viernes, 21 de diciembre de 2012

El viaje

Llegó de mañana temprano. Entró a buen paso en el vestíbulo del sótano tres, arrastrando jirones de niebla de la carretera y del sueño de la noche aún mal despertado. Sus manos se habían vuelto de corcho, recuerdo fresco de los amaneceres de diciembre.

Se detuvo frente al panel de fichaje de entrada y colocó sobre él la tarjeta magnética. Antes había pulsado sin detenerse el botón de llamada del ascensor que se encontraba a su derecha. Movimientos automatizados, repetidos una y otra vez, desde un lejano día que apenas ya recordaba.

Mientras esperaba, dio comienzo distraídamente al rutinario ceremonial de apertura de velcros, cintas y presillas de la gruesa cazadora negra de cordura. Los guantes bajo el brazo, el casco colgando de un codo.

A su espalda sonó el aviso que anunciaba la llegada de uno de los seis elevadores. Entró rápidamente y pulsó casi a la vez los botones del sexto piso y el que forzaba el cierre de puertas.

A ver si hoy paramos poco...

Debido a su característico atuendo, raro era el día que conseguía esquivar los comentarios, preguntas y hasta irónicas alabanzas de sus compañeros de viaje,  invariablemente relacionados el valor que se requería para afrontar los rigores y peligros de la circulación invernal sobre dos ruedas. Sabía que solo disponía de apoyo y comprensión verdaderos de los escasos compañeros que compartían su irrevocable devoción. Cuando alguna mañana coincidía con uno de ellos en ese primer viaje diario bastaba con intercambiar una breve mirada de complicidad y reconocimiento para empezar bien el día.

La primera parada sobrevino en el sótano uno.
Las puertas dejaron entrar a tres hombres y una mujer, todos de mediana edad: directivos veteranos de la casa; zapatos negros, trajes grises, corbatas discretas, abrigos largos de paño, calvas o canas, alguna barriga prominente. Ella sin embargo mantenía el tipo en la cincuentena dignamente con su tinte caoba y un funcional modelo de boutique. Cuatro manos pulsaron cuatro botones distintos en el cuadro de mando. Los vivos ojos negros de ella se abrieron en cuanto le reconoció. No iba a tener suerte en este viaje.

    - ¡Hombre, cuanto tiempo! ¿Qué tal te va? ¿pero aún sigues viniendo en moto? ¿con este frío?


Le había largado a bocajarro la salva de preguntas con esa voz que tan suya y que tan bien recordaba,  estudiadamente jovial, estudiadamente educada, estudiadamente neutra. La misma voz que en petit comité podía emplear para poner de vuelta y media un colega, negociar despiadadamente con un proveedor o hablar de naderías por la mañana en el ascensor con un antiguo colaborador.

    - Buenos días, Esther. Ya me conoces, soy de moto...


Los ojos de ella se entrecerraron levemente al recordar, la fina piel de su rostro enjuto se arrugó en una amplia sonrisa enmarcada por el carmín.

    - Ya lo veo ya, en fin chico, qué valor tienes, yo no podría... además tiene que ser peligroso. Quita, quita ¡Con lo calentito que se va en coche!

   - No te digo que no, Esther, no te digo que no...


Uno de los tres hombres había optado por revisar concienzudamente los correos pendientes en su Blackberry, recostado en una de las esquinas junto a las puertas, abriendo una distancia imposible en aquella caja de acero de cuatro metros cuadrados. Sin embargo, los otros dos estaban siguiendo atentamente la conversación mientras no quitaban ojo a la compacta indumentaria motera. Uno de ellos, quizás el más elegante y también el más sobrado de maneras perfiló una mueca de sorna en el rostro. Como era de prever, no tardó en realizar su aportación al debate:

   - Esther, ¡agradecida tienes que estarle! al fin y al cabo cuantos más vayan en moto, menos atascos para nosotr...


El viaje se había vuelto a interrumpir en la segunda planta para que entrara Felisa, una de las bedeles de la empresa: con su figura baja, regordeta y patizamba estaba encargada de transportar la correspondencia interior entre los distintos departamentos por todo el edificio. Había avanzado hasta quedar justamente tras la figura del ejecutivo que acababa de hacer la gracia. Aún no se habían cerrado las puertas cuando Felisa lo reconoció. Su rostro, casi siempre taciturno y abotargado por la medicación, se iluminó súbitamente:

   -¡Buenos diiías Juliiiito!


