domingo, 4 de marzo de 2012

El regalo

Cuento nocturno escrito a cuatro manos por Blanca y Ricardo

Se asomó entre los visillos para mirar otra vez a la terraza de su vecino. El edificio estaba muy cerca y sabía los horarios que tenía. Llevaban meses dirigiéndose miradas furtivas. Le gustaba, aunque era más mayor que ella. Él salía a la terraza a fumar y clavar sus ojos en ella sin ningún pudor.

Hoy ha sucedido algo porque no entra y enciende otro cigarrillo. Decide con un gesto, levantando su mentón, armarse de valor para retarle. Ha ido hacia la habitación que da a la terraza desde la cual él vigila sus movimientos y ha empezado a desnudarse, lentamente, sabiendo que sus ojos le seguían.
No tenía muchas oportunidades de lucir la ropa interior que le habían regalado para su cumpleaños. Una nota iba con el regalo:

"Que estas prendas llenas de glamour sirvan para una noche de pasión"

Y allí seguía él, observándola, inmóvil. Devorando la distancia con sus ojos y con su mente. Sobre su piel morena restaban únicamente ya las prendas negras que tanto había ansiado contemplar, el secreto regalo que ella había recibido y secretamente aceptado, hacía tanto tiempo ya. El mismo que una noche halló a sus pies, ante de la puerta de su apartamento, con una nota cuyo contenido, ahora bien lo sabía, al fin estaba a punto de cumplirse....

La última prenda negra cayó, fundiéndose en la oscura noche. En ese mismo instante, al otro lado del apartamento, alguien llamó a su puerta.


sábado, 25 de febrero de 2012

El WhatsApp

Relato publicado en el nº 6 de la revista Entropía


Eran algo más de las tres de la madrugada. Un sonido de alarma diferente a cualquiera de los despertadores que había tenido jamás estaba sonando al lado de su oreja izquierda, insistentemente, sobre la mesita de noche. Sobresaltado y aturdido, consiguió incorporarse a duras penas. Muy cerca de su cabeza algo seguía aumentando de volumen, taladrando el silencio de la noche. Por fin fue capaz de encender la luz:
   
Moviéndose al son de su propio estruendo, parpadeando con vivos colores, su nuevo teléfono móvil había cobrado vida, aparentemente poseído por una entidad desconocida. Era uno de esos que ahora llaman inteligentes, tan de moda. El caso es que, como cada noche, creía haberlo desconectado, aunque en su descargo bien podría haber alegado que aún no se había familiarizado con gran parte de sus inacabables funcionalidades. Sujetándolo con ambas manos, forcejeó hasta que acertó a accionar el botón adecuado.

Ya en silencio pero aún aturdido por el infernal sonido no le quedaba sino averiguar la causa de tanta agresividad tecnológica. La elegante pantalla rectangular de cristal se mostraba ahora inofensiva, silenciosa, completamente oscura. Antes de accionar el botón superior derecho dudó por un instante, quizás temiendo lo que pudiera pasar a partir de ese momento. Tras la pulsación, un mensaje apareció en el centro del aparato:

WhatsApp: Tiene nuevos mensajes

 
Más perplejo que molesto, se quedó unos instantes contemplando el dispositivo fijamente en su mano. ¿¿Un whatsapp?? ¿A estas horas? ¿Pero a quién se le ocurre...? Súbitamente, un destello de inspiración cruzó por su mente como un latigazo. Comprendió: no podía ser nadie más que él; su viejo amigo.

Con el paso de los años casi habían casi perdido el contacto. La vida que les unió en las aulas del instituto forjó caminos distintos para cada uno; distintas profesiones, nuevos retos, nuevas ciudades. Sin embargo, siempre quedaron un puñado de momentos y lugares comunes cada año: las navidades en el viejo barrio, algunos días sueltos en verano. Suficiente para comprobar que las antiguas complicidades y viejos códigos seguían ahí, asombrosamente inmunes a sus vidas de adultos. Reían como el primer día al recordar mil anécdotas y peripecias; pero en el fondo, y eso era lo mejor de todo, recordaban para volver a reír, y se sentían mejor.

