lunes, 19 de septiembre de 2011

Lo que yo espero de ti

Estimada gobernanta de mi Comunidad:

Lo que yo espero de tí en estos tiempos duros e inciertos de crisis de todo orden es que no olvides nunca que si estás ahí es porque te debes únicamente a nosotros. Porque somos los ciudadanos, la "res pública" quienes te hemos escogido para tan importante tarea, y no tus amigos, simpatizantes o clientes.

Es por eso que espero que no tengas nunca la tentación de creerte imprescindible y menos aun por encima de quienes te hemos legitimado. Por tal motivo, a la hora de gobernar y administrar nuestros recursos no deberías olvidar que:
  • Los ciudadanos somos mucho más que votos que sumar cada cuatro años.
  • Las mayorías, ni siquiera absolutas, nunca serán carta blanca para hacer y deshacer a tu antojo.
  • Promover la concordia y la convivencia dentro y fuera del ámbito de influencia de tu Comunidad de gobierno es mucho más beneficioso a largo plazo que generar inquinas y rivalidades por mezquinos intereses a corto plazo.
  • Tu primordial obligación es administrar en beneficio de todos los recursos que generamos con total honestidad, transparencia y eficacia.
  • Garantizar una educación y sanidad universales de la mayor calidad posible es un pilar irrenunciable para construir una sociedad más justa, estructurada, democrática y competitiva.
  • Debes asumir y admitir que parte de la ciudadanía puede estar en desacuerdo con tu gestión.
  • No puedes insultar, calumniar o menospreciar a aquellos ciudadanos que no estén de acuerdo con tus decisiones.
  • Un colectivo de profesionales que decide de forma razonada y razonable ir a la huelga a causa de un profundo desacuerdo con tus decisiones de gobierno nunca podrá ser tachado de ilegal o de irresponsable.
  • Tu tiempo pasará, pero todas las decisiones importantes que tomes ahora serán el legado que nos dejes, y eso es algo demasiado importante como para quedarnos de brazos cruzados si no estamos de acuerdo en tu forma de gobernarnos.


"¿Cuál es la esencia de un buen gobierno? 
No resolver los asuntos con precipitación y no buscar el propio provecho."  
Confucio

"Enseñar es un ejercicio de inmortalidad" 
Ruben Alves

martes, 13 de septiembre de 2011

Avisos

"Odio cuando mi intuición me envía hasta correos electrónicos para que le haga caso y yo como sino fuera conmigo" (leído en Twitter)

Avisos que nos da la vida. Están por todas partes. Sin embargo, hay que saber verlos. Unos de los recuerdos más claros de mi infancia pertenecen al mes de julio; a unas largas tardes de verano con el sonido de fondo de las corridas de toros en la televisión de mis abuelos. De este modo, a mediados de los años ochenta, por simple ósmosis, acabé familiarizado con todos los nombres de los toreros del momento, y por añadidura, acabé siendo conocedor de todos los lances, suertes y toques de clarines de la llamada fiesta nacional.

Recuerdo perfectamente que de vez en cuando las cosas en la plaza se torcían y entonces los habituales vítores y rítmicos olés del público eran reemplazados por un silencio denso. Era el primer indicio de que algo no iba bien. En algunas ocasiones tras ese silencio, se empezaban a oir silbidos primero aislados, luego generalizados. Y entonces ocurría finalmente: a algún atribulado torero la presidencia del festejo le hacía escuchar un aviso. Algo así como una reprimenda. "No lo estás haciendo bien, pero estás aún a tiempo"

Aquellos avisos, lo mismo que los que da la vida a las personas, empresas, sindicatos, banqueros, gobernantes, países y organizaciones mundiales de toda índole en sus respectivas lidias, nunca llegan de repente. Son muchos los indicios que nos avisan, pero hay que estar dispuesto a advertirlos y mas aún, tener el coraje de rectificar a partir de ellos.