El interpelado, cogido completamente por sorpresa, interrumpió el chascarrillo, dio un respingo y enmudeció tras palidecer visiblemente. Bajó la cabeza sin atreverse a dar la cara ante la recién llegada.

    -Buenos días Felisa

   -Que guapo vienes siempre, Julito

   -Mu.. muchas gracias, Felisa

   -¿Te he dicho que me recuerdas a George Clooney?

   -Si, Felisa, si... 

   - Pero qué bien te sientan los años, Julito, ¡lo mismo que al buen vino!


Ya completamente desarbolado, el tal Julito avanzó un paso hasta prácticamente tocar con la cara el gran espejo que cubría la pared del fondo. Después de interminables segundos, por suerte para él las puertas volvieron a abrirse en la tercera planta. Mientras, el hombre de la esquina seguía aferrado al teclado de su Blackberry, manteniendo tenazmente su aislamiento.

   -Hasta luego... - alcanzó a musitar Julito mientras se escurría raudo por entre las puertas del habitáculo aún antes de que terminaran de abrirse por completo.

   -¡Hasta luego Julitooo! voceó Felisa desde la puerta del ascensor  

Hala, Julito... a pasarlo bien; y bien por ti, Felisa.


Con el ascensor de nuevo en marcha, Felisa procedió a escanear visualmente al resto de los viajeros de arriba a abajo, lenta y metódicamente. Por unos instantes reinó una tensa calma llena de miradas desviadas a suelo y techo.

-Me gusta mucho ese modelito que llevas, Esther. Tu siempre vistes con mucho estilo.

-Muchas gracias, Felisa - respondió la aludida cortésmente, en su tono de voz universal.


La cuarta planta era la de Esther y uno de los jefes de sección.

   - Hasta luego motero, me alegro de verte, ¡cuídate!

   - Hasta luego Esther, igualmente, hasta el próximo viaje.


Las puertas se volvieron a cerrar. El hombre de la esquina seguía impertérrito mirando fijamente la pantalla de su teléfono.

Plantada en el centro justo del ascensor, Felisa giró sobre sí misma y fijó su atención por unos instantes en el ejecutivo y en su afanosa revisión de la mensajería electrónica. Poco después fijó la vista al frente y suspiró. Después de todas las emociones anteriores su semblante había vuelto a sumirse en una suerte de espesa calma con pasmosa rapidez.

Las dos plantas que faltaban transcurrieron en absoluto silencio. En la quinta planta desapareció el hombre de la Blackberry sin haber levantado la cabeza ni mediado palabra alguna. Felisa no se inmutó, no volvió a abrir la boca, ni siquiera cuando alcanzaron la sexta planta. Entonces abandonó el ascensor y girando a la izquierda se encaminó hacia el despacho de presidencia con sus pasos cortos de autómata.

Gracias por el viaje Felisa; al menos tú sigues siendo tú...













lunes, 3 de diciembre de 2012

La vida sin ellos


El explorador había regresado con inesperadas noticias: se había localizado un gran foco de resistencia. Muy posiblemente fuera el último. El jefe de los voluntarios se volvió hacia su gente con un renovado brillo en los ojos. No tardó en dar las órdenes que todos ansiaban. "¡Vamos a por ellos!"

Habían sido largos años de lucha enconada y cruel. Habían caminado por el límite de su existencia muchas veces,  Nunca ni unos ni otros tuvieron dudas en la implacable, furiosa lógica: Llegar a cualquiera de los parajes desolados de aquella guerra, buscarse, combatir, rodear, asaltar y perseguirse con saña en la huida.

Pero las mayores y más sangrientas batallas cayeron de su lado, y ahora la victoria estaba cerca. En los últimos tiempos todo se había vuelto mucho más fácil, casi rutinario. Lo único que nunca variaba era el espeso silencio que siempre precedía al primer disparo.

Fue el batallón de los voluntarios el primero en asaltar aquel silencio; fue su gente la que liquidó el reducto  hostil, tras convertirlo en otra devastada ruina ennegrecida. La llegada del mensajero los encontró reponiendo fuerzas y pertrechos, aún en la zona de conquista, sobre los cráteres, cascotes y cuerpos de los caídos:  

Confirmado: ¡el enemigo se ha rendido sin condiciones!

