martes, 25 de enero de 2011

En horas de reparto: Ausentes avisados

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El soldado Paco Roig da un último vistazo por encima del parapeto de sacos terreros. La luz del amanecer empieza a asentarse sobre la helada estepa. Al cabo de un momento decide que tendrá tiempo de terminar otra carta para Maria José. Se deja caer, resbalando hacia el fondo de la trinchera. Paco dedica una mirada al sargento De Gordejuela. "Jose Luis, termino una cosa y voy..." El otro, en un gesto afirmativo, apenas toca la visera de su casco pintado de blanco a brochazos, ocupado como estaba en la limpieza del cajón de mecanismos de la ametralladora.

El soldado Roig, apoyado en una caja de granadas termina rápidamente las últimas líneas de su carta. Tiene prisa, pero no por los rusos del otro lado, sino por ese frío atroz que atenaza sus dedos cuando le faltan los guantes. Su batallón, el del comandante Rubio, ha sido redesplegado delante de Krasny Bor con todos sus efectivos, dejando a retaguardia el cobijo de sus construcciones de madera. A nadie en el mando de la División Azul se le escapa ya que la actividad del ejército rojo en aquel sector del frente de Leningrado lleva tiempo siendo muy superior a lo normal. Es el 10 de febrero de 1943.
Paco termina su carta y con un último pensamiento para ella, la dobla y la reintegra al calor interior de su guerrera. En ese momento, afina el oído. Demasiado silencio. Súbitamente, a las siete menos cuarto, el suelo empieza a temblar; acto seguido el cielo rompe a rugir. A su alrededor se extiende un diluvio de acero, metralla y tierra. José Luis llega a su lado, buscando la protección del fondo de la trinchera. "Ya ha empezado" alcanza a decir a Paco, con las manos en los oídos. El bombardeo prosigue devastador mientras los dos hombres hechos un único ovillo, se aferran mutuamente, intentando escatimar una vez más sus cuerpos a la gigantesca ira que les busca con ahínco.

Llega de nuevo el silencio. Tras comprobar que siguen de una pieza, ambos saben que no hay tiempo que perder. Medio aturdidos, suben desde el fondo y ocupan cada uno su puesto tras la gran ametralladora negra que intacta, les espera. Ante ellos el paisaje ha cambiado radicalmente. La antes blanca estepa está ahora cubierta de miles de manchas oscuras en movimiento, intercambiando centenares de fogonazos con las posiciones que ocupan sus camaradas a ambos lados. Pronto, accionada por José Luis, la MG-42 se encabrita sobre su trípode mientras Paco cuida de que la cinta no se atasque y corrige el tiro de su compañero con breves indicaciones.
La lucha se vuelve desigual, desesperada. Paco alimenta la máquina sin cesar mientras ésta, gobernada por su amigo escupe mortíferas ráfagas hacia la llanura. Las manchas se han acercado mucho, y cobrando forma humana, empiezan a llenar el aire alrededor de los dos hombres de chasquidos y explosiones. Hasta ese momento, la siniestra potencia de fuego que les otorga la tecnología alemana ha contenido la marea humana que inexorablemente fluye hacia ellos, y que ahora se agazapa detrás de los obstáculos del terreno que se extiende ante su posición.

En ese momento, por encima del fragor del tiroteo, llega a ambos soldados el inconfundible sonido chirriante del acero en movimiento. Remontando un desnivel del terreno, aparece la silueta de dos grandes T-34. Los dos monstruos se detienen y lentamente, mueven sus torretas trapezoidales, apuntándoles con sus cañones.
José Luis da un codazo a Paco. Ambos hombres se miran. "Hasta aquí hemos llegado, Paco, vámonos".

El sargento De Gordejuela libera el arma humeante de su trípode y dándose media vuelta se dispone a abandonar el parapeto, pero comprueba que Paco ya no está a su lado. Ansioso, vuelve la vista atrás, buscándolo con la mirada. Apenas distingue una figura alejándose en sentido contrario, con los brazos extendidos. Un fogonazo surge de uno de los tanques e inmediatamente una ola ardiente derriba al sargento, sumiéndolo en la semiinconsciencia. Poco después, sus oídos se llenan de voces incomprensibles.



Aquella mañana se presentaba como otra cualquiera. Me encontraba sumando el cargo de mis giros del día. A mi lado, como siempre, se sentaba Pascual punteando los importes de los suyos. Súbitamente una voz ronca resonó entre nuestras cabezas:
-¿Ya nos hemos olvidado de los viejos compañeros, Pascualín?
-¡Coño, Miguel! ¿Vienes a hacernos una visita? ¿Tan pronto nos echas de menos?

Acababa de conocer a mi predecesor en el puesto. De tez morena y narizota roja, Miguel era un jubilado feliz que lucía una barriga aún más oronda que Pascual. De su boca colgaba una colilla agonizante de lo que había sido un buen puro habano.

Aparte de añorar a sus compañeros, pronto se me hizo evidente que Miguel quería saber quién se había hecho cargo de su barrio de toda la vida. Cogió un taburete y se sentó a mi lado, tomando las libranzas del día. Sus ojos chispeaban mientras me daba detalles y consejos de tal o cual entrega: "Aquí insiste, siempre están, no les dejes aviso, eh? Este otro si no están en la tienda te lo cogerán en los bajos de al lado, son de confianza... ¿Por cierto, ya te han entrado los abuelitos?"
Por mi cabeza no había dejado de rondar la entrega de la viuda del soldado, y sobretodo el mal trago de mi promesa sin esperanza.
- Miguel, tuve una entrega muy curiosa a una viuda en Pedró de la Creu...
- No me digas más, te ha pedido que le busques las cartas. ¡Ay, María José, qué mujer!... y no es viuda. No pudieron pasar de novios, el chaval se fue con la División Azul, para limpiar el apellido... una triste historia, ¿sabes?
- Me dijo que habíais hablado mucho.
- Por supuesto, imagínate lo que da para hablar toda una vida de reparto... por cierto, lo que es la vida: tienes otra entrega parecida en la calle Dulcet. Esta sí es la viuda de un divisionario. Lo cogieron preso en Rusia. Creo que volvió en el 54. Parece ser que en tiempos habían sido amigas...

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