En estos tiempos, la figura de aquel torero de mi infancia se vuelve a mis ojos y por primera vez en alguien envidiable, puesto que en su mundo perfectamente regulado y circular, advertir los avisos no depende de su voluntad o entendimiento, puesto que son inequívocos. Él nunca podrá alegar falta de información, o disponer de indicios contradictorios, o sufrir la presión de poderes fácticos, o tener que atender otras prioridades, como tantas veces nos ocurre a los que estamos fuera de la plaza.

Porque todos sin excepción tenemos la libertad de atender o ignorar los avisos que nos llegan. Y en caso de que, cargados de razón o enajenados sin ella decidamos continuar por la senda del error, es seguro que tarde o temprano nos llegarán nuevos avisos, y detrás de ellos, las consecuencias de nuestros actos. Y aquí por segunda vez y más que nunca, envidio las inofensivas y limitadas consecuencias que en el peor de los casos deberá afrontar el solitario habitante del ruedo taurino, tan distintas a las que afrontaremos los demás, después de haber desoído durante tanto tiempo todos los avisos recibidos.


jueves, 1 de septiembre de 2011

El motero melancólico de Saariselkä

Saariselkä es una población en plena Laponia finlandesa que vive por encima del paralelo 67, bastante por encima de la línea del Círculo Polar Ártico. Es una extraña latitud, en donde la luz tiene un extraño comportamiento, y quizás también los seres que lo habitan. En verano los días se extienden largamente en un crepúsculo infinito con amago de noches, que apenas caen para levantar de nuevo rápidamente, antes de las 4 de la mañana. Con apenas 6 grados a la hora del desayuno, y 15 grados en las horas centrales en pleno mes de agosto, se puede tener una idea de la clase de inviernos que se dan allá.  El lugar en realidad es apenas un cruce de calles, eso si, perfectamente cuidadas y con varios hoteles de buen tamaño. El nuestro era un hotel extenso, lleno de grandes ventanales, dotado de una gran zona climatizada de baños y spa y por supuesto, con sauna.

En esos días el lugar acogía una concentración motera de ámbito nacional, lo cual dotó a nuestra estancia de un inesperado atractivo adicional. En todo momento nos vimos rodeados por cientos de nativos de ambos sexos venidos de los cuatro rincones del país, enfundados en las habituales ropas técnicas de cuero y cordura, pilotando enormes máquinas de dos ruedas, rebosantes de caballos y cromados. Ejemplares tuneados con esmero: decenas, centenares de Hondas Goldwing, Harley-Davidson, BMW,Yamahas y Triumph, vehículos poderosos pero dormidos, sometidos a los estrictos 80-100 km/h de las perfectas carreteras finlandesas, sencillas en su rectilínea y monótona belleza.

A la hora de los desayunos de buffet libre en la gran sala del hotel era curioso ver cómo parte de la gran tribu motera allí alojada se agrupaba disciplinadamente en clanes, portando las camisetas negras distintivas, gorras y hasta tatuajes indicativos de tal o cual asociación. Había algunas parejas sin aparente adscripción a grupo alguno, aunque ciertamente pocas. Reparé en la presencia de un único motero solitario, de larga cabellera blanca y enormes barbas, alto y viejo como los bosques de Finlandia. Silencioso y tranquilo, desayunaba con la mirada lánguida y abstraída. De vez en cuando cruzaba alguna palabra con otros comensales, o con alguien que lo reconocía y saludaba al pasar junto a él, volviendo enseguida a sumirse en sus pensamientos.

Durante el día los clanes moteros se dispersaban en ruidosas manadas por los alrededores, mientras los turistas de coche como nosotros recorrían los pintorescos senderos boscosos de la zona. A última hora de la tarde volvíamos a coincidir de nuevo unos y otros en el hotel. Cada día, cuando el sol desaparecía tras las colinas cercanas, arrancaba en una sala de fiestas anexa un interminable karaoke apasionado y melancólico, en lo que debía ser un revival inacabable de grandes éxitos locales. Era  digno de ver a esos grandes y aparentemente duros y cuajados moteros cantando pastelosos temas similares a los de Julio Iglesias de los últimos años setenta, pero trufados con acordes de balalaika rusa. Daba la sensación de que de un momento a otro escucharíamos una versión en la imposible lengua finesa de "De niña a mujer" o "Hey".