En ese momento todos los voluntarios se miraron: lo habían conseguido; los habían borrado del mapa.  Supieron que habían disparado su último tiro. Se acababan de terminar todas las órdenes, el mando, las líneas de avance y retirada, las desenfiladas, los campos de minas, los abrigos, los refugios, los pozos de tirador, la intendencia y el municionamiento de la vanguardia. Y entonces cayeron en la cuenta de la terrible verdad.

Por todas partes se alzó un sordo clamor de celebración. Era la hora de la euforia, de la alegría desbordada por la victoria tan duramente alcanzada, de la paz largo tiempo soñada. Pero aquellos hombres no gritaron, no saltaron, no se abrazaron. Miraron al suelo y permanecieron en un hondo silencio que únicamente su jefe se atrevió a romper:

Ya no vigilaré más mi espalda, ya no tendré que esperar ninguna amenaza, ya no habrá que ir a buscarla, ni la llevaré hasta el mismo centro de la batalla. Olvidaré el calor, el frío, las privaciones y el latir de la sangre rabiosa en mis venas. Yo no valgo para vivir tranquilo, para hacerme viejo contemplando el mar. ¿Si la vida es riesgo, qué clase de vida me espera ahora?

 Hemos tenido que vencerles para comprenderlo. Ellos nos daban nuestra razón de ser. No solo hemos acabado con ellos, también nos hemos dado fin a nosotros mismos.

¿Qué será ahora de nosotros sin nuestros queridos enemigos?


 

sábado, 17 de noviembre de 2012

La Pared 2ª parte: Al otro lado


Pero él decidió ignorarla, y siguió cavando con más ahínco, en completo silencio. Al cabo de unas horas el agujero había empezado a adquirir buena anchura y cierta profundidad. Entonces la pared se dejó oír nuevamente:

"¿Querías hablar? Estoy dispuesta a escucharte"

Lo cierto es que nunca la había visto tan de cerca y con tanto detalle, durante tanto tiempo. Por eso ahora podía advertir cómo su base estaba cruzada por infinidad de grietas y desconchones. Se percató de los estragos que la humedad de la negra tierra llevaba haciendo  en esa parte de la estructura desde tiempos inmemoriales.

El pico y la pala siguieron hundiéndose en la tierra, cada vez con mayor facilidad, haciendo el agujero cada vez más grande, más hondo.

La muralla tronó nuevamente:
"Negociemos: si dejas de cavar te cuento lo que hay al otro lado, pero te avanzo que no vale la pena, es un mundo peligroso y hostil, y yo estoy para protegerte de él, como siempre he hecho todos estos años... algo que por cierto tu me agradeces así, haciendo ese hoyo que nos amenaza a los dos."

El agujero tenía ya suficiente hondura, así pues empezó a cavar en dirección a la pared. Había pasado a ser un túnel. Poco después, empezó a filtrarse un hedor a maloliente podredumbre; procedía de los viejos cimientos. Pronto envolvió con su evidente pestilencia todo el paraje. La vieja muralla volvió a sumirse en el silencio. Él, con una mueca de disgusto, apretó los dientes redobló sus esfuerzos, haciendo crecer el túnel más y más, hacia el otro lado.

Ella volvió a hablar, pero ahora su voz llegó hasta él debilitada a través de la tierra que los separaba:
"Mira, esto supone un gran esfuerzo para mí, pues va contra mis principios fundacionales, pero quizás podría abrirte una ventana, por la que podrías mirar de vez en cuando... ¡eso siempre y cuando prometas dejar el pico y la pala y cerrar ese feo agujero!"

Al cabo de poco, al otro lado de la pared se abrió un pequeño orificio en el suelo; pronto se hizo mucho más grande, lo suficiente para que emergiera la figura de él. Entonces, y antes de dejarla atrás para siempre, respondió:

- Ahora ya es muy tarde para eso...




martes, 23 de octubre de 2012

Lo que nunca termina


El sonido de la intensa lluvia se filtraba tenuemente a través del ventanal. A oscuras, en lo más profundo de la noche, en el centro del salón, cerró los ojos. Las secciones de cuerda iniciaron desde las tonalidades más graves el suave y hondo lamento que daba inicio al gran momento de Tristán e Isolda.