Con los primeros móviles todo fue algo más fácil, pero nada parecía poder sustituir a una larga tarde de amena charla frente a frente en un café. Hasta que llegaron las últimas navidades, en las que su amigo se presentó con uno de esos sofisticados trastos llenos de curiosas utilidades que hacían mil cosas, siempre en atractivos colores. De entre todas, había un curioso sistema de mensajería instantánea que permitía intercambiar texto, imágenes y sonido con gran rapidez y calidad, prácticamente en tiempo real ¿No conoces los WhatsApp? tienes que hacerte con uno de éstos, ya verás...

No tardó en seguir su consejo, y desde ese momento alimentaron nuevamente su amistad con frenético entusiasmo infantil, compartiendo el gusto por lo instantáneo y el detalle, inmortalizando de nuevo momentos, comentando de nuevo todo en un segundo, sintiendo que el contacto había sido recuperado sin que ya volviera a importar nunca más ni el tiempo, la distancia ni el lugar en el que se encontraran.

Abrió la aplicación y no dio crédito a sus adormilados ojos mientras deslizaba su dedo sobre la pantalla táctil. Una larga retahíla de nuevos mensajes desfiló ante sus ojos. Como había supuesto, todos eran de él, y cosa extraña, todos parecían haberse emitido al mismo tiempo. Exactamente a la misma hora que en aquel preciso instante marcaban los dígitos verdosos de su despertador, las 03:06 de la madrugada de un día cualquiera.

Y leyó:

Si te cuento lo que me acaba de pasar... 03:06

Vas a flipar, no se ni cómo no he volcado y aquí estoy ahora contándote de p. milagro 03:06

Eran dos al menos, enorrrrmes!! estaban en medio del carril Q peazo bichos la madre q m… 03:06

Iba a 110 kmh si llego a pegar volantazo o clavar ruedas ahora estaría tocando el arpa o en la uci :P 03:06

así que imagina la hostia q s han llevado los 2 jabalíes 03:06

El coche inservible, hay uno entre la rueda y los bajos, fiambre creo... joder dios q destrozo! L 03:06

Mira el morro del terrano como h qdao!! 03:06 VER/REENVIAR

Voy a ver si hago xa apartar el coche hasta q lleguen d l central 03:06

Estoy solo en medio de la autovía y no pasa ni dios, todo bosque y oscuri ostras q hay otro vivo! esta m cerca!!! 03:06

Era la madre, con medio cuerpo deshecho se ha venido contra mi, quería vengar a la cría 03:06

Me miraba con mucho odio... cada vez más cerca, tenía que disparar, era ella o yo. 03:06

La he esperado hasta que ha estado encima y se la he puesto justo entre los ojos 03:06

La puta pistola, solo ha hecho clic… no sé que mierda ha pasado 03:06

Es raro, creía que dolería algo. Ahora todo está bien 03:06

Quería que al menos lo supieras por mi, amigo 03:06
JuanSV
últ. vez hoy a las 03:06
USUARIO DESCONECTADO

 



martes, 21 de febrero de 2012

El misterio de las perlas arábigas

El fluorescente averiado parpadeaba en rápidos y breves destellos. Un viejo operario avanzaba con pasos cortos enfundados en gastadas alpargatas de loneta. Escalera al hombro y caja de herramientas bajo el brazo, introdujo su mundo rutinario de cables, luces, regletas, reactancias y fusibles por el pasillo central de la luminosa sección de alta joyería y peletería. La habitual burbuja de indiferencia se formó a su paso, envolviéndolo allá donde fuera, haciéndolo invisible para vendedores y clientes.

Sin prestar atención al brillo lujurioso de todas las pieles, obviando el fulgor inoxidable del oro, de la plata y del titanio que lo rodeaban, el viejo operario desplegó la escalera de aluminio y elevándose por encima de todos, acercó su mirada cansada a la indecisa luz de neón.

