lunes, 24 de septiembre de 2012
Almoços e Jantares
Almoços e Jantares pone en el rótulo del ventanal verde, en tipografía clásica de letras amarillas sobre fondo negro, rectas y claras, frente a la Praça do Comercio de Lisboa. Los portugueses aún ponen bolas de alcanfor de las de toda la vida en los servicios de caballeros que llevan ahí toda una vida.
Sentados en una mesa de la terraza que se extiende bajo los soportales dejamos las horas pasar. Sería posible sentir a Fernando Pessoa en cualquiera de esas viejas sillas metálicas, viendo la vida pasar en ruidosos tranvías amarillos. El café portugués es sencillo en su sabor, pero también es denso, intenso y oscuro, como el recuerdo de lo que más nos es querido y que ya se fue.
La luz de la tarde de verano acaricia con calidez las veteranas piedras rectas, incide sobre los rostros con los ojos entornados, y aviva la memoria. Y en Lisboa, memoria siempre equivale a melancolía, acompasada al dulce sonido de una lengua suave, llena de reminiscencias de muy antiguo, de lo auténtico y permanente. Como todas esas cosas que tu y yo nos dijimos una vez y que, algunas veces, volvemos a recordar.
martes, 4 de septiembre de 2012
El conductor croata
Goran es un croata de ojos pequeños y algo barrigón que transporta turistas en su trasnochado autocar a lo largo del extravagante mapa de Croacia. Las más de las veces tiene que recoger a sus pasajeros en Venecia. En esos casos siempre se hace acompañar de su ayudante Ratko, quien toma el volante del vehículo en cuanto salen las carreteras de su país. Ratko es mucho más joven que Goran, fornido y muy silencioso, casi tanto como su patrón. Conduce siempre protegiendo sus ojos tras unas anchas y herméticas gafas de sol.
Goran se presenta invariablemente a sus clientes con un breve y vacilante discurso en inglés trufado de palabras en italiano. Acaba de entrar en una cincuentena plácida; es simple en el trato y algo seco, pero eficiente.
Desde hace unos años pasa los meses de verano paseando a sus clientes por los frondosos bosques del parque nacional de Rinsjac, la bulliciosa ciudad Split, o el encanto reconstruido de Dubrovnik, a orillas del mar. El Adriático es un mar extraño y calmo, sus aguas cálidas son transparentes, de un atractivo verde turquesa pero lo cierto es que su belleza es distante, sólo hecha para ser contemplada en la distancia, porque muy pocas veces es posible acceder a él por alguna playa, casi siempre guardado por escarpados roquedales.
Pero antes, mucho antes, Goran transitó intensamente por otros caminos más inciertos: Bihac, Osijek, Vukovar y cómo no, Karlovac. Un pasado sobre el que ya empieza ha acumularse el tiempo, pero del que aún no ha podido desprenderse, porque aún no ha pasado tiempo suficiente, y quizás nunca lo haga.
Porque por esas ironías del destino, Goran debe volver una y otra vez a Karlovac camino de la principal atracción turística de Croacia, los hermosos lagos de Plitvice. Y volver a la misma calle, a esa recta larga y en suave pendiente ascendente, flanqueada a ambos lados por modestas hileras de casas rurales de una o dos plantas. Una y otra vez se ve obligado a volver a pasar por esa misma maldita carretera. Y sabe que siempre, invariablemente, cada hornada de turistas le preguntará.
Porque aunque muchas de las viviendas que verán al pasar son absolutamente normales, incluso anodinas, sus viajeros se sorprenderán al ver que algunas de las casas conservan intactos los signos inequívocos del abandono y la guerra. Tejados reventados, ventanas sin cristales, fachadas ennegrecidas y cruzadas por miles de impactos de bala y metralla, agujeros que nadie ha cerrado, que siguen ahí, perforando aún la piedra y las almas. Y al final las preguntas le alcanzarán, porque el turista medio si algo sabe hacer bien y mucho es preguntar.
Y así, de ese modo vuelve a verse una y otra vez con veintitantos años, cubriendo el avance de los suyos con una ametralladora PKM del 7,62. Cuando llegan a Karlovac Goran lleva ya mucho tiempo pisando cascotes y cristales rotos, esquivando balas y disparando otras muchas también. Se ha parapetado al principio de la calle tras los restos de un Volkswagen Golf despanzurrado por un morterazo. La orden del coronel es sencilla: "Goran, tú nos das fuego de apoyo. Ninguno de ellos debe cruzar la calle."
Están buscando y desalojando a los últimos defensores serbios con la misma saña con la que antes ellos se habían empleado. Entre ráfagas y explosiones, casa por casa, la columna croata avanza a ambos lados de la calle. Goran es metódico localizando los focos de resistencia y posibles francotiradores en puertas y ventanas, y es muy eficiente en su eliminación. Los casquillos vacíos repiquetean continuamente al caer sobre el asfalto y ruedan, alejándose de Goran y su PKM.
La limpieza prosigue durante una media hora, sus compañeros están llegando al final de la calle. Atrás han dejado varios edificios en llamas. Una densa humareda negra se extiende sobre el lugar, entreverándose con la limpia luz del sol de la mañana.
La lucha parece haber terminado, los disparos se espacían hasta cesar. Durante unos minutos se instala un denso silencio en el lugar. De pronto a lo lejos, se suceden una serie de rápidas explosiones. En ese momento Goran ve cómo de una de las últimas casas emerge un numeroso y compacto grupo de gente, más de veinte personas probablemente, que se disponen a cruzar la calle. Por un breve instante duda sobre qué hacer, pero rápidamente desecha cualquier otra opción. Se afianza sobre el bípode de su arma y cumple una vez más con la tarea encomendada, rápida y eficientemente. Al término del día el coronel le felicitó por el impecable trabajo. Sus camaradas le confirmaron que el último grupo de serbios se lo habían puesto a Goran en bandeja. Poco importaba que ya no fueran combatientes, sino sólo viejos, mujeres y niños...
Así que Goran siempre responde las mismas vaguedades a los turistas; siempre seco y un poco hosco, íntimamente preso de su historia. "Son las casas de los serbios, que se fueron cuando la guerra." A estas alturas de la vida, demasiado bien sabe que no se puede poner en el corazón de las personas lo que no existe, así que como buen eslavo, sacude la cabeza, asume, calla y sigue conduciendo.
Goran se presenta invariablemente a sus clientes con un breve y vacilante discurso en inglés trufado de palabras en italiano. Acaba de entrar en una cincuentena plácida; es simple en el trato y algo seco, pero eficiente.
Desde hace unos años pasa los meses de verano paseando a sus clientes por los frondosos bosques del parque nacional de Rinsjac, la bulliciosa ciudad Split, o el encanto reconstruido de Dubrovnik, a orillas del mar. El Adriático es un mar extraño y calmo, sus aguas cálidas son transparentes, de un atractivo verde turquesa pero lo cierto es que su belleza es distante, sólo hecha para ser contemplada en la distancia, porque muy pocas veces es posible acceder a él por alguna playa, casi siempre guardado por escarpados roquedales.
Pero antes, mucho antes, Goran transitó intensamente por otros caminos más inciertos: Bihac, Osijek, Vukovar y cómo no, Karlovac. Un pasado sobre el que ya empieza ha acumularse el tiempo, pero del que aún no ha podido desprenderse, porque aún no ha pasado tiempo suficiente, y quizás nunca lo haga.
Porque por esas ironías del destino, Goran debe volver una y otra vez a Karlovac camino de la principal atracción turística de Croacia, los hermosos lagos de Plitvice. Y volver a la misma calle, a esa recta larga y en suave pendiente ascendente, flanqueada a ambos lados por modestas hileras de casas rurales de una o dos plantas. Una y otra vez se ve obligado a volver a pasar por esa misma maldita carretera. Y sabe que siempre, invariablemente, cada hornada de turistas le preguntará.
Porque aunque muchas de las viviendas que verán al pasar son absolutamente normales, incluso anodinas, sus viajeros se sorprenderán al ver que algunas de las casas conservan intactos los signos inequívocos del abandono y la guerra. Tejados reventados, ventanas sin cristales, fachadas ennegrecidas y cruzadas por miles de impactos de bala y metralla, agujeros que nadie ha cerrado, que siguen ahí, perforando aún la piedra y las almas. Y al final las preguntas le alcanzarán, porque el turista medio si algo sabe hacer bien y mucho es preguntar.
Y así, de ese modo vuelve a verse una y otra vez con veintitantos años, cubriendo el avance de los suyos con una ametralladora PKM del 7,62. Cuando llegan a Karlovac Goran lleva ya mucho tiempo pisando cascotes y cristales rotos, esquivando balas y disparando otras muchas también. Se ha parapetado al principio de la calle tras los restos de un Volkswagen Golf despanzurrado por un morterazo. La orden del coronel es sencilla: "Goran, tú nos das fuego de apoyo. Ninguno de ellos debe cruzar la calle."
Están buscando y desalojando a los últimos defensores serbios con la misma saña con la que antes ellos se habían empleado. Entre ráfagas y explosiones, casa por casa, la columna croata avanza a ambos lados de la calle. Goran es metódico localizando los focos de resistencia y posibles francotiradores en puertas y ventanas, y es muy eficiente en su eliminación. Los casquillos vacíos repiquetean continuamente al caer sobre el asfalto y ruedan, alejándose de Goran y su PKM.
La limpieza prosigue durante una media hora, sus compañeros están llegando al final de la calle. Atrás han dejado varios edificios en llamas. Una densa humareda negra se extiende sobre el lugar, entreverándose con la limpia luz del sol de la mañana.
La lucha parece haber terminado, los disparos se espacían hasta cesar. Durante unos minutos se instala un denso silencio en el lugar. De pronto a lo lejos, se suceden una serie de rápidas explosiones. En ese momento Goran ve cómo de una de las últimas casas emerge un numeroso y compacto grupo de gente, más de veinte personas probablemente, que se disponen a cruzar la calle. Por un breve instante duda sobre qué hacer, pero rápidamente desecha cualquier otra opción. Se afianza sobre el bípode de su arma y cumple una vez más con la tarea encomendada, rápida y eficientemente. Al término del día el coronel le felicitó por el impecable trabajo. Sus camaradas le confirmaron que el último grupo de serbios se lo habían puesto a Goran en bandeja. Poco importaba que ya no fueran combatientes, sino sólo viejos, mujeres y niños...
Así que Goran siempre responde las mismas vaguedades a los turistas; siempre seco y un poco hosco, íntimamente preso de su historia. "Son las casas de los serbios, que se fueron cuando la guerra." A estas alturas de la vida, demasiado bien sabe que no se puede poner en el corazón de las personas lo que no existe, así que como buen eslavo, sacude la cabeza, asume, calla y sigue conduciendo.
Lagos de Plitvice - Croacia Verano 2012
jueves, 30 de agosto de 2012
El Whats-App
Relato publicado en el nº 6 de la revista Entropía
Eran algo más de las tres de la madrugada. Un sonido de alarma diferente a cualquiera de los despertadores que había tenido jamás estaba sonando al lado de su oreja izquierda, insistentemente, sobre la mesita de noche. Sobresaltado y aturdido, consiguió incorporarse a duras penas. Muy cerca de su cabeza algo seguía aumentando de volumen, taladrando el silencio de la noche. Por fin fue capaz de encender la luz:
Moviéndose al son de su propio estruendo, parpadeando con vivos colores, su nuevo teléfono móvil había cobrado vida, aparentemente poseído por una entidad desconocida. Era uno de esos que ahora llaman inteligentes, tan de moda. El caso es que, como cada noche, creía haberlo desconectado, aunque en su descargo bien podría haber alegado que aún no se había familiarizado con gran parte de sus inacabables funcionalidades. Sujetándolo con ambas manos, forcejeó hasta que acertó a accionar el botón adecuado.
Ya en silencio pero aún aturdido por el infernal sonido no le quedaba sino averiguar la causa de tanta agresividad tecnológica. La elegante pantalla rectangular de cristal se mostraba ahora inofensiva, silenciosa, completamente oscura. Antes de accionar el botón superior derecho dudó por un instante, quizás temiendo lo que pudiera pasar a partir de ese momento. Tras la pulsación, un mensaje apareció en el centro del aparato:
WhatsApp: Tiene nuevos mensajes
Más perplejo que molesto, se quedó unos instantes contemplando el dispositivo fijamente en su mano. ¿¿Un whatsapp?? ¿A estas horas? ¿Pero a quién se le ocurre...? Súbitamente, un destello de inspiración cruzó por su mente como un latigazo. Comprendió: no podía ser nadie más que él; su viejo amigo.
Con el paso de los años casi habían casi perdido el contacto. La vida que les unió en las aulas del instituto forjó caminos distintos para cada uno; distintas profesiones, nuevos retos, nuevas ciudades. Sin embargo, siempre quedaron un puñado de momentos y lugares comunes cada año: las navidades en el viejo barrio, algunos días sueltos en verano. Suficiente para comprobar que las antiguas complicidades y viejos códigos seguían ahí, asombrosamente inmunes a sus vidas de adultos. Reían como el primer día al recordar mil anécdotas y peripecias; pero en el fondo, y eso era lo mejor de todo, recordaban para volver a reír, y se sentían mejor.
Con los primeros móviles todo fue algo más fácil, pero nada parecía poder sustituir a una larga tarde de amena charla frente a frente en un café. Hasta que llegaron las últimas navidades, en las que su amigo se presentó con uno de esos sofisticados trastos llenos de curiosas utilidades que hacían mil cosas, siempre en atractivos colores. De entre todas, había un curioso sistema de mensajería instantánea que permitía intercambiar texto, imágenes y sonido con gran rapidez y calidad, prácticamente en tiempo real ¿No conoces los WhatsApp? tienes que hacerte con uno de éstos, ya verás...
No tardó en seguir su consejo, y desde ese momento alimentaron nuevamente su amistad con frenético entusiasmo infantil, compartiendo el gusto por lo instantáneo y el detalle, inmortalizando de nuevo momentos, comentando de nuevo todo en un segundo, sintiendo que el contacto había sido recuperado sin que ya volviera a importar nunca más ni el tiempo, la distancia ni el lugar en el que se encontraran.
Abrió la aplicación y no dio crédito a sus adormilados ojos mientras deslizaba su dedo sobre la pantalla táctil. Una larga retahíla de nuevos mensajes desfiló ante sus ojos. Como había supuesto, todos eran de él, y cosa extraña, todos parecían haberse emitido al mismo tiempo. Exactamente a la misma hora que en aquel preciso instante marcaban los dígitos verdosos de su despertador, las 03:06 de la madrugada de un día cualquiera.
Si te cuento lo que me acaba de pasar... 03:06
Vas a flipar, no se ni cómo no he volcado y aquí estoy ahora contándote de p. milagro 03:06
Eran dos al menos, enorrrrmes!! estaban en medio del carril Q peazo bichos la madre q m… 03:06
Iba a 110 kmh si llego a pegar volantazo o clavar ruedas ahora estaría tocando el arpa o en la uci :P 03:06
así que imagina la hostia q s han llevado los 2 jabalíes 03:06
El coche inservible, hay uno entre la rueda y los bajos, fiambre creo... joder dios q destrozo! L 03:06
Mira el morro del terrano como h qdao!! 03:06 VER/REENVIAR
Voy a ver si hago xa apartar el coche hasta q lleguen d l central 03:06
Estoy solo en medio de la autovía y no pasa ni dios, todo bosque y oscuri ostras q hay otro vivo! esta m cerca!!! 03:06
Era la madre, con medio cuerpo deshecho se ha venido contra mi, quería vengar a la cría 03:06
Me miraba con mucho odio... cada vez más cerca, tenía que disparar, era ella o yo. 03:06
La he esperado hasta que ha estado encima y se la he puesto justo entre los ojos 03:06
La puta pistola, solo ha hecho clic… no sé que mierda ha pasado 03:06
Es raro, creía que dolería algo. Ahora todo está bien 03:06
Quería que al menos lo supieras por mi, amigo 03:06
Con el paso de los años casi habían casi perdido el contacto. La vida que les unió en las aulas del instituto forjó caminos distintos para cada uno; distintas profesiones, nuevos retos, nuevas ciudades. Sin embargo, siempre quedaron un puñado de momentos y lugares comunes cada año: las navidades en el viejo barrio, algunos días sueltos en verano. Suficiente para comprobar que las antiguas complicidades y viejos códigos seguían ahí, asombrosamente inmunes a sus vidas de adultos. Reían como el primer día al recordar mil anécdotas y peripecias; pero en el fondo, y eso era lo mejor de todo, recordaban para volver a reír, y se sentían mejor.
Con los primeros móviles todo fue algo más fácil, pero nada parecía poder sustituir a una larga tarde de amena charla frente a frente en un café. Hasta que llegaron las últimas navidades, en las que su amigo se presentó con uno de esos sofisticados trastos llenos de curiosas utilidades que hacían mil cosas, siempre en atractivos colores. De entre todas, había un curioso sistema de mensajería instantánea que permitía intercambiar texto, imágenes y sonido con gran rapidez y calidad, prácticamente en tiempo real ¿No conoces los WhatsApp? tienes que hacerte con uno de éstos, ya verás...
No tardó en seguir su consejo, y desde ese momento alimentaron nuevamente su amistad con frenético entusiasmo infantil, compartiendo el gusto por lo instantáneo y el detalle, inmortalizando de nuevo momentos, comentando de nuevo todo en un segundo, sintiendo que el contacto había sido recuperado sin que ya volviera a importar nunca más ni el tiempo, la distancia ni el lugar en el que se encontraran.
Abrió la aplicación y no dio crédito a sus adormilados ojos mientras deslizaba su dedo sobre la pantalla táctil. Una larga retahíla de nuevos mensajes desfiló ante sus ojos. Como había supuesto, todos eran de él, y cosa extraña, todos parecían haberse emitido al mismo tiempo. Exactamente a la misma hora que en aquel preciso instante marcaban los dígitos verdosos de su despertador, las 03:06 de la madrugada de un día cualquiera.
Si te cuento lo que me acaba de pasar... 03:06
Vas a flipar, no se ni cómo no he volcado y aquí estoy ahora contándote de p. milagro 03:06
Eran dos al menos, enorrrrmes!! estaban en medio del carril Q peazo bichos la madre q m… 03:06
Iba a 110 kmh si llego a pegar volantazo o clavar ruedas ahora estaría tocando el arpa o en la uci :P 03:06
así que imagina la hostia q s han llevado los 2 jabalíes 03:06
El coche inservible, hay uno entre la rueda y los bajos, fiambre creo... joder dios q destrozo! L 03:06
Mira el morro del terrano como h qdao!! 03:06 VER/REENVIAR
Voy a ver si hago xa apartar el coche hasta q lleguen d l central 03:06
Estoy solo en medio de la autovía y no pasa ni dios, todo bosque y oscuri ostras q hay otro vivo! esta m cerca!!! 03:06
Era la madre, con medio cuerpo deshecho se ha venido contra mi, quería vengar a la cría 03:06
Me miraba con mucho odio... cada vez más cerca, tenía que disparar, era ella o yo. 03:06
La he esperado hasta que ha estado encima y se la he puesto justo entre los ojos 03:06
La puta pistola, solo ha hecho clic… no sé que mierda ha pasado 03:06
Es raro, creía que dolería algo. Ahora todo está bien 03:06
Quería que al menos lo supieras por mi, amigo 03:06
JuanSV
últ. vez hoy a las 03:06
viernes, 3 de agosto de 2012
Deponed
El emisario remontó la empalizada al caer la noche. Avanzó en la penumbra entre su gente, bajo la luz temblorosa de los candiles. Su rostro sucio y cansado les habló sin necesidad de despegar los labios; sus ojos enrojecidos revelaban ya el mensaje:
"Deponed toda esperanza, rendíos a la evidencia, bajad los brazos, resignaos. No tenéis otra salida. Aceptadlo, os hemos vencido. Vuestra posición es insostenible; la situación, irreversible. Sólo os cabe abrirnos las puertas. No aceptaremos exigencias previas ni condiciones. Asumidlo ya, y cesad la resistencia de inmediato."
Los viejos cerraron los ojos, las mujeres abrazaron a sus hijos, los jóvenes apretaron los puños, pero nadie dijo nada. Un sordo rumor de llanto y derrota ascendió y empezó a extenderse entre la multitud. Instintivamente muchos ojos alzaron la mirada, buscando en la atalaya la eterna figura de quien siempre veló por ellos, pero fue en vano, porque allí arriba hacía mucho tiempo que ya no había nadie. Estaban solos frente a toda la abrumadora codicia, frente a toda la mezquindad.
Por fin, una voz anónima se alzó entre los presentes, rompiendo el espeso silencio. "¿Así que aquí acaba todo...?"
Y entonces, en algún lugar, alguien consiguió mirar dentro de sí, y reunió fuerza y coraje, lo suficiente para gritar por primera vez: "¡NO!"
"Deponed toda esperanza, rendíos a la evidencia, bajad los brazos, resignaos. No tenéis otra salida. Aceptadlo, os hemos vencido. Vuestra posición es insostenible; la situación, irreversible. Sólo os cabe abrirnos las puertas. No aceptaremos exigencias previas ni condiciones. Asumidlo ya, y cesad la resistencia de inmediato."
Los viejos cerraron los ojos, las mujeres abrazaron a sus hijos, los jóvenes apretaron los puños, pero nadie dijo nada. Un sordo rumor de llanto y derrota ascendió y empezó a extenderse entre la multitud. Instintivamente muchos ojos alzaron la mirada, buscando en la atalaya la eterna figura de quien siempre veló por ellos, pero fue en vano, porque allí arriba hacía mucho tiempo que ya no había nadie. Estaban solos frente a toda la abrumadora codicia, frente a toda la mezquindad.
Por fin, una voz anónima se alzó entre los presentes, rompiendo el espeso silencio. "¿Así que aquí acaba todo...?"
Y entonces, en algún lugar, alguien consiguió mirar dentro de sí, y reunió fuerza y coraje, lo suficiente para gritar por primera vez: "¡NO!"
jueves, 26 de julio de 2012
Tú también
Relato escrito conjuntamente con Maria José Barroso (@Mara_BC)
El sonido de la campanilla del juez repicó de nuevo por tercer día consecutivo. Hasta ahora, las sesiones habían sido profundamente aburridas, salpicadas de verborrea procesal. Nada más que cuestiones previas formuladas por el fiscal y la defensa sin entrar a fondo en los hechos. Desde los bancos del público, esperaba con ansia su momento. Guiñó coqueta al policía de la sala que le ayudaría sin saberlo y vio cómo los agentes sentaban a la asesina en el banquillo junto al resto de los que mataron a su padre. Tendría que ser rápida, pero había calculado cuidadosamente todos sus movimientos.
Había comprobado que el agente se quedaba embobado cuando ella aparecía en la sala, con la mirada fija en sus contundentes caderas. Sabía que se sentaría de espaldas al público en el banquillo de los acusados, con los rizos desplegados ocultando la nuca donde le dispararía un solo tiro. Aprovecharía el ensimismamiento del policía que estaba a su lado para cogerle la pistola. Sólo tendría ese instante, esa oportunidad, y graves consecuencias. Lo sabía. Pero estaba harta de mentiras y concesiones, cansada de verdades disfrazadas de palabrería humanitaria, enfurecida por los paños calientes para los asesinos y el consuelo condescendiente para las víctimas.
Quería venganza a toda costa porque la vida, la que valía la pena vivir, ya se le fue junto a su padre aquella fatídica tarde en la que él y sus compañeros de armas quedaron sobre el negro asfalto. Desde aquel día en su mente sólo había humo espeso, cristales rotos, metralla y toda aquella sangre vertida...
Todo ocurrió con sorprendente facilidad. Lo que acaba de hacer lo había imaginado mil veces, contínua, intensamente, atendiendo a todos los detalles, todas las variantes, plena y conscientemente. Su mano sujetaba al fin la Heckler&Koch de nueve milímetros del policía nacional que pocos segundos antes había estado a su lado y que ahora volvía a ponerse en pie tras el inesperado empujón recibido. El rostro del policía desencajado por el pánico y sorpresa se unió al todos los presentes en la sala. Había conseguido ganar algo de espacio a su alrededor y disponía de una línea de tiro clara. Con su brazo armado y en total extensión, alineó la punta del cañón con la nuca de la asesina de ojos verdes. Era cosa hecha.
La visión periférica de su ojo izquierdo le decía que el agente desarmado se le venía encima en pos de su arma. Esa variante estaba contemplada; "¡Quietos! si alguien se me acerca la mato!" Su imperioso grito surtió el efecto deseado. Sólo necesitaba crear ese natural instante de duda para asegurar el tiro. Porque jamás contempló otra posibilidad.
Entonces, justo antes de oprimir el gatillo se encontró con el rostro de ella. Contaba con alguna reacción de su presa, también eso lo había previsto; sin embargo esta variante ya no estaba contemplada: unos hermosos ojos verdes la miraban fríamente, resbalando desde la mira del cañón hasta la corredera de la pistola, penetrando a través de sus pupilas hasta sus mismas entrañas: no había atisbo de miedo o estupefacción en ese rostro de cabellos rizados, tan absurdamente bello como inexpresivo.
Y tampoco había previsto que pudiera hablarle, con voz clara y serena:” Cómo lo estás deseando, ¿verdad?... tu también eres capaz de odiar tanto, ¿lo ves? en nada eres mejor que yo. ¡Hazlo ya, dispara!”
miércoles, 11 de julio de 2012
Los años del Mehari
Discurría la tarde de verano volviendo por el camino de Matamala. La limpia luz dorada del sol poniente cayó sobre sus ojos al enfilar una larga recta. Suavemente aceleró mientras contemplaba los ondulantes campos amarillos de cereal, a un lado y otro de la carretera. El pueblo ya estaba cerca, pero antes, a su derecha y tras una curva a la izquierda deberían aparecer los esbeltos chopos de la fuente del Pradejón. Así fue. Entonces se acordó de todo.
Quizás aquel lejano recuerdo no valía ya un alto en el camino, pero aún así ya había parado en lo que ahora se le antojaba un lugar desprovisto de todo interés. Extrañado de su propio desapego, bajó del coche y recorrió con la mirada el paraje. Buscaba un olmo viejo y grande.
Hacía ya muchos veranos del chico del Mehari azul; fue la auténtica sensación de aquellos años. En una época en la que todos despertaban a muchas cosas de la vida, él supo sacar buen partido de su ventaja. Con sus cuatro ruedas y su sonrisa arrasó un mundo de bicicletas y un puñado de ciclomotores para cambiarlo todo. Cayeron bajo el influjo, se los llevó a todos y a todas de calle. A todas, si...
Empezaron los años del Mehari. Y es que un coche sin techo como aquel podía hacer promesas sin límite: las nuevas expectativas, el sol y el viento en la cara, los nuevos lugares, las fiestas sin fin, las noches de vino y estrellas, los nuevos juegos, y por encima de todo, la insuperable, embriagadora sensación de libertad...
Los kilómetros pasaron con rapidez y con ellos los días de aquel verano. Hasta que un día amaneció fresco y nublado, y por fin llegó la lluvia. Aquel día no hubo risas. Por primera vez un desacuerdo, una contrariedad. Por primera vez un reproche, y las primeras palabras malsonantes asomaron en la boca del simpático chico del Mehari.
Aquel día de lluvia, algunos empezaron a darse cuenta de que el chico del Mehari no era tan joven, que su sonrisa no era eterna, ni el coche, pese a todo, tampoco lo era tanto.
Al año siguiente, el chico del Mehari volvió al pueblo con su desenvuelta sonrisa de verano, pero esta vez se encontró con algunos cambios. Junto al corrillo de la que fue su gente las bicicletas habían dado paso a las Vespinos y un par de Montesas de 50 CC. Muy cerca, un reluciente SEAT Ritmo lanzaba destellos de verde metalizado.
Resultó que al chico del Mehari no le gustaban los cambios, no cuando no venían con él. Una noche de sábado, al calor de la borrachera se fue directo hacia el del Ritmo. Que supiera que no habría nunca nada como su Mehari, que él les había traído la verdadera esencia del verano y que lo habían dejado colgado. Que por eso eran unos traidores, unos desagradecidos. Que a partir de ahora se lo montaran como pudieran. Y que les dieran.
Ese verano la parroquia del Mehari cambió y poco a poco fue a menos. Algunos empezaron a ver que su carrocería de plástico se llevaba mal con los golpes, que la capota no encajaba bien, y que el viento silbaba, molesto, al pasar al interior. Que los treinta y tantos caballos de sus dos cilindros perdían su juvenil alegría a plena carga y en subida.
La última del chico del Mehari fue cuando quiso retar al del Ritmo a una carrera. "Vamos a la recta de Matamala, guaperas, y vemos quien es el mejor". Por entonces a nadie se le escapaba ya que un Mehari apenas superaba los 100, y eso recién salido de fábrica; pero aquel era ya un coche viejo y quien lo conducía penas se tenía en pie, ciego de cubatas y orgullo herido. El otro ni se dignó a responder, dejándolo con la palabra en la boca. Furioso, dicen que lo vieron salir del pueblo y embocar la carretera de Matamala a todo lo que daba la máquina. Seguramente no llegó a los 100 Km/h, pero fue suficiente para desintegrarse junto con su Mehari cuando se estampó contra el gran olmo que aún crece junto al modesto muro de piedra de la fuente del Pradejón.
Allí estaba. Se plantó de nuevo ante el viejo árbol. Rodeándolo, buscó alguna señal en la centenaria corteza. En efecto, tal y como se dijo entonces, el impacto no había dejado huellas apreciables en el árbol. No pudo evitar una tenue sonrisa: al final tampoco la había dejado entre los que lo conocieron.
Quizás aquel lejano recuerdo no valía ya un alto en el camino, pero aún así ya había parado en lo que ahora se le antojaba un lugar desprovisto de todo interés. Extrañado de su propio desapego, bajó del coche y recorrió con la mirada el paraje. Buscaba un olmo viejo y grande.
Hacía ya muchos veranos del chico del Mehari azul; fue la auténtica sensación de aquellos años. En una época en la que todos despertaban a muchas