Suave, lenta y educadamente le habían dicho que se veían obligados a prescindir de sus servicios. Era sin ningún género de dudas un gran profesional y había realizado una impecable labor, pero la cosa estaba mal, muy mal, como ya debería saber, por otra parte. Esperaban que se hiciera cargo y por otra parte estaban convencidos que con su currículo en breve volvería a estar en activo. Un ajuste doloroso pero necesario. Y eso, que mucha suerte...

Preludio y muerte de Isolda. Un cuarto de hora largo de puro gozo sonando sólo para sus oídos. Los altavoces reproducían con absoluta fidelidad la fantástica interpretación de la Filarmónica de Praga.

Desde aquel día había empezado su colección. Desde entonces, ya hacía mucho que coleccionaba palabras vanas y formalismos educados. Innumerables palmaditas y cantidades ingentes de miradas de comprensión. Mucha empatía, toneladas de ella, pero nada de todo eso sería bastante para calentar su casa cuando llegase el frío. Esa gran casa, el signo de su tiempo y sus aspiraciones. Tan grande, tan vacía, y ahora tan fría. Toda para él, su único y triste habitante desde el día en que ella se fue, llevándose los buenos tiempos, arrancando una parte de su ser, la que ascendía en la vida, la que sonreía al futuro lleno de confianza.

Los violines empezaron a vibrar, la percusión subrayaba el dramatismo del momento mientras el tema central de la obra reaparecía, embargándolo todo de una elevada y romántica melancolía, hasta caer de nuevo al fondo, para mecerse de la mano de los oboes, hasta el largo y cadencioso final.

Se lo podrán llevar todo, pero siempre me quedará esta música. Nunca podrán dejarme sin nada, jamás.

Abrió de nuevo los ojos. Había dejado de llover. Pronto amanecería. Ahora sabía que tenía una gran tarea por delante; estaba dispuesto a volver a empezar.






sábado, 20 de octubre de 2012

La pared


Tambaleándose, dio unos pasos atrás y volvió la vista, exhausto. De nuevo se hallaba cubierto de magulladuras en mente, hombros, puños y corazón. No era la primera vez; su cuerpo recordaba bien los viejos golpes encajados.

La pared era alta, muy alta. Tan grande como antigua; plena y sólida, impenetrable. Absolutamente definitiva.

Pero no había otro camino. Era la única dirección. Ante la pared, solo quedaba permanecer ahí, o quizás volver atrás. Sentado a su pie esperó hasta haber recuperado el resuello. "¿Por qué no hablamos?" volvió a preguntarle, como había hecho tantas veces en el pasado. Y aunque sabía que le escuchaba, la pared mantuvo su silencio pétreo una vez más, como siempre. Era un viejo y antiguo juego, era el juego de la pared.

Entonces empezó dentro de él otra lucha silenciosa: la impotencia y la frustración, dos viejas conocidas que reaparecían siempre en el peor de los momentos, y junto a ellas venía siempre de la mano su hermano pequeño, el conformismo. Sin embargo estaba cansado de conformarse, llevaba demasiado tiempo ahí, malgastando su vida y sus energías mientras alrededor todo cambiaba. Volvió la vista de nuevo a la inmutable y oscura pared. Esta vez sería diferente. Al fin lo había entendido.

No podía escalarla, no podía atravesarla, no podía rodearla. Y la saliva jamás la había desgastado un ápice, nada la debilitaba, nada la conmovía. A cambio, sólo había obtenido silencio. Por fin había reunido el valor suficiente para aceptar que hablar con una pared no sirve de nada, no si quería que las cosas cambiaran, no si quería pasar al otro lado.

Había inventado un nuevo juego. Unos metros más atrás y ante el mismo centro de la ciclópea pared, cogió un pico y una pala y empezó a cavar un gran agujero en la blanda tierra que los sostenía a ambos.

Entonces, por vez primera en todos aquellos largos años, de las mismas entrañas de la gran pared surgió una voz: "¡Hablemos!"



martes, 9 de octubre de 2012

De cuando caí

Relato publicado en @diariofenix

La reunión empezó pero él no estaba allí. El espacio físico que ocupaba en aquel despacho era el último sitio donde deseaba estar en ese momento. "No me lo puedo creer, no estoy en la lista..."