Los primeros compases de una nueva canción empezaron a sonar, causando un revuelo de satisfacción entre la parroquia. Alrededor del cantante de turno, grupos de moteros barrigudos empezaron a corear el tema, asintiendo al compás. En una de las sillas, sólo, el viejo motero de larga cabellera y blanca y mirada lánguida empezó a musitar la canción junto a sus hermanos de armas, todos ellos bebiendo sin cesar latas de Karhu, la contundente cerveza cuyo logo es el rostro de un oso finlandés grande, rudo, amenazador. Aunque quizás en el fondo se tratase también de otro ser apacible y melancólico.



domingo, 28 de agosto de 2011

La honrilla de Rovaniemi 2 - Conversaciones a calzón quitado

Con la mayor dignidad que nos fue posible dejamos atrás la estancia de madera de abedul finlandés y el infierno que contenía en su interior para acto seguido meternos de cabeza en las duchas y dejar correr el agua fría por nuestros cuerpos, a fin de recuperar el fuelle y la moral perdidas. Tanto mi compañero como yo habíamos enrojecido como pimientos. La ducha nos vivificó, pero yo me notaba la cabeza floja, sin duda debido al efecto depresor de la sesión de sauna. La mirada ligeramente vidriosa de mi colega me indicaba que él tampoco andaba mucho mejor.

En este estado de cosas, y puesto que al entrar habíamos visto una sala de descanso anexa poblada por usuarios de la sauna provistos únicamente por sus toallas de baño, decidimos hacer la jugada completa. Con nuestras toallas alrededor de la cintura tomamos posesión del lugar, momentáneamente deshabitado. Se trataba de una confortable y práctica sala dotaba de sillones bajos, taburetes acolchados, mesa central y televisión conectada a un canal de videoclips musicales. Una lata de cerveza vacía sobre la mesa nos daba idea del uso social del lugar. Debíamos reconocer que los finlandeses se lo montaban bien: la idea de un ciclo de sauna, ducha y zona de descanso con opción a televisión y cerveza se me antojó insuperable.

Sentíamos renacer nuestra moral, y con ella nuestra voluntad de reparar la honrilla perdida. Lo suficiente como para contemplar un nuevo retorno a la sauna e intentar alcanzar esos quince minutos, (¿quién dijo miedo habiendo cementerios?). Así andábamos en estas consideraciones cuando aparecieron nuestros dos contertulios finlandeses, dispuestos a proseguir la conversación interrumpida por nuestra espantada.

Nos fue imposible esquivar la primera de las preguntas con las que reanudaron la conversación: "Así pues, ¿qué os ha parecido vuestra primera sauna?" Con toda la diplomacia que nos permitía nuestro mediano inglés les hicimos saber que nos había parecido un pelo calurosa... En realidad en aquellos momentos nos extrañó que después de haber pasado allá dentro una media hora echando cazos de agua no estuvieran derretidos como cirios y siguieran conservando su forma humana tan saludable.

Y como no solamente de sauna vive el hombre finlandés, y en tanto que hombre, pronto la conversación derivó hacia los por fortuna inevitables y apasionantes temas comunes a la comunidad masculina:  Pretendimos abrir la veta futbolera, pero descubrimos que para ellos el fútbol en realidad ni fu ni fa; lo que hace que los finlandeses pierdan la cabeza es el hockey sobre hielo, deporte nacional del que son recientes y orgullosos campeones mundiales tras vapulear a Suecia, su eterno rival, por 6 a 1. Este dato arrojó luz sobre el que había sido hasta entonces uno de los misterios del viaje: las camisetas que habíamos visto en todas las tiendas de souvenirs con estos guarismos sobre las banderas de ambos países.

