Le bastó un cheque en la puerta de los juzgados por los daños y perjuicios, pero muy especialmente, el nítido recuerdo de un viejo rostro rabioso, aturdido y confuso. Incapaz sostener su mirada tranquila y pacífica.
viernes, 30 de septiembre de 2011
La encrucijada
Ella no defendió encrucijadas ni puentes, no resistió en colinas o bastiones, no hubo de prevalecer frente a enemigos furiosos que buscaran su extinción.
Ella tampoco ansió las tierras o glorias de otros, ni le interesaron los privilegios de aquellos que sin duda le habrían mirado por encima del hombro.
Porque ella cree en las cosas bien hechas, en el valor de los auténticos amigos, en la palabra bien dicha, en el valor la promesa otorgada.
Por eso en su vida hay amor, coraje, vocación, abnegación y honradez en ingentes cantidades. Esencia y materia necesarias para hacer de este mundo que enloquece día a día un lugar con una alguna oportunidad.
Por eso en su día a día, en un instituto público de Torrejón de Ardoz son muchos los que tienen el privilegio de recibir el mejor regalo que un ser humano puede recibir de otro: cultura, educación, método científico, los verdaderos mimbres para algún día formar parte de un mundo de almas libres con criterio.
Esas son las encrucijadas, los puentes, las colinas y bastiones que ella y otros tantos como ella defienden cada día. Y no deben caer.
Ella tampoco ansió las tierras o glorias de otros, ni le interesaron los privilegios de aquellos que sin duda le habrían mirado por encima del hombro.
Porque ella cree en las cosas bien hechas, en el valor de los auténticos amigos, en la palabra bien dicha, en el valor la promesa otorgada.
Por eso en su vida hay amor, coraje, vocación, abnegación y honradez en ingentes cantidades. Esencia y materia necesarias para hacer de este mundo que enloquece día a día un lugar con una alguna oportunidad.
Por eso en su día a día, en un instituto público de Torrejón de Ardoz son muchos los que tienen el privilegio de recibir el mejor regalo que un ser humano puede recibir de otro: cultura, educación, método científico, los verdaderos mimbres para algún día formar parte de un mundo de almas libres con criterio.
Esas son las encrucijadas, los puentes, las colinas y bastiones que ella y otros tantos como ella defienden cada día. Y no deben caer.
Para Ángela
(C) by www.martin-liebermann.de
martes, 27 de septiembre de 2011
Sin atajos
Nos dicen ahora que la molécula de la longevidad no era tal, eso es lo que han dicho los científicos sobre la sirtuina, una proteína a la que múltiples investigaciones habían asociado con la capacidad de alargar la vida. Pero en la Escuela Universitaria de Londres han comprobado como moscas y gusanos, si prolongaban sus insípidas vidas, era únicamente debido a la alimentación recibida.
Como género, siempre hemos buscado en el viaje de nuestra existencia atajos para todo. Es lo que nos distingue, y es buena parte de la causa de nuestro progreso desde que salimos de las cuevas hasta la última crisis financiera de Wall Street.
Pero viajar atajando hace que olvidemos más fácilmente lo visto, pues en realidad ya ha dejado de interesarnos lo que nos rodea. Y entonces ya no viajamos, sino que discurrimos, de forma parecida a como lo hacen moscas y gusanos.
Recuerdo los últimos años de mi abuelo Dámaso, que con 96 años a cuestas fue un hombre lúcido hasta el final: insistía una y otra vez en que ya tenía bastante, que su larga y aprovechada función debía terminar, pues su condición le indicaba que ya no le quedaba otra cosa que hacer en la vida, aparte de discurrir.
No quiero que el camino de mi vida tenga más atajos, quiero seguir viviendo lo bueno y lo malo que encuentre en todos los días, poder percatarme de lo fugaz y ser capaz de asumir lo irreversible, aprendiendo de cada revuelta del camino. Porque progresar es también adaptarse, eso es lo realmente distintivo de nuestra condición, lo que da sentido a todo lo demás.
Como género, siempre hemos buscado en el viaje de nuestra existencia atajos para todo. Es lo que nos distingue, y es buena parte de la causa de nuestro progreso desde que salimos de las cuevas hasta la última crisis financiera de Wall Street.
Pero viajar atajando hace que olvidemos más fácilmente lo visto, pues en realidad ya ha dejado de interesarnos lo que nos rodea. Y entonces ya no viajamos, sino que discurrimos, de forma parecida a como lo hacen moscas y gusanos.
Recuerdo los últimos años de mi abuelo Dámaso, que con 96 años a cuestas fue un hombre lúcido hasta el final: insistía una y otra vez en que ya tenía bastante, que su larga y aprovechada función debía terminar, pues su condición le indicaba que ya no le quedaba otra cosa que hacer en la vida, aparte de discurrir.