Obligado a guardar las formas, se esforzó en demostrar un interés que en absoluto sentía. Cambió varias veces de postura en la butaca. A su alrededor y en torno a la gran mesa redonda jefes, superiores inmediatos e iguales a él debatían los datos del sesudo estudio que los consultores externos presentaban. "¿Cómo puede haberme pasado esto a mí? ¡Tiene que tratarse de un error!..."

Su fachada externa miraba alternativamente al ponente y a la pantalla, mesándose profesionalmente la barbilla; su interior sin embargo se hallaba muy lejos de allí. Deseando volver atrás en el tiempo, que nada de aquello hubiera pasado, poder pulsar una gran tecla de escape y volver a empezar. Ser capaz de hallar un nuevo comienzo. "Ya no habrá más oportunidades, todos sabíamos que era ahora o nunca... y me la han jugado, los muy cabrones de mierda"

Hastiado, fijó los ojos en el pequeño proyector, ajeno a la funcional presentación en PowerPoint que se mostraba más allá. Era un estudio que él sabía que jamás habría sido necesario, porque sus resultados eran obvios; tan sólo era pura y sustancial lógica.  Tiempo, trabajo y dinero dilapidados; resultados y conclusiones destinadas a pasar al gran cajón del olvido. "Tengo que hacer algo, esto NO puede quedar así... aunque probablemente no sirva de nada... porque no se van a desdecir... tendré que reclamar, averiguar cómo, informarme, tendría que empezar ahora mismo... ¡Pero que desgraciados son! Y sólo me ha pasado a mí... ¿quiénes son ellos, que no tienen ni zorra idea, para valorar algo que les supera?... Así nos va, como con esta mierda en la que..."

- ¿En el último informe semestral de percepción no habíamos incluido unas preguntas sobre esto? - la pregunta del subdirector esperaba su apunte con el dato exacto.

- Sí, los datos del estudio ya indicaban también una caída, del seis con cuatro si no recuerdo mal... justo en línea con lo que se dice aquí.

Había respondido con tono firme, elevando un punto la voz, sin apartar la vista del proyector, e ignorando muy especialmente la mirada que le dirigía uno de los jefes de área. "Es lo que hay, si no te gusta oírlo te jodes. Mamón... a mi tampoco me gustan muchas cosas, como trabajar de balde para gentuza puesta a dedo como tú,... o esto: que otros puedan opinar de lo que no saben y decidir que pueden tirar por la borda las pocas aspiraciones que le quedan a uno en la vida. ¡Cuánto hijoputa suelto!..."

La presentación terminó pero las luces de la sala no se encendieron. A la tenue luz de la última diapositiva de 'Muchas gracias' la reunión se resistía a morir, languideciendo en ampulosas puntualizaciones de los jefes de área y las correspondientes precisiones y matizaciones del equipo de consultores. Desde la interpelación directa del subdirector él había permanecido en absoluto silencio, alejado de todo lo que allí se decía, ajeno por completo al absurdo desfile final de egos y exhibición de galones. Entonces cayó en la cuenta: ¿así que esto es todo?  He estado descuidando todo lo demás para intentar alcanzar esto y casi lo consigo... hoy he caído, hoy ya sé que no seré uno de ellos... hasta ahora mismo he estado jodido en esta butaca tragando bilis. Todo este tiempo he estado construyendo mi pequeño mundo, tal y como han hecho todos ellos, pero a mi me lo han desmontado de un plumazo. ¿Pero es sólo a esto a lo que aspiro? ¿de verdad quiero convertirme en uno de ellos? Será que  hoy no he caído, sino que me he despertado...

Al fin las luces se encendieron y el proyector se extinguió. Por primera vez en lo que llevaba de día sonrió al recordar de nuevo lo que más le importaba: dentro de un rato estaría en casa. Sabía que allí le esperaba el cálido abrazo de unos hermosos ojos.






lunes, 24 de septiembre de 2012

Almoços e Jantares


Almoços e Jantares pone en el rótulo del ventanal verde, en tipografía clásica de letras amarillas sobre fondo negro, rectas y claras, frente a la Praça do Comercio de Lisboa. Los portugueses aún ponen bolas de alcanfor de las de toda la vida en los servicios de caballeros que llevan ahí toda una vida.