Había un problema con la regleta de la reactancia, y tendría que cambiar una parte del cableado. Ocupado en cortar, pelar y atornillar, su metódica destreza no pudo prever la caída de un largo trozo de cable que, escapando de su mano en alto, pasó en un instante ante sus ojos y terminó su caída sobre el aparador que se abría sus pies, con un tenue golpe de plástico contra cristal. El viejo operario lo había seguido con la mirada. De este modo se reencontró con él:

A sus pies emergió la visión de aquel hermoso collar de grandes perlas blancas, brillando iridiscentes con toda la intensidad y el misterio de su engarce antiguo de oro delicadamente repujado.

Y fue entonces cuando desapareció ese mundo y lo recordó todo. Volvió a estar en la jarcia del palo mayor con la vista puesta en el horizonte, frente a la costa ocre y arenosa de Catar. Reaparecieron las velas blancas, el sabor de la sal, el azul intenso y peligroso de un mar hostil. Sintió el peso de su sable en la mano, a la caza del botín. La lucha incierta de su propia vida, el humo, la sangre. Y por encima de todo, unos ojos negros de intenso fulgor, tan brillantes como amargos, allí donde todo empezó y todo acabó.

Una voz atiplada, envarada y displicente surgió a sus pies:
 -Oiga usted: Si está interesado en adquirir perlas arábigas puede pasarse si le apetece al acabar su turno.
Desde lo alto el viejo operario miró largamente al jefe de sección  y con un aplomo que nunca antes había sido suyo esta vida respondió:
-Conocí bien el género y tuve todas las que quise... ¿Y tu?

Quien está enamorado de las perlas se tira al mar - Proverbio árabe


lunes, 13 de febrero de 2012

Llegará un dia

Había conseguido darle la vuelta del otro lado con no poco esfuerzo. El hombro le dolía bastante, pero por suerte no se había roto ningún hueso. Ajeno a las señales de dolor de su cuerpo magullado, trabajaba en silencio sobre las entrañas de la máquina con toda la rapidez y precisión de que era capaz.

A su alrededor estaban esparcidos el casco, la cazadora, parte del equipaje y los dos grandes maletines de aluminio abiertos. La grasa negra teñía sus dedos, impregnando el bastidor, las herramientas en uso, las tuercas, los pasadores y el resto de piezas que había extraído de la moto. Por un momento alzó su cabeza y volvió su mirada hacia la carretera, en la dirección de donde venía. La polvorienta llanura se extendía en todas direcciones en un monótono paisaje ocre de piedras sueltas y matorral reseco. Al límite del alcance de la vista creyó divisar una tenue columna de polvo. No tenía mucho tiempo.

El penetrante olor de la gasolina embriagaba sus sentidos. Su rostro, atenazado en un rictus por el esfuerzo, manaba gotas negras de sudor que caían desde la punta de su nariz. El golpe en el hombro dolía, y además estaba el corte en la espinilla que estaba empezando a escocer bastante. Por suerte la ahora destrozada greba de protección de su pierna había absorbido bien el impacto, así que de momento decidió ignorar sus males hasta haber resuelto el principal problema. Tenía que salir de allí.

Sobre el horizonte desolado un sol rojizo anunciaba la última luz del día. La sangre golpeaba con fuerza en sus sienes. No se había concedido ni un momento de respiro pero al fin había conseguido repararla. Pasó una mano por su nuca rapada mientras bebía un largo trago de agua de la cantimplora. Una sonrisa amarga cruzó su rostro al recordar lo que una vez le dijo un viejo amigo: "Llegará un día en el que te levantarás y ya habrás cogido la moto por última vez..." A su espalda, la nube de polvo seguía creciendo, cada vez más cerca.

Puso la moto en pie de nuevo y esperó unos instantes para que el aceite, la gasolina y el resto de fluidos volvieran a su posición natural. Pulsó el botón de arranque... pero la moto solo respondió silencio.

