martes, 19 de febrero de 2013

El fuelle


Vivo para mantener la llama, para mantener el fuego primigenio.

Cuando nada más que la propia voluntad impulsa el fuelle de la vida, todo vuelve a ser otra vez muy sencillo.

Cada noche contemplo la tenue muerte de las cenizas, hasta el final del último rescoldo.
Por eso siempre cada mañana me alimento de vida pura, incandescente. 

Por eso mi brazo no desfallecerá nunca, no mientras mi fuego exista.



Fotografía de Alfonso Hidalgo Bau (más de su obra)

lunes, 4 de febrero de 2013

Sanatorios


¿Me das para una coca cola?

La pregunta hace que por un momento interrumpamos la conversación y levante la vista de mi café. Antes de que podamos abrir ni tan siquiera la boca, nuestro interpelante, un hombre alto y flaco, de ralos cabellos grises embutido en un chándal azul ya se ha dado la vuelta y se aleja con paso incierto en dirección a otros parroquianos. Deambulando al azar entre las filas de mesas escasamente pobladas, repite su mantra sin esperar respuesta.

La mayoría de los visitantes a los que aborda se lo quitan de encima sin tan siquiera dirigirle más allá de una breve mirada. Sin embargo, las enfermeras y doctores que se cruzan en su camino se la niegan con más familiaridad.

 - No, ya sabes que no te conviene, Luis.
 - ¿Por qué no? si está muy rica...

Cada día a la hora de la merienda los locos salen de paseo y se acercan hasta la cafetería del Hospital General para pasar un rato en amigable convivencia con los más o menos cuerdos del exterior.

En Sant Boi de Llobregat una de las alas del sanatorio de mentes está inciertamente separado del hospital de cuerpos por una suerte de muros bajos y verjas que siempre están abiertas. El camino que lleva de un lugar a otro en algunos tramos  no es más que una linde estrecha, de márgenes desdibujados. Sólo cuando el camino llega a la altura de la cafetería se ensancha y se convierte en una galería cubierta, gracias a la trama de anodinas baldosas de terrazo gris.

-  De chaval recuerdo haber visto en un vagón del carrilet de Sant Boi a Barcelona a uno que llevaba una chapa de sheriff, dándole palique a la gente.

- Ese era el Willy. Se ponía en las calles a dirigir el tráfico. Lo hizo durante muchos años y por cierto, se le daba muy bien...

Desde la ventana de la cafetería vemos pasar a unos y unos. Mientras tanto, lentamente, la luz de la tarde invernal va cayendo hasta hacerlos a todos indistinguibles entre las sombras, borrando al fin las sutilezas que los diferencian.

Apuramos nuestros cafés, con renovadas fuerzas para volver a ocuparnos de nuestro pariente enfermo. Ante nosotros Luis ha terminado la ronda por esa tarde y también se recoge. Cuando pasa frente al mostrador, la cajera lo saluda con una sonrisa: "Adiós Luis, mañana te veo"





domingo, 20 de enero de 2013

Forjados

 
Hemos sido forjados sobre el mismo metal inerte.
El duro martillo te enseña al caer sobre ti que él también aprendió a ser martillo del mismo modo.
Hierro y fuego, agua y vapor. Ellos dicen que es el ciclo natural de las cosas...
 
Puede que al principio te duela, puede que lo sientas. Hasta que seas finalmente maleado. Entonces todo cambiará, porque el trabajo contigo ya estará hecho: serás nuevo, flexible y endurecido, y ya no lo sentirás. No al menos como antes.
 
No olvides que el que resiste siempre es el que también se dejó malear. Al principio.
Será bueno que recuerdes bien todo lo aprendido cuando todo empiece y seas tú el que golpee, el que deba forjar un mañana. Sin dudar, sin que te duela por ti, o por ellos, pues es el ciclo natural de las cosas.
 