Repasamos lógicamente los éxitos de Kimi Raikkonen, pese a que ambos reconocieron que Fernando Alonso es mucho mejor piloto. Por nuestra parte reconocimos la valía de Kovalainen y los laureles del gran Mika Hakkinen como corredor de rallies. Por cierto, nos avisaron de que llegábamos tarde al Rally de los 1000 lagos, (que recientemente había sido rebautizado como Neste Oil) puesto que se celebra en el mes de julio.

Nos empezábamos a dar cuenta de que el verano finlandés en realidad sólo alcanza hasta el mes de julio. Todos los festivales y eventos interesantes habían pasado ya, dejándonos prácticamente a solas con el hermoso paisaje de bosques y lagos, repletos de brillo o melancolía, según nos acompañara el sol o la lluvia en nuestro viaje.

A esas alturas la conversación se había prolongado mucho, haciendo impensable otra opción que no fuera obsequiarnos con una buena cena para reponernos de todo lo pasado. Antes de despedirnos de nuestros contertulios y aprovechando el punto de confianza adquirido, quisimos saber qué es de sus vidas cuando el frío, la nieve y la noche toma posesión de esas tierras durante tanto tiempo. La respuesta de nuestro finlandés más dicharachero no dejó lugar a la duda: "Bueno, hacemos lo de siempre, pero bien abrigados... la vida debe seguir. Eso... o te pegas un tiro como algunos hacen." 






viernes, 26 de agosto de 2011

Cuestión de honrilla en Rovaniemi

Rovamiemi es una de las poblaciones más famosas de Finlandia. Exactamente situada sobre el Círculo Polar Ártico, es la puerta de entrada a la Laponia finlandesa y además residencia oficial de Santa Claus, un sorprendente fenómeno turístico digno de ver. Nos instalamos en un puclro y acogedor hotel de la omnipresente cadena Sokos, grupo empresarial que seguramente fue el que ganó el Monopoli en Finlandia, pues copan lo más selecto de los centros urbanos de las ciudades con sus hoteles, restaurantes y grandes almacenes, allá donde fuera que recalásemos en nuestro viaje.  Aquel día teníamos tiempo y ganas. Estábamos decididos. Nuestra primera sauna finlandesa no se haría esperar.

Cuando abrimos la puerta de la sauna no había nadie en aquel momento. Nuestra entrada en el recinto fue bien. El calor no nos sorprendió como esperábamos. Pese a que el termómetro marcaba nada menos que 65 grados, era perfectamente soportable "esto parece mucho, pero es calor seco, se aguanta sin problemas, se nos dará bien". En medio de la estancia habia un cubo con agua y un cazo similar a los de servir sopa. No sabíamos que función tenía, quizás se empleaba como método de urgencia para refrescarse, pero ante la duda no lo tocamos. Nuestra confianza crecía mientras nuestros poros se abrían y empezábamos a sudar.  Le propuse a mi compañero hacer una primera sentada de 15 minutos y luego salir a refrescarnos.

Apenas habíamos terminado de acomodarnos cuando entraron 4 nativos del país; grandes, sonrosados, de cabellos rubio pajizo.  Uno de ellos llevaba una lata de cerveza en la mano. Lo primero que hicieron fue mirar el termómetro, con cara de frío, y comprobar no sin cierta estupefacción un pequeño ventanuco entreabierto, que por deferencia a nosotros no osaron cerrar. Mi compañero de viaje, que es muy sociable y gusta de dar palique en cuanto tiene la más mínima ocasión, no tardó en entablar conversación con los recién llegados. Todos hablaban un inglés de estar por casa, como nosotros. Dos de ellos entraron rápidamente al trapo, haciendo buena la definición que nuestra guía de viaje daba sobre el carácter finlandés: afables, simpáticos y parlanchines.