No quiero que el camino de mi vida tenga más atajos, quiero seguir viviendo lo bueno y lo malo que encuentre en todos los días, poder percatarme de lo fugaz y ser capaz de asumir lo irreversible, aprendiendo de cada revuelta del camino. Porque progresar es también adaptarse, eso es lo realmente distintivo de nuestra condición, lo que da sentido a todo lo demás.
jueves, 22 de septiembre de 2011
El cambiazo
Luz de media tarde entrando por los ventanales del aula. Tarde de examen de verbos griegos. Ante nosotros estaba mosén Balasch, capellán y helenista, viejo profesor veterano y tranquilo, auténtico pozo de sabiduría clásica. Lo recuerdo perfectamente en su continente físico contrahecho y ya desgastado, pero conservando en sus brillantes ojos miopes el entusiasmo del saber y la pasión por transmitir todo ese conocimiento. Lo conocimos veinticinco años antes de su muerte, siendo un hombre afable, de retranca sutil, sereno y absolutamente despreocupado por las cuestiones accesorias del mundo.
El mosén era un profesor muy distinto al resto de sus colegas más jóvenes. Muchos de ellos eran auténticos águilas de su territorio, siempre vigilantes y a la caza de cualquiera que osase tirar de chuleta. Sin embargo, a él no le importó decirnos exactamente el contenido de aquel examen, puesto que lo único que le importaba era investigar y difundir su saber, y no detenerse sino lo imprescindible en lo que no eran sino detalles superficiales en los que perder su tiempo que ya sabía escaso.
Durante sus clases de lengua y cultura griegas no tardamos en descubrir anexos inesperados: las traducciones de Rilke, las vidas y obras comentadas de los autores clásicos griegos, y parte de la biografía de su admirado helenista Carles Riba, empresa que por aquellos años estaba concluyendo. Todas estas tareas eran sin duda mucho más enriquecedoras que la evaluación obligatoria de sus alumnos por medio de tediosos exámenes de gramática griega.
Ni que decir tiene que mi amigo y yo coincidíamos plenamente en tales apreciaciones, pero por motivos bien distintos. De este modo, y una edad en la que éramos pura hormona desbocada y adicción a la adrenalina, a nuestros ojos el viejo y sabio profesor se convirtió en la constatación de una posibilidad nunca antes soñada: ejecutar un auténtico y genuino cambiazo y triunfar de pleno con un resplandeciente diez en la asignatura de Primero de Lengua Griega.
Nuestra posición en el aula para llevar acabo la operación no era de las más propicias, dado que ocupábamos el primer lugar en la fila de la derecha, de un total de tres hileras de pupitres dobles. No obstante, decidimos hacer bueno el viejo adagio latino: "Fortuna audaces iuvat"
Al poco de iniciada la prueba, con un movimiento preciso, percibí a mi lado como mi colega de pupitre ejecutaba la maniobra pactada. Debo decir que mi amigo desde siempre había apuntado inequívocas maneras y una destreza especial en este campo, quizás por ello con el tiempo se convertiría en un eficaz servidor de la ley, pues siempre contó con la valentía y arrojo necesarios, amén de un poderoso instinto para ponerse en el lugar de una mente delictiva. Por mi parte, llegada la hora de la verdad, me hallaba absolutamente bloqueado, inmerso en un mar de indecisiones. No tardé en sentir su mirada. Poco después, escuché de su voz bajísima una orden perentoria: "¡¡Vengaaaa!!"
A mi izquierda, sobre la tarima de madera el viejo profesor seguía sentado, absorto repasando plácidamente la Iliada. Su figura encorvada y rechoncha se recortaba a contraluz contra la ventana. A mi derecha, mi amigo empezaba a desesperarse: "¿Pero qué te pasa? vamos, ¡¡HAZLO YA!!"
Decidí que no sería capaz, que prefería suspender antes que pasar por la humillación de ser descubierto, pues estaba convencido de que algo tan flagrante como dar un cambiazo, automáticamente forzaría a levantar los ojos de su lectura al buen profesor, quien vendría directamente hacia mí, descubriría en el acto todo el apaño y solemnemente me declararía suspendido ad aeternum ante todos mis compañeros por tan deleznable proceder...