Una punzada de desesperación amagó en su estómago. En un largo instante, mientras decidía qué hacer,  recordó cómo el vaticinio de su amigo estuvo muy cerca cumplirse una vez. Fue por entonces cuando llegaron esos nuevos tiempos que nadie comprendía. Muchas cosas cambiaron, otras muchas terminaron. Otro motor que le impulsaba también se apagó entonces. Aquella vez bien pudo haber sido para siempre, y sin embargo aún quedó un rescoldo de energía por avivar, aún restó una leve chispa por saltar.

Volvió a presionar sobre el botón de encendido, con toda su alma puesta en su dedo pulgar. Oyó las vueltas inciertas del motor de arranque: una, dos, tres... las entrañas del cilindro tosieron, luego vino una ronca vibración en el tubo de escape, le siguió una primera explosión y luego por fin, el corazón de la veterana montura volvió a la vida. El día no había llegado, no aún. Y no llegaría mientras viviera. Iba a venderse muy caro. 


martes, 7 de febrero de 2012

Los paseantes

No te esperaba ya, pero hoy has vuelto de nuevo.

Hoy has traído a tus amigos a casa. Habéis merendado café y bizcocho en el gran salón. Los has reunido al pie de la chimenea,  rodeados de olvidadas fotos antiguas, frente al viejo y gran cuadro de los paseantes. Por mi parte, no he podido evitar rememorar todas aquellas lejanas sonrisas en traje de fiesta y smoking.

El caso es que me cuesta acostumbrarme a ver las regias boiseries del salón con los estantes desnudos, o las sillas imperio vacías. En el recibidor, el escritorio filipino lacado se ha quedado muy solo y ya no luce como antaño. Repaso los altos techos: las molduras de volutas se han oscurecido y las lámparas de cristal han dejado de brillar, cubiertas por una fina pátina de polvo.

Las puertas de madera noble ceden con cansancio ante tus pasos, y el largo pasillo está más oscuro que nunca. Te has dado cuenta de que han aparecido algunos agujeros en el gastado parquet y has visto que la moqueta azul se está deshilachando aquí y allá. Pero no sabes cuánto me alegro de tu visita.

Por suerte aún me queda intacta la luz del gran ventanal con vistas a la plaza del Marqués de Salamanca, que hoy luce blanca y majestuosa a la luz invernal del atardecer. Y por supuesto, me queda nuestro querido cuadro, el de la pareja de paseantes que, acodados en la barandilla de la Concha de San Sebastián, contemplan juntos el mar. ¿Te acuerdas?  De pequeña siempre querías saber quienes eran, me preguntabas porqué nos daban la espalda y porqué no les podíamos ver la cara. Yo siempre te decía que te fijaras muy bien, que un día lo entenderías.

El bizcocho de naranja siempre te ha salido bien, mejor que a mí, pero el de chocolate para mi gusto lo dejas cocer demasiado... no importa, veo que les ha gustado. Lo mismo que a mi verte de nuevo sonreír. Habéis vuelto a llenar la casa otra vez con vuestro calor y todas esas risas sinceras. Tienes unos amigos muy simpáticos, se nota que te aprecian de verdad. Te veo bien otra vez, me alegro de veras por ti.

De pronto me he dado cuenta; lo has entendido. Como antaño, has vuelto a fijar tu mirada en el viejo cuadro de los paseantes y por un momento, con los ojos muy abiertos, has olvidado todo cuanto te rodeaba. Al fin has desentrañado el misterio. Ahora ya sabes todas las respuestas a tus preguntas. Es hora de reunirme con ellos, quiero pasear y acodarme en la barandilla a contemplar el mar. Allí algún día nos volveremos a encontrar.

lunes, 30 de enero de 2012

Las cosas son así

Con un último golpe de volante consigue evitar el impacto lateral contra la mediana de cemento, volviendo al centro del carril. Es entonces cuando decide clavar los frenos a fondo. Siente cómo su cuerpo y todo el coche empiezan a girar envueltos en un largo chirrido de neumáticos, hasta el último y violento cabeceo lateral.