La conversación arrancó declarando por nuestra parte nuestra condición de novatos absolutos como usuarios de la auténtica sauna finlandesa. Todos mostraron su interés en saber qué nos estaba pareciendo el país y la experiencia. Prestamente nos instruyeron sobre el modo de empleo: sentadas de 15 a 20 minutos, con intervalos para ducharse y vuelta a entrar. Les informamos que para empezar habíamos pensado estar poco, un cuarto de hora o así. Sin perder el hilo de la conversación, uno de ellos tomó el cubo a sus pies y empezó a lanzar cucharones de agua sobre las piedras calientes del rincón de la estancia. En aquel preciso instante empezó de veras nuestra experiencia en la auténtica sauna finlandesa.

Tras cada cucharón de agua una oleada de aire insoportablemente caliente alcanzaba nuestro cuerpo, penetrando en nuestros pulmones. Sentíamos arder nuestro cabello y nuestros ojos, ¿nos estábamos volviendo incandescentes? Mientras nosotros boqueábamos, ocupados en sobrevivir, ellos seguían conversando animadamente con nosotros, ajenos al drama. Uno de ellos había estado en Barcelona en viaje de negocios, ambos eran representantes de una empresa. Los minutos pasaban lentamante, estábamos resistiendo como jabatos, solo 5 minutos más y habríamos salvado la honrilla... Vimos el cielo abierto cuando finalmente el agua del cubo se acabó. Vana ilusión: ¡uno de los gigantes salió a por más!

Entretanto nos informaron que la temperatura de confort media de la sauna es de unos 85 grados, pero que a algunos les gusta incluso más elevada. Nos aseguraron que la sauna es un acontecimiento diario y omnipresente en la vida de todo finlandés, que hay una en cada casa, incluso en los apartamentos más pequeños y de alquiler. Que las hay de leña, de carbón, y eléctricas, de tal o cual potencia, de tales o cuales dimensiones, y que toda la familia la utiliza desde la mas tierna edad, unas tres o cuatro veces por semana.

Los cazos llenos de agua volvieron a volar de nuevo, implacables, levantando de nuevo el infierno a nuestro alrededor. Nuestra voluntad flaqueó, era imposible competir con vidas enteras de aclimatación, tradición y entusiasmo. Nos dimos cuenta que no podríamos salvar nuestro orgullo hispánico. Nos excusamos y salimos con paso incierto después de 12 heroicos minutos.



jueves, 28 de julio de 2011

Retratos cualitativos: El pintor transparente

Elevada figura de gesto relajado y mirada curiosa, vestigios sabinescos en su barba-perilla entrecana, manos grandes y fuertes, transmisoras de nobles abrazos.

Y como aquel, pongamos que escribe a menudo de su Madrid. Prosa cargada de poesía, de trazo directo. Relatos de las calles, de las luchas, y los afanes de quienes la habitan. Escritor y descriptor de sentimientos, de sensaciones cotidianas, de felicidades y amarguras.

Caballerosidad antigua. Cervezas y tapas, encuentros y motos. Cigarrillo perenne. Lúcida, cruda acidez. Ojazos que desde la trastienda son apoyo y refugio.

El gusto supremo de compartir, el entusiasmo de crear, la virtud de soñar, la inagotable y plena conversación. Madridista impertérrito e impenitente; brega desde los higadillos en discusiones futboleras inacabables; exasperación de rivales, y sin embargo amigos. Acerada ironía, contrastada lealtad. Resuelta bonhomía desde la transparente sinceridad.

Suma de factores y de contradicciones que en Adolfo alcanzan toda la brillante lógica de quien es pintor honesto de la vida.

Para @cosechadel66

lunes, 25 de julio de 2011

Retratos cualitativos: La lectora intensa

Una sobria figura menuda ataviada de negro, fundiéndose con sus cabellos y ojos. Una voz clara y precisa, llena de acentos del Duero; que quizás en un tiempo fue aguda, macerada por el humo de incesantes cigarrillos.