Andaba yo visualizando las consecuencias de mi negro futuro y aún más allá cuando mi amigo arrancó la hoja en blanco que se hallaba sobre mi mesa con una mano; y echando mano al cajón del pupitre con la otra, plantó con un golpe seco ante mis ojos la hoja con el examen completo. Una oleada de horror e incredulidad me paralizó. Con la cabeza gacha, durante unos agónicos segundos esperé oír los pasos del profesor viniendo hacia mí, pero nada ocurrió. El viejo mosén siguió leyendo con fruición a Homero en su lengua original, y ambos amigos realizamos el que lógicamente sería el mejor examen de toda nuestra vida académica.
No puedo responder por mi amigo, pero ese fue el primer y único cambiazo que ejecuté en toda mi vida. De los cambiazos de otra índole que la vida nos tenía reservados quizás hablaré otro día.
El mosén era un profesor muy distinto al resto de sus colegas más jóvenes. Muchos de ellos eran auténticos águilas de su territorio, siempre vigilantes y a la caza de cualquiera que osase tirar de chuleta. Sin embargo, a él no le importó decirnos exactamente el contenido de aquel examen, puesto que lo único que le importaba era investigar y difundir su saber, y no detenerse sino lo imprescindible en lo que no eran sino detalles superficiales en los que perder su tiempo que ya sabía escaso.
Durante sus clases de lengua y cultura griegas no tardamos en descubrir anexos inesperados: las traducciones de Rilke, las vidas y obras comentadas de los autores clásicos griegos, y parte de la biografía de su admirado helenista Carles Riba, empresa que por aquellos años estaba concluyendo. Todas estas tareas eran sin duda mucho más enriquecedoras que la evaluación obligatoria de sus alumnos por medio de tediosos exámenes de gramática griega.
Ni que decir tiene que mi amigo y yo coincidíamos plenamente en tales apreciaciones, pero por motivos bien distintos. De este modo, y una edad en la que éramos pura hormona desbocada y adicción a la adrenalina, a nuestros ojos el viejo y sabio profesor se convirtió en la constatación de una posibilidad nunca antes soñada: ejecutar un auténtico y genuino cambiazo y triunfar de pleno con un resplandeciente diez en la asignatura de Primero de Lengua Griega.
Nuestra posición en el aula para llevar acabo la operación no era de las más propicias, dado que ocupábamos el primer lugar en la fila de la derecha, de un total de tres hileras de pupitres dobles. No obstante, decidimos hacer bueno el viejo adagio latino: "Fortuna audaces iuvat"
Al poco de iniciada la prueba, con un movimiento preciso, percibí a mi lado como mi colega de pupitre ejecutaba la maniobra pactada. Debo decir que mi amigo desde siempre había apuntado inequívocas maneras y una destreza especial en este campo, quizás por ello con el tiempo se convertiría en un eficaz servidor de la ley, pues siempre contó con la valentía y arrojo necesarios, amén de un poderoso instinto para ponerse en el lugar de una mente delictiva. Por mi parte, llegada la hora de la verdad, me hallaba absolutamente bloqueado, inmerso en un mar de indecisiones. No tardé en sentir su mirada. Poco después, escuché de su voz bajísima una orden perentoria: "¡¡Vengaaaa!!"
A mi izquierda, sobre la tarima de madera el viejo profesor seguía sentado, absorto repasando plácidamente la Iliada. Su figura encorvada y rechoncha se recortaba a contraluz contra la ventana. A mi derecha, mi amigo empezaba a desesperarse: "¿Pero qué te pasa? vamos, ¡¡HAZLO YA!!"
Decidí que no sería capaz, que prefería suspender antes que pasar por la humillación de ser descubierto, pues estaba convencido de que algo tan flagrante como dar un cambiazo, automáticamente forzaría a levantar los ojos de su lectura al buen profesor, quien vendría directamente hacia mí, descubriría en el acto todo el apaño y solemnemente me declararía suspendido ad aeternum ante todos mis compañeros por tan deleznable proceder...
Andaba yo visualizando las consecuencias de mi negro futuro y aún más allá cuando mi amigo arrancó la hoja en blanco que se hallaba sobre mi mesa con una mano; y echando mano al cajón del pupitre con la otra, plantó con un golpe seco ante mis ojos la hoja con el examen completo. Una oleada de horror e incredulidad me paralizó. Con la cabeza gacha, durante unos agónicos segundos esperé oír los pasos del profesor viniendo hacia mí, pero nada ocurrió. El viejo mosén siguió leyendo con fruición a Homero en su lengua original, y ambos amigos realizamos el que lógicamente sería el mejor examen de toda nuestra vida académica.
No puedo responder por mi amigo, pero ese fue el primer y único cambiazo que ejecuté en toda mi vida. De los cambiazos de otra índole que la vida nos tenía reservados quizás hablaré otro día.
Dedicado a @Laeme, de quien espero su comprensión e indulgencia
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