Por unos instantes permanece inmóvil con las manos crispadas sobre el volante. Ha conseguido detener el pesado Nissan Terrano, sabe que no ha volcado de pura casualidad, después de haber dado dos trompos. Levanta la vista. Los faros alumbran el pretil metálico, justo detrás del arcén. Más allá sólo hay oscuridad. Nerviosamente intenta orientarse de nuevo.  Son más de las 3 de la madrugada, es noche oscura, sin luna y está atravesado en medio de la autovía. "¿Cómo no los he visto antes? han aparecido justo detrás del cambio de rasante... sin tiempo material. ¿Cuántos eran? uno, dos, quizás tres..." Recuperada la calma, reaparece el sentido profesional. En el fondo se trata de un accidente más del que dar parte, aunque esta vez él sea el protagonista. Sabe que debe señalizar, atender y finalmente despejar la carretera. La luz azul de los catadióptricos empieza a iluminar espasmódicamente el lugar. El coche arranca, pero algo impide que la rueda izquierda gire y la dirección parece bloqueada. Ahí debajo hay algo.

Al salir del coche el frío seco y cortante golpea su cara, despejando definitivamente su mente. A su alrededor reina el silencio. Mira a un lado y otro de la autovía. No hay nada, no hay nadie más circulando. Se encuentra en medio de una larga recta trazada entre altos bosques la cual se funde en las tinieblas por ambos lados. Está completamente solo.

La luz de la linterna encuentra al que se ha llevado la peor parte. Sigue bajo el coche, entre la rueda y los bajos. Despanzurrado por el impacto y arrastrado varias decenas de metros, ahora es una masa sanguinolenta de pelo hirsuto de la que asoma un gran colmillo amarillento. El frontal del coche está abollado en toda su extensión, surcado de jirones de pellejo, sangre y una sustancia negra viscosa. "Tiene que haber al menos otro más..."

Súbitamente el silencio se quiebra por un largo y agudo chillido, acompañado de un frenético pataleo. Otro sigue vivo, se está moviendo, y se acerca con rapidez. Enseguida lo ve aparecer, surgiendo desde la parte trasera del coche, arrastrando los cuartos traseros. Decide dar unos pasos hacia atrás, alejándose unos metros del coche para dejarle huir, pero pronto se da cuenta de su error. Va a por él. Y es muy grande. Tiene medio cuerpo deshecho, pero aún conserva dos patas útiles. Sus dos pequeños ojos negros, feroces y brillantes están fijos en él, anunciando su inequívoca determinación de ajustar cuentas.

Es hora de terminar y evitar males mayores. "Lo siento pero las cosas son así, no me dejas opción" Saca de la funda su Walther P99 reglamentaria, le quita el seguro y tira hacia atrás de la corredera. Intentará acertar a la primera. Le habría gustado contar con algo más de luz pero tendrá que apañarse con los faros del coche y esas molestas ráfagas azules. Dejará que se acerque lo máximo posible. La silueta del animal se recorta delante las luces, cada vez más cerca. Con las fauces abiertas la bestia malherida ha transformado su chillido en un feroz rugido y lanza la carga final contra el causante de su desgracia. Sujetando con ambas manos el arma apunta cuidadosamente, justo entre los ojos, y aprieta el gatillo: ...Clic
 

lunes, 23 de enero de 2012

La Bandit negra

Era viernes noche. La Bandit negra nos alcanzó en la primera línea del semáforo de Diagonal con Numancia. No pudimos evitar fijarnos en el poderoso despliegue de cilindros, potencia y sugerentes curvas que se habían detenido a nuestro lado. Y no solo por la gran cabalgadura mecánica que rugía a nuestra izquierda, sino tanto o más a causa de quien ocupaba su parte trasera. La rubia cabellera sobresalía bajo el casco blanco. Pantalones y chaqueta corta de cuero negro ajustados que acogían unas formas más que agraciadas. Botines de tacón de la mejor marca. Confiada en su belleza y su suerte, sujetaba con estilo la cintura del orgulloso piloto mientras volvía su melena dorada a un lado y otro de la línea de coches detenidos, esperando verde.