Los días, las noches, los libros, a cientos, a miles, casi como único alimento y sostén. Recuerdos de la fría y sobria Zamora, revertida de verde intenso, a través del sincero calor que emana todo lo que hace, dice, escribe y siente. Abrazos telúricos de energía pura.

Ansiosa recolectora de todo lo bello. Afanosa constructora de pensamientos, uniendo magistralmente imagen y palabra. Escritora oculta, de prosa desenvuelta y conmovedora. Corazón siempre en la mano.

Consistente contraste. Ojos brillantes en las tristezas y en el entusiasmo, ambos siempre desbordantes. Impulso férreo y feroz en sus convicciones. Incondicional en sus filias y en sus fobias, en la abnegada defensa del amigo. Refugio seguro de los suyos, conciencia frente al enemigo, fina perspicacia, intuición infalible y sorprendente.

Para María José, el horror bien podría ser una lagartija. El paraíso, perderse en un verso de José Hierro.

   Para @Mara_BC


sábado, 23 de julio de 2011

Retratos cualitativos: El escritor vehemente

En un lugar de la Mancha habita un hombre grande. Amplio, llano y fructífero como es la tierra entera de Tomelloso. Cabello espeso y cano. Mirada tímida pero escrutadora, agazapada tras la delgada montura plateada de sus gafas. Sonrisa leve, declinada hacia la ironía. Mano franca, de apretón cálido y justo.

Persona y personaje, conversador súbito y vehemente, de formas suaves y voz queda. Lector infinito, incontenible torrente interior que bulle, pugna y brega hacia incontables libretas moleskine, inundándolas de verbo preciso y preciosista. Avezado cazador y recolector de sucesos y andanzas, armador de peripecias y tragedias.

Certero observador de un mundo de ombligos fríos, de vidas recias, de madrugadas desoladas en la gasolinera, de gastados monos azules, de paisanaje inefable en sus sórdidas ruindades. Relator de conmovedoras ternuras, discretas alegrías y desternillantes humoradas.

 Pero por encima de todo, y seguramente por todo lo anterior, don Paco es un hacedor sincero de amigos, obtenidos de la misma forma que cocina sus calderetas: con paciencia, generosidad, dedicación y la mejor, la más intensa de las lumbres. 

Para @gasolinero


martes, 12 de julio de 2011

Fascinación

Todo había terminado, por fin.
Aunque nos cueste admitirlo, todos alguna vez nos hemos descubierto secretamente atraídos por una suerte de fascinación por quienes piensan, actúan o viven de formas radicalmente distintas a nosotros. Como viajeros de trenes que se observan al cruzarse sus destinos, compartimos fugaces instantes de intensa observación y quizás llegamos a imaginarnos dentro en la piel del otro. O no...

Últimas horas de un día cualquiera en el  tórrido verano mesetario en la ciudad. Ventanas abiertas buscando un soplo de aire fresco. La suite nº1 de Bach suena de fondo, el sublime violoncello del gran Yo-Yo Ma lo envuelve, manteniéndolo absorto en su trabajo. Un complejo programa zumba en el potente ordenador, mientras procede a la revisión de final de unos códigos HTML. Súbitamente, un coro de inconfundibles alaridos femeninos irrumpe a través de la pared contigua, arrasador. Un golpe, un portazo fabuloso, ruido de cristales rotos. Más voces, ahora las del padre de la estrella mediática, quien asomado a la gran terraza, en bata gris, no deja de dirigir improperios a su retoño hasta que ésta desaparece calle abajo en su potente Mercedes SLK blanco.

Se dice que si somos capaces de no perder la capacidad de asombro, seguimos manteniendo un vestigio de la inocencia perdida,  y que ello contribuye a la postre a aumentar nuestra felicidad. Menos en la última parte, debía reconocer su perpetuo asombro. Después de tantos años de forzada convivencia vecinal, ella seguía siendo capaz de encontrar nuevas maneras de crispar sus templados nervios. Por algo debía ser una celebridad, por algo era la fascinación de tanta gente.