 
 
Fotografía de Alfonso Hidalgo Bau (más de su obra) 




jueves, 17 de enero de 2013

Enero


 In memoriam @simpliciuss

Las mañanas de enero son como ese momento en el que circulas por lo más profundo del túnel, ese instante en el que toda la luz de la mañana ha desaparecido engullida por las tinieblas. Y aunque te concentres en la carretera que anodina sigue surgiendo ante ti, con secreta impaciencia deseas volver a ver la luz que surgirá... allá lejos, muy al fondo.

En enero es preciso resistir la tentación de amadriguerarse, de dejar pasar todo el frío, de buscar refugio en el abandono de todo y de todos para esperar tiempos mejores. En enero siempre debo resistir la tentación de olvidar tu ejemplo.

Y aunque tú mejor que nadie sabías que en lo recóndito del agujero no subsiste la verdadera vida por mucho tiempo, que el coraje y la dignidad no anidan en aquellos que bajan la cabeza y se esconden, cada mañana de enero es un combate personal contra amaneceres tenues, inhóspitos, desolados.

El frío sigue pesando en mis manos, voraz. Sin pensar atravieso el reino de la escarcha, trazando curvas de monótono astronauta fundido a negro.

Las últimas palabras quedaron sin terminar, despedida congelada en un teclado por un frío distinto a todos los anteriores. Quizás sea mejor así. Nada acaba realmente, Daniel.

Y enero pasa.



viernes, 4 de enero de 2013

Por amor al arte



Por amor al arte. Por eso y porque me apetecía mucho hacerlo. En toda aventura que se emprende es importante de vez en cuando volver la vista atrás, recapitular y por qué no, recordar los buenos momentos vividos. Por eso, amable lector, he decidido fijar en tinta sobre papel algunas de las letras que he ido juntando poco a poco en este mismo blog.

Y éste es el resultado: 37 grados Selección de Relatos.






Y como a menudo se dice, lo mejor de las aventuras no es tanto el viaje como el hacerlo en buena compañía, así que debo deciros que en este proyecto he tenido un compañero que lo ha enriquecido con su talento para la fotografía y gusto por lo bien hecho. Alfonso Hidalgo Bau (@Alfhid66) es un amigo de los de antes, de los de siempre, y en buena medida es el responsable de que este libro sea algo distinto a lo que pudiera haber imaginado, y de lo que estar orgulloso. Aquí puedes ver parte de su obra fotográfica (Proyecto 37º)

Si es tu deseo, por unos pocos euros puedes tener ahora el resultado de ese viaje también en tus manos. Aquí lo tienes, ah, y trátalo bien, pues lleva mucho cariño dentro. ( 37º en Lulu)

Espero que te guste y en cualquier caso, nos seguiremos viendo aquí.

viernes, 21 de diciembre de 2012

El viaje

Llegó de mañana temprano. Entró a buen paso en el vestíbulo del sótano tres, arrastrando jirones de niebla de la carretera y del sueño de la noche aún mal despertado. Sus manos se habían vuelto de corcho, recuerdo fresco de los amaneceres de diciembre.

Se detuvo frente al panel de fichaje de entrada y colocó sobre él la tarjeta magnética. Antes había pulsado sin detenerse el botón de llamada del ascensor que se encontraba a su derecha. Movimientos automatizados, repetidos una y otra vez, desde un lejano día que apenas ya recordaba.

Mientras esperaba, dio comienzo distraídamente al rutinario ceremonial de apertura de velcros, cintas y presillas de la gruesa cazadora negra de cordura. Los guantes bajo el brazo, el casco colgando de un codo.

A su espalda sonó el aviso que anunciaba la llegada de uno de los seis elevadores. Entró rápidamente y pulsó casi a la vez los botones del sexto piso y el que forzaba el cierre de puertas.

A ver si hoy paramos poco...