La rotunda sonoridad de los 85 caballos traspasaba nítidamente la carrocería y el cristal de nuestro coche, haciéndonos vibrar al compás de los cuatro cilindros, hipnotizándonos en una cadencia armoniosa y profunda, impidiéndonos hacer otra cosa que mantener fijos nuestros ojos en el atractivo conjunto. Delante de ella, la robusta figura del piloto se mantenía concentrada al frente, vigilante ante el ya inminente cambio de luces. Sin embargo, el semáforo que regulaba el tráfico de la calle Numancia seguía en verde, dando paso a los vehículos que desde nuestra izquierda atravesaban la amplia avenida en la que nos encontrábamos, bajando desde la zona alta hacia el centro de Barcelona. En la suave cadencia de la moto se insertaron dos súbitos y vibrantes acelerones: El piloto hacía exhibición de su poder mientras por un instante volvía la vista atrás hacia nosotros. Ambos lo tenían todo, así nos lo demostraban.

Apareció la luz ámbar sobre la verde en el semáforo de Numancia. Al instante, escuchamos el inconfundible "clac" al engranarse la primera marcha en el motor de la Bandit. La cadencia de la moto se transformó en una enorme furia de potencia apenas retenida ya únicamente por la maneta del embrague. La chica, justo a nuestro lado, se aferró con más fuerza al cuerpo del hombre y se volvió hacia nosotros. Verde. Cruzamos nuestra mirada con la suya por un último y fugaz momento tras lo cual desapareció veloz de nuestros ojos. Y así nos dispusimos a guardar la anécdota de ese momento por lo que restaba de noche.

Pero aquel momento no terminó nunca, no para mi amigo, no para mi, no para esa chica, no para el piloto, ni para aquella otra gente. Porque inmediatamente llegó el breve chirrido seguido por el enorme estruendo de la chapa al doblarse y el crujir de cristales al quebrarse. La eterna visión de la gran masa de metal negra y de los dos cuerpos alzándose lentamente varios metros, quedar suspendidos por un interminable microsegundo en el aire hasta terminar cayendo y rebotando sordamente contra el asfalto, por detrás de aquel coche que con el lateral destrozado había quedado frenado en seco por la brutal acometida.

Y fue entonces cuando antes de que nada ni nadie se moviera de nuevo, de que la conmoción o el desconcierto lo inundaran todo, antes incluso de que surgiera el primer grito y de que todo el dolor llegara, una imagen ya había alcanzado para siempre mi memoria: el rostro desencajado de aquella mujer que, sentada tras la puerta deformada de su coche y cubierta de cristales rotos, absolutamente inmóvil, miraba al vacío sin ser capaz de ver nada más.

domingo, 15 de enero de 2012

Otros tiempos

Caen los últimos instantes de luz invernal sobre la tarde gris. Un vistazo rápido hacia el exterior a través de las ventanas de la habitación a oscuras: los árboles, las casas, los coches, la acera, el asfalto y todas las demás cosas que un día fueron parte de su vida se diluyen lentamente en la densa niebla de ceniza helada. Y al fin cae la noche oscura. La luz eléctrica hace ya mucho que ya es apenas un recuerdo. Como todo lo demás.

Afuera todo lleva tranquilo un par de días. Ojalá hayan tenido bastante después del último intento. Había sido una suerte agenciarse el G36, pero repeler el último ataque le había dejado sin apenas munición. Mañana tendría que salir a buscar más. Por suerte aún le quedaba forraje para el caballo. Un poco de luz y ejercicio fuera del garaje le vendrían bien al animal. Se alejó de la ventana y se cobijó de nuevo entre espacio protegido formado por las mantas, la mesa y el sofá que había dispuesto en el centro mismo del comedor. Cerca del refugio, su magra cena se calentaba al incierto calor de la llama azul del viejo hornillo de camping. Lo había recuperado de entre las muchas cosas que en su día no se decidió a tirar, recuerdo de otros tiempos. Como tantas otras cosas.

Absorto, tomó el cazo de sopa de sobre y empezó a beber. El contacto con el antiguo sabor le hizo recordar un momento de su lejana juventud... se dio cuenta ahora todo formaba parte del mismo recuerdo. Se sorprendió acordándose de haber vivido otra vida, de esas mismas calles albergando luz y calor. Recordó haber trabajado, haber querido, haber sentido alegría o indignación por cosas que ya no existían. Recordó que su verdadera vida no era la de ahora, sino la que existió antes de que ocurriera lo impensable, lo imposible, lo que no podría ocurrir jamás.

Porque llegaban otros tiempos, así lo habían asegurado todos los que vinieron, todos los que se fueron sucediendo, uno tras otro, exponiendo sus planes y medidas, alzando cada vez más sus voces en cada discurso, en cada alocución, en cada llamamiento a la calma y a la responsabilidad, gritando ya al final. Hasta que ya nadie dijo nada más. Y todo se apagó. Y realmente llegaron otros tiempos.

jueves, 12 de enero de 2012

La tierra que dejó de existir

Existió una vez una modesta tierra martirizada por la codicia, la incapacidad y la maldad de sus gobernantes durante muchos, muchos años. Y mientras otras tierras crecían gracias al trabajo de sus campos, de su industria, por la belleza de sus paisajes y aumentaba el bienestar de los que la vivían sobre ella, allí solo había esclavitud, miedo, hambre, violencia, explotación y desigualdad.

Y fue tanta la ignominia y durante tanto tiempo campó libremente la maldad de los hombres que la habitaban que al final hasta la propia tierra que los acogía pareció decir basta, y un día de hace dos años quizás quiso sacudirse todo ese mal como lo habría hecho un caballo enloquecido por tanto dolor, harta de todo por fin y mil veces herida por todo lo que tenía lugar ahí arriba, a lomos de su martirizada corteza.

Y de este modo, aquel día los habitantes de un país llamado Haití fueron descabalgados por la ira de una tierra que sigue en trance de dejar de existir, y hoy es evidente que sólo con la voluntad de sus maltrechas gentes no será suficiente para impedirlo.

Uno a uno, ninguno de ellos ni de nosotros será suficiente para cambiar ese fatal destino, por eso todos somos necesarios. Somos necesarios para dar nueva vida, para dar una oportunidad a una tierra que parece querer dejar de existir, porque nunca le dieron esa opción.




lunes, 9 de enero de 2012

La grieta

De pronto se encontró con la grieta.

Llegó con un único y breve chasquido. Vio que una de las baldosas con cenefas de flores coloreadas se había partido. Después de observarla con cierto detenimiento, se percató de que desde ahí partía una fina línea que recorría las baldosas del baño, ascendiendo en diagonal hasta perderse detrás del espejo. Ciertamente, aquello era una contrariedad, pero no dejaba de ser una grieta muy delgada, muy poca cosa  en realidad y bueno, pensó; al fin y al cabo estaba en el pequeño cuarto de baño privado, nada que alguien pudiera llegar a ver, quizás acaso alguna visita, alguna vez... Así que decidió que podría convivir con esa grieta sin hacer nada.

Al salir del servicio, vio que la misma grieta también había llegado a la madera de la puerta, recorriéndola de arriba a abajo. Después encontró otra muy parecida en la librería del comedor, y otra sobre la mesita del salón. También había una en el viejo jarrón de porcelana, y en la figurita de cristal recuerdo de Venecia. En la cocina, la fina grieta subía por la nevera, pasaba por el techo y alcanzaba la preciosa lámpara de cerámica blanca y azul, partiendo en dos mitades la base atornillada al techo.

Sorprendido, volvió su mirada a derecha e izquierda, arriba y abajo y se dio cuenta de que la grieta seguía creciendo rápida y silenciosamente, abriéndose paso, atravesándolo todo. Y entonces se encogió de hombros, porque ya era tarde: La grieta lo había alcanzado a él también.