Ella, siempre ella, y su presencia constante de mil formas:  él siempre máxima discrección,  ella, siempre Máxima FM al otro lado. Esas cotidianas vistas perfectas a esos calzones a cuadros puestos a secar al sol.  Coincidencias fascinantes; el inesperado reconocimiento de su voz, pretenciosa y chillona, en un área de servicio perdida, reclamando el mejor bocadillo de jamón del mundo para su padre, "...me lo pones del mejor que haya, ¿eh?" Genuino asombro, innegable fascinación.

Desde el vehículo de atestados de la Policía, contemplaba ahora el bulto tendido en el asfalto cubierto por la manta dorada, que refulgía tan cegadora como había sido su fama, bajo el sol justiciero de media tarde. Los servicios médicos ya se habían retirado. La voz no tardó en correr, la muchedumbre empezaba a arremolinarse. Los periodistas no tardarían en llegar, prestos a cubrir la que iba a ser la última gran exclusiva de la estrella mediática.

Se dejaba el bolso y llegaba tarde a la grabación del programa. Había parado el coche en medio de la vía.  Acostumbrada a que el mundo se detuviera a su alrededor, había cruzado desde el carril opuesto, sin mirar siquiera. Tuvo tiempo de verla surgir desde la mediana, con su larga cabellera rubio platino flotando al viento, con su típico y mediático mohín de fastidio en la cara, fascinante hasta el final. Se le vino encima, así que no pudo hacer nada por evitarlo. O si...

Para @luz_tic


martes, 5 de julio de 2011

El clic

Se le iba a quedar grabado para siempre el blanco intenso de aquellos ojos, abiertos de par en par. Apenas recordaba cómo, pero lo cierto es que tenía a aquel tipejo firmemente sujeto por la pechera, arrinconado contra la estantería de su propio despacho.

Antes, con un inmenso manotazo había desarbolado la imponente mesa de despacho, cogido la estilizada pantalla plateada de a veinticuatro pulgadas del Mac Pro y la había estampado contra la mini-nevera panelada en madera. El sonido del cristal astillado se había mezclado delicadamente con el del plástico de primera calidad al quebrarse. Un sordo fogonazo eléctrico había certificado la defunción del dispositivo. Acto seguido, desde la ventaja que le daba su posición elevada, lo había asido de la chaqueta negra de Zegna y tirando de él, lo había arrancado de su butaca haciéndolo pasar por encima de la mesa. Atrás y por toda la estancia habían quedado las RayBan graduadas, la Montblanc Meisterstück y uno de los gemelos redondos de serie limitada, exclusivo para los clientes VIP de BMW.

Por un largo instante lo contempló, justo en el centro de la visión de túnel rojo que su adrenalina había formado:

Él siempre había sido un empleado leal, educado y eficiente. Amable, comedido y razonable. Virtudes muy útiles para afrontar muchas pruebas de la vida laboral y personal. Siempre lejos de toda violencia física o verbal, en la creencia de que dos no discuten si uno no quiere. Apartado de ese clic que a veces todos sentimos cuando las circunstancias o las personas nos ponen en el disparadero.

Sin embargo, le había costado adaptarse a la soberbia de alguien que se creía superior, sólo en virtud de un puesto de mando y quien sabe qué oscuros complejos personales. Con esa particular clase de irritante suficiencia. Bajo aquella fachada sociable y desenvuelta había demasiada ironía, demasiados fuegos fatuos, demasiada jactancia, demasiados desplantes, demasiadas humillaciones. Demasiadas gotas en el vaso. Y aquel día por fin, de todas las gotas, la última.

Su mano derecha, rota, palpitaba con fuerza, cerrada en un puño alzado, apuntando directamente contra aquella cara desencajada, muda de pánico, desprovista por fin de toda altivez. Ahora estaban las cosas en su sitio. Clic.