Debido a su característico atuendo, raro era el día que conseguía esquivar los comentarios, preguntas y hasta irónicas alabanzas de sus compañeros de viaje,  invariablemente relacionados el valor que se requería para afrontar los rigores y peligros de la circulación invernal sobre dos ruedas. Sabía que solo disponía de apoyo y comprensión verdaderos de los escasos compañeros que compartían su irrevocable devoción. Cuando alguna mañana coincidía con uno de ellos en ese primer viaje diario bastaba con intercambiar una breve mirada de complicidad y reconocimiento para empezar bien el día.

La primera parada sobrevino en el sótano uno.
Las puertas dejaron entrar a tres hombres y una mujer, todos de mediana edad: directivos veteranos de la casa; zapatos negros, trajes grises, corbatas discretas, abrigos largos de paño, calvas o canas, alguna barriga prominente. Ella sin embargo mantenía el tipo en la cincuentena dignamente con su tinte caoba y un funcional modelo de boutique. Cuatro manos pulsaron cuatro botones distintos en el cuadro de mando. Los vivos ojos negros de ella se abrieron en cuanto le reconoció. No iba a tener suerte en este viaje.

    - ¡Hombre, cuanto tiempo! ¿Qué tal te va? ¿pero aún sigues viniendo en moto? ¿con este frío?


Le había largado a bocajarro la salva de preguntas con esa voz que tan suya y que tan bien recordaba,  estudiadamente jovial, estudiadamente educada, estudiadamente neutra. La misma voz que en petit comité podía emplear para poner de vuelta y media un colega, negociar despiadadamente con un proveedor o hablar de naderías por la mañana en el ascensor con un antiguo colaborador.

    - Buenos días, Esther. Ya me conoces, soy de moto...


Los ojos de ella se entrecerraron levemente al recordar, la fina piel de su rostro enjuto se arrugó en una amplia sonrisa enmarcada por el carmín.

    - Ya lo veo ya, en fin chico, qué valor tienes, yo no podría... además tiene que ser peligroso. Quita, quita ¡Con lo calentito que se va en coche!

   - No te digo que no, Esther, no te digo que no...


Uno de los tres hombres había optado por revisar concienzudamente los correos pendientes en su Blackberry, recostado en una de las esquinas junto a las puertas, abriendo una distancia imposible en aquella caja de acero de cuatro metros cuadrados. Sin embargo, los otros dos estaban siguiendo atentamente la conversación mientras no quitaban ojo a la compacta indumentaria motera. Uno de ellos, quizás el más elegante y también el más sobrado de maneras perfiló una mueca de sorna en el rostro. Como era de prever, no tardó en realizar su aportación al debate:

   - Esther, ¡agradecida tienes que estarle! al fin y al cabo cuantos más vayan en moto, menos atascos para nosotr...


El viaje se había vuelto a interrumpir en la segunda planta para que entrara Felisa, una de las bedeles de la empresa: con su figura baja, regordeta y patizamba estaba encargada de transportar la correspondencia interior entre los distintos departamentos por todo el edificio. Había avanzado hasta quedar justamente tras la figura del ejecutivo que acababa de hacer la gracia. Aún no se habían cerrado las puertas cuando Felisa lo reconoció. Su rostro, casi siempre taciturno y abotargado por la medicación, se iluminó súbitamente:

   -¡Buenos diiías Juliiiito!


El interpelado, cogido completamente por sorpresa, interrumpió el chascarrillo, dio un respingo y enmudeció tras palidecer visiblemente. Bajó la cabeza sin atreverse a dar la cara ante la recién llegada.

    -Buenos días Felisa

   -Que guapo vienes siempre, Julito

   -Mu.. muchas gracias, Felisa

   -¿Te he dicho que me recuerdas a George Clooney?

   -Si, Felisa, si... 

   - Pero qué bien te sientan los años, Julito, ¡lo mismo que al buen vino!


Ya completamente desarbolado, el tal Julito avanzó un paso hasta prácticamente tocar con la cara el gran espejo que cubría la pared del fondo. Después de interminables segundos, por suerte para él las puertas volvieron a abrirse en la tercera planta. Mientras, el hombre de la esquina seguía aferrado al teclado de su Blackberry, manteniendo tenazmente su aislamiento.