Sentados en una mesa de la terraza que se extiende bajo los soportales dejamos las horas pasar. Sería posible sentir a Fernando Pessoa en cualquiera de esas viejas sillas metálicas, viendo la vida pasar en ruidosos tranvías amarillos. El café portugués es sencillo en su sabor, pero también es denso, intenso y oscuro, como el recuerdo de lo que más nos es querido y que ya se fue.

La luz de la tarde de verano acaricia con calidez las veteranas piedras rectas, incide sobre los rostros con los ojos entornados, y aviva la memoria. Y en Lisboa, memoria siempre equivale a melancolía, acompasada al dulce sonido de una lengua suave, llena de reminiscencias de muy antiguo, de lo auténtico y permanente. Como todas esas cosas que tu y yo nos dijimos una vez y que, algunas veces, volvemos a recordar.



martes, 4 de septiembre de 2012

El conductor croata

Goran es un croata de ojos pequeños y algo barrigón que transporta turistas en su trasnochado autocar a lo largo del extravagante mapa de Croacia. Las más de las veces tiene que recoger a sus pasajeros en Venecia. En esos casos siempre se hace acompañar de su ayudante Ratko, quien toma el volante del vehículo en cuanto salen las carreteras de su país. Ratko es mucho más joven que Goran, fornido y muy silencioso, casi tanto como su patrón. Conduce siempre protegiendo sus ojos tras unas anchas y herméticas gafas de sol.

Goran se presenta invariablemente a sus clientes con un breve y vacilante discurso en inglés trufado de palabras en italiano. Acaba de entrar en una cincuentena plácida; es simple en el trato y algo seco, pero eficiente.

Desde hace unos años pasa los meses de verano paseando a sus clientes por los frondosos bosques del parque nacional de Rinsjac, la bulliciosa ciudad Split, o el encanto reconstruido de Dubrovnik, a orillas del mar. El Adriático es un mar extraño y calmo, sus aguas cálidas son transparentes, de un atractivo verde turquesa pero lo cierto es que su belleza es distante, sólo hecha para ser contemplada en la distancia, porque muy pocas veces es posible acceder a él por alguna playa, casi siempre guardado por escarpados roquedales.

Pero antes, mucho antes, Goran transitó intensamente por otros caminos más inciertos: Bihac, Osijek, Vukovar y cómo no, Karlovac. Un pasado sobre el que ya empieza ha acumularse el tiempo, pero del que aún no ha podido desprenderse, porque aún no ha pasado tiempo suficiente, y quizás nunca lo haga.

Porque por esas ironías del destino, Goran debe volver una y otra vez a Karlovac camino de la principal atracción turística de Croacia, los hermosos lagos de Plitvice. Y volver a la misma calle, a esa recta larga y en suave pendiente ascendente, flanqueada a ambos lados por modestas hileras de casas rurales de una o dos plantas. Una y otra vez se ve obligado a volver a pasar por esa misma maldita carretera. Y sabe que siempre, invariablemente, cada hornada de turistas le preguntará.

Porque aunque muchas de las viviendas que verán al pasar son absolutamente normales, incluso anodinas, sus viajeros se sorprenderán al ver que algunas de las casas conservan intactos los signos inequívocos del abandono y la guerra. Tejados reventados,  ventanas sin cristales, fachadas ennegrecidas y cruzadas por miles de impactos de bala y metralla, agujeros que nadie ha cerrado, que siguen ahí, perforando aún la piedra y las almas. Y al final las preguntas le alcanzarán, porque el turista medio si algo sabe hacer bien y mucho es preguntar.

Y así, de ese modo vuelve a verse una y otra vez con veintitantos años, cubriendo el avance de los suyos con una ametralladora PKM del 7,62. Cuando llegan a Karlovac Goran lleva ya mucho tiempo pisando cascotes y cristales rotos, esquivando balas y disparando otras muchas también. Se ha parapetado al principio de la calle tras los restos de un Volkswagen Golf despanzurrado por un morterazo. La orden del coronel es sencilla: "Goran, tú nos das fuego de apoyo. Ninguno de ellos debe cruzar la calle."

Están buscando y desalojando a los últimos defensores serbios con la misma saña con la que antes ellos se habían empleado. Entre ráfagas y explosiones, casa por casa, la columna croata avanza a ambos lados de la calle. Goran es metódico localizando los focos de resistencia y posibles francotiradores en puertas y ventanas, y es muy eficiente en su eliminación. Los casquillos vacíos repiquetean continuamente al caer sobre el asfalto y ruedan, alejándose de Goran y su PKM.