   -Hasta luego... - alcanzó a musitar Julito mientras se escurría raudo por entre las puertas del habitáculo aún antes de que terminaran de abrirse por completo.

   -¡Hasta luego Julitooo! voceó Felisa desde la puerta del ascensor  

Hala, Julito... a pasarlo bien; y bien por ti, Felisa.


Con el ascensor de nuevo en marcha, Felisa procedió a escanear visualmente al resto de los viajeros de arriba a abajo, lenta y metódicamente. Por unos instantes reinó una tensa calma llena de miradas desviadas a suelo y techo.

-Me gusta mucho ese modelito que llevas, Esther. Tu siempre vistes con mucho estilo.

-Muchas gracias, Felisa - respondió la aludida cortésmente, en su tono de voz universal.


La cuarta planta era la de Esther y uno de los jefes de sección.

   - Hasta luego motero, me alegro de verte, ¡cuídate!

   - Hasta luego Esther, igualmente, hasta el próximo viaje.


Las puertas se volvieron a cerrar. El hombre de la esquina seguía impertérrito mirando fijamente la pantalla de su teléfono.

Plantada en el centro justo del ascensor, Felisa giró sobre sí misma y fijó su atención por unos instantes en el ejecutivo y en su afanosa revisión de la mensajería electrónica. Poco después fijó la vista al frente y suspiró. Después de todas las emociones anteriores su semblante había vuelto a sumirse en una suerte de espesa calma con pasmosa rapidez.

Las dos plantas que faltaban transcurrieron en absoluto silencio. En la quinta planta desapareció el hombre de la Blackberry sin haber levantado la cabeza ni mediado palabra alguna. Felisa no se inmutó, no volvió a abrir la boca, ni siquiera cuando alcanzaron la sexta planta. Entonces abandonó el ascensor y girando a la izquierda se encaminó hacia el despacho de presidencia con sus pasos cortos de autómata.

Gracias por el viaje Felisa; al menos tú sigues siendo tú...













lunes, 3 de diciembre de 2012

La vida sin ellos


El explorador había regresado con inesperadas noticias: se había localizado un gran foco de resistencia. Muy posiblemente fuera el último. El jefe de los voluntarios se volvió hacia su gente con un renovado brillo en los ojos. No tardó en dar las órdenes que todos ansiaban. "¡Vamos a por ellos!"

Habían sido largos años de lucha enconada y cruel. Habían caminado por el límite de su existencia muchas veces,  Nunca ni unos ni otros tuvieron dudas en la implacable, furiosa lógica: Llegar a cualquiera de los parajes desolados de aquella guerra, buscarse, combatir, rodear, asaltar y perseguirse con saña en la huida.

Pero las mayores y más sangrientas batallas cayeron de su lado, y ahora la victoria estaba cerca. En los últimos tiempos todo se había vuelto mucho más fácil, casi rutinario. Lo único que nunca variaba era el espeso silencio que siempre precedía al primer disparo.

Fue el batallón de los voluntarios el primero en asaltar aquel silencio; fue su gente la que liquidó el reducto  hostil, tras convertirlo en otra devastada ruina ennegrecida. La llegada del mensajero los encontró reponiendo fuerzas y pertrechos, aún en la zona de conquista, sobre los cráteres, cascotes y cuerpos de los caídos:  

Confirmado: ¡el enemigo se ha rendido sin condiciones!

En ese momento todos los voluntarios se miraron: lo habían conseguido; los habían borrado del mapa.  Supieron que habían disparado su último tiro. Se acababan de terminar todas las órdenes, el mando, las líneas de avance y retirada, las desenfiladas, los campos de minas, los abrigos, los refugios, los pozos de tirador, la intendencia y el municionamiento de la vanguardia. Y entonces cayeron en la cuenta de la terrible verdad.

Por todas partes se alzó un sordo clamor de celebración. Era la hora de la euforia, de la alegría desbordada por la victoria tan duramente alcanzada, de la paz largo tiempo soñada. Pero aquellos hombres no gritaron, no saltaron, no se abrazaron. Miraron al suelo y permanecieron en un hondo silencio que únicamente su jefe se atrevió a romper:

Ya no vigilaré más mi espalda, ya no tendré que esperar ninguna amenaza, ya no habrá que ir a buscarla, ni la llevaré hasta el mismo centro de la batalla. Olvidaré el calor, el frío, las privaciones y el latir de la sangre rabiosa en mis venas. Yo no valgo para vivir tranquilo, para hacerme viejo contemplando el mar. ¿Si la vida es riesgo, qué clase de vida me espera ahora?

 Hemos tenido que vencerles para comprenderlo. Ellos nos daban nuestra razón de ser. No solo hemos acabado con ellos, también nos hemos dado fin a nosotros mismos.

¿Qué será ahora de nosotros sin nuestros queridos enemigos?


 

sábado, 17 de noviembre de 2012

La Pared 2ª parte: Al otro lado


Pero él decidió ignorarla, y siguió cavando con más ahínco, en completo silencio. Al cabo de unas horas el agujero había empezado a adquirir buena anchura y cierta profundidad. Entonces la pared se dejó oír nuevamente:

"¿Querías hablar? Estoy dispuesta a escucharte"

Lo cierto es que nunca la había visto tan de cerca y con tanto detalle, durante tanto tiempo. Por eso ahora podía advertir cómo su base estaba cruzada por infinidad de grietas y desconchones. Se percató de los estragos que la humedad de la negra tierra llevaba haciendo  en esa parte de la estructura desde tiempos inmemoriales.

El pico y la pala siguieron hundiéndose en la tierra, cada vez con mayor facilidad, haciendo el agujero cada vez más grande, más hondo.

La muralla tronó nuevamente:
"Negociemos: si dejas de cavar te cuento lo que hay al otro lado, pero te avanzo que no vale la pena, es un mundo peligroso y hostil, y yo estoy para protegerte de él, como siempre he hecho todos estos años... algo que por cierto tu me agradeces así, haciendo ese hoyo que nos amenaza a los dos."

El agujero tenía ya suficiente hondura, así pues empezó a cavar en dirección a la pared. Había pasado a ser un túnel. Poco después, empezó a filtrarse un hedor a maloliente podredumbre; procedía de los viejos cimientos. Pronto envolvió con su evidente pestilencia todo el paraje. La vieja muralla volvió a sumirse en el silencio. Él, con una mueca de disgusto, apretó los dientes redobló sus esfuerzos, haciendo crecer el túnel más y más, hacia el otro lado.

Ella volvió a hablar, pero ahora su voz llegó hasta él debilitada a través de la tierra que los separaba:
"Mira, esto supone un gran esfuerzo para mí, pues va contra mis principios fundacionales, pero quizás podría abrirte una ventana, por la que podrías mirar de vez en cuando... ¡eso siempre y cuando prometas dejar el pico y la pala y cerrar ese feo agujero!"

Al cabo de poco, al otro lado de la pared se abrió un pequeño orificio en el suelo; pronto se hizo mucho más grande, lo suficiente para que emergiera la figura de él. Entonces, y antes de dejarla atrás para siempre, respondió:

- Ahora ya es muy tarde para eso...




martes, 23 de octubre de 2012

Lo que nunca termina


El sonido de la intensa lluvia se filtraba tenuemente a través del ventanal. A oscuras, en lo más profundo de la noche, en el centro del salón, cerró los ojos. Las secciones de cuerda iniciaron desde las tonalidades más graves el suave y hondo lamento que daba inicio al gran momento de Tristán e Isolda.

Suave, lenta y educadamente le habían dicho que se veían obligados a prescindir de sus servicios. Era sin ningún género de dudas un gran profesional y había realizado una impecable labor, pero la cosa estaba mal, muy mal, como ya debería saber, por otra parte. Esperaban que se hiciera cargo y por otra parte estaban convencidos que con su currículo en breve volvería a estar en activo. Un ajuste doloroso pero necesario. Y eso, que mucha suerte...

Preludio y muerte de Isolda. Un cuarto de hora largo de puro gozo sonando sólo para sus oídos. Los altavoces reproducían con absoluta fidelidad la fantástica interpretación de la Filarmónica de Praga.

Desde aquel día había empezado su colección. Desde entonces, ya hacía mucho que coleccionaba palabras vanas y formalismos educados. Innumerables palmaditas y cantidades ingentes de miradas de comprensión. Mucha empatía, toneladas de ella, pero nada de todo eso sería bastante para calentar su casa cuando llegase el frío. Esa gran casa, el signo de su tiempo y sus aspiraciones. Tan grande, tan vacía, y ahora tan fría. Toda para él, su único y triste habitante desde el día en que ella se fue, llevándose los buenos tiempos, arrancando una parte de su ser, la que ascendía en la vida, la que sonreía al futuro lleno de confianza.

Los violines empezaron a vibrar, la percusión subrayaba el dramatismo del momento mientras el tema central de la obra reaparecía, embargándolo todo de una elevada y romántica melancolía, hasta caer de nuevo al fondo, para mecerse de la mano de los oboes, hasta el largo y cadencioso final.

Se lo podrán llevar todo, pero siempre me quedará esta música. Nunca podrán dejarme sin nada, jamás.

Abrió de nuevo los ojos. Había dejado de llover. Pronto amanecería. Ahora sabía que tenía una gran tarea por delante; estaba dispuesto a volver a empezar.






sábado, 20 de octubre de 2012

La pared


Tambaleándose, dio unos pasos atrás y volvió la vista, exhausto. De nuevo se hallaba cubierto de magulladuras en mente, hombros, puños y corazón. No era la primera vez; su cuerpo recordaba bien los viejos golpes encajados.

La pared era alta, muy alta. Tan grande como antigua; plena y sólida, impenetrable. Absolutamente definitiva.

Pero no había otro camino. Era la única dirección. Ante la pared, solo quedaba permanecer ahí, o quizás volver atrás. Sentado a su pie esperó hasta haber recuperado el resuello. "¿Por qué no hablamos?" volvió a preguntarle, como había hecho tantas veces en el pasado. Y aunque sabía que le escuchaba, la pared mantuvo su silencio pétreo una vez más, como siempre. Era un viejo y antiguo juego, era el juego de la pared.

Entonces empezó dentro de él otra lucha silenciosa: la impotencia y la frustración, dos viejas conocidas que reaparecían siempre en el peor de los momentos, y junto a ellas venía siempre de la mano su hermano pequeño, el conformismo. Sin embargo estaba cansado de conformarse, llevaba demasiado tiempo ahí, malgastando su vida y sus energías mientras alrededor todo cambiaba. Volvió la vista de nuevo a la inmutable y oscura pared. Esta vez sería diferente. Al fin lo había entendido.

No podía escalarla, no podía atravesarla, no podía rodearla. Y la saliva jamás la había desgastado un ápice, nada la debilitaba, nada la conmovía. A cambio, sólo había obtenido silencio. Por fin había reunido el valor suficiente para aceptar que hablar con una pared no sirve de nada, no si quería que las cosas cambiaran, no si quería pasar al otro lado.

Había inventado un nuevo juego. Unos metros más atrás y ante el mismo centro de la ciclópea pared, cogió un pico y una pala y empezó a cavar un gran agujero en la blanda tierra que los sostenía a ambos.

Entonces, por vez primera en todos aquellos largos años, de las mismas entrañas de la gran pared surgió una voz: "¡Hablemos!"