La limpieza prosigue durante una media hora, sus compañeros están llegando al final de la calle. Atrás han dejado varios edificios en llamas. Una densa humareda negra se extiende sobre el lugar, entreverándose con la limpia luz del sol de la mañana.

La lucha parece haber terminado, los disparos se espacían hasta cesar. Durante unos minutos se instala un denso silencio en el lugar. De pronto a lo lejos, se suceden una serie de rápidas explosiones. En ese momento Goran ve cómo de una de las últimas casas emerge un numeroso y compacto grupo de gente, más de veinte personas probablemente, que se disponen a cruzar la calle. Por un breve instante duda sobre qué hacer, pero rápidamente desecha cualquier otra opción. Se afianza sobre el bípode de su arma y cumple una vez más con la tarea encomendada, rápida y eficientemente. Al término del día el coronel le felicitó por el impecable trabajo. Sus camaradas le confirmaron que el último grupo de serbios se lo habían puesto a Goran en bandeja. Poco importaba que ya no fueran combatientes, sino sólo viejos, mujeres y niños...

Así que Goran siempre responde las mismas vaguedades a los turistas; siempre seco y un poco hosco, íntimamente preso de su historia. "Son las casas de los serbios, que se fueron cuando la guerra." A estas alturas de la vida, demasiado bien sabe que no se puede poner en el corazón de las personas lo que no existe, así que como buen eslavo, sacude la cabeza, asume, calla y sigue conduciendo.


                                Lagos de Plitvice - Croacia Verano 2012

jueves, 30 de agosto de 2012

El Whats-App

Relato publicado en el nº 6 de la revista Entropía



Eran algo más de las tres de la madrugada. Un sonido de alarma diferente a cualquiera de los despertadores que había tenido jamás estaba sonando al lado de su oreja izquierda, insistentemente, sobre la mesita de noche. Sobresaltado y aturdido, consiguió incorporarse a duras penas. Muy cerca de su cabeza algo seguía aumentando de volumen, taladrando el silencio de la noche. Por fin fue capaz de encender la luz:

Moviéndose al son de su propio estruendo, parpadeando con vivos colores, su nuevo teléfono móvil había cobrado vida, aparentemente poseído por una entidad desconocida. Era uno de esos que ahora llaman inteligentes, tan de moda. El caso es que, como cada noche, creía haberlo desconectado, aunque en su descargo bien podría haber alegado que aún no se había familiarizado con gran parte de sus inacabables funcionalidades. Sujetándolo con ambas manos, forcejeó hasta que acertó a accionar el botón adecuado.
Ya en silencio pero aún aturdido por el infernal sonido no le quedaba sino averiguar la causa de tanta agresividad tecnológica. La elegante pantalla rectangular de cristal se mostraba ahora inofensiva, silenciosa, completamente oscura. Antes de accionar el botón superior derecho dudó por un instante, quizás temiendo lo que pudiera pasar a partir de ese momento. Tras la pulsación, un mensaje apareció en el centro del aparato:

WhatsApp: Tiene nuevos mensajes

Más perplejo que molesto, se quedó unos instantes contemplando el dispositivo fijamente en su mano. ¿¿Un whatsapp?? ¿A estas horas? ¿Pero a quién se le ocurre...? Súbitamente, un destello de inspiración cruzó por su mente como un latigazo. Comprendió: no podía ser nadie más que él; su viejo amigo.
Con el paso de los años casi habían casi perdido el contacto. La vida que les unió en las aulas del instituto forjó caminos distintos para cada uno; distintas profesiones, nuevos retos, nuevas ciudades. Sin embargo, siempre quedaron un puñado de momentos y lugares comunes cada año: las navidades en el viejo barrio, algunos días sueltos en verano. Suficiente para comprobar que las antiguas complicidades y viejos códigos seguían ahí, asombrosamente inmunes a sus vidas de adultos. Reían como el primer día al recordar mil anécdotas y peripecias; pero en el fondo, y eso era lo mejor de todo, recordaban para volver a reír, y se sentían mejor.
Con los primeros móviles todo fue algo más fácil, pero nada parecía poder sustituir a una larga tarde de amena charla frente a frente en un café. Hasta que llegaron las últimas navidades, en las que su amigo se presentó con uno de esos sofisticados trastos llenos de curiosas utilidades que hacían mil cosas, siempre en atractivos colores. De entre todas, había un curioso sistema de mensajería instantánea que permitía intercambiar texto, imágenes y sonido con gran rapidez y calidad, prácticamente en tiempo real ¿No conoces los WhatsApp? tienes que hacerte con uno de éstos, ya verás...
No tardó en seguir su consejo, y desde ese momento alimentaron nuevamente su amistad con frenético entusiasmo infantil, compartiendo el gusto por lo instantáneo y el detalle, inmortalizando de nuevo momentos, comentando de nuevo todo en un segundo, sintiendo que el contacto había sido recuperado sin que ya volviera a importar nunca más ni el tiempo, la distancia ni el lugar en el que se encontraran.
Abrió la aplicación y no dio crédito a sus adormilados ojos mientras deslizaba su dedo sobre la pantalla táctil. Una larga retahíla de nuevos mensajes desfiló ante sus ojos. Como había supuesto, todos eran de él, y cosa extraña, todos parecían haberse emitido al mismo tiempo. Exactamente a la misma hora que en aquel preciso instante marcaban los dígitos verdosos de su despertador, las 03:06 de la madrugada de un día cualquiera.

Si te cuento lo que me acaba de pasar... 03:06
Vas a flipar, no se ni cómo no he volcado y aquí estoy ahora contándote de p. milagro 03:06
Eran dos al menos, enorrrrmes!! estaban en medio del carril Q peazo bichos la madre q m… 03:06
Iba a 110 kmh si llego a pegar volantazo o clavar ruedas ahora estaría tocando el arpa o en la uci :P 03:06
así que imagina la hostia q s han llevado los 2 jabalíes 03:06
El coche inservible, hay uno entre la rueda y los bajos, fiambre creo... joder dios q destrozo! L 03:06
Mira el morro del terrano como h qdao!! 03:06 VER/REENVIAR
Voy a ver si hago xa apartar el coche hasta q lleguen d l central 03:06
Estoy solo en medio de la autovía y no pasa ni dios, todo bosque y oscuri ostras q hay otro vivo! esta m cerca!!! 03:06
Era la madre, con medio cuerpo deshecho se ha venido contra mi, quería vengar a la cría 03:06
Me miraba con mucho odio... cada vez más cerca, tenía que disparar, era ella o yo. 03:06
La he esperado hasta que ha estado encima y se la he puesto justo entre los ojos 03:06
La puta pistola, solo ha hecho clic… no sé que mierda ha pasado 03:06
Es raro, creía que dolería algo. Ahora todo está bien 03:06
Quería que al menos lo supieras por mi, amigo 03:06
JuanSV
últ. vez hoy a las 03:06
USUARIO DESCONECTADO


 

viernes, 3 de agosto de 2012

Deponed

El emisario remontó la empalizada al caer la noche. Avanzó en la penumbra entre su gente, bajo la luz temblorosa de los candiles. Su rostro sucio y cansado les habló sin necesidad de despegar los labios; sus ojos enrojecidos revelaban ya el mensaje:

"Deponed toda esperanza, rendíos a la evidencia, bajad los brazos, resignaos. No tenéis otra salida. Aceptadlo, os hemos vencido. Vuestra posición es insostenible; la situación, irreversible. Sólo os cabe abrirnos las puertas. No aceptaremos exigencias previas ni condiciones. Asumidlo ya, y cesad la resistencia de inmediato."

Los viejos cerraron los ojos, las mujeres abrazaron a sus hijos, los jóvenes apretaron los puños, pero nadie dijo nada. Un sordo rumor de llanto y derrota ascendió y empezó a extenderse entre la multitud. Instintivamente muchos ojos alzaron la mirada, buscando en la atalaya la eterna figura de quien siempre veló por ellos, pero fue en vano, porque allí arriba hacía mucho tiempo que ya no había nadie. Estaban solos frente a toda la abrumadora codicia, frente a toda la mezquindad.

Por fin, una voz anónima se alzó entre los presentes, rompiendo el espeso silencio. "¿Así que aquí acaba todo...?" 

Y entonces, en algún lugar, alguien consiguió mirar dentro de sí, y reunió fuerza y coraje, lo suficiente para gritar por primera vez: "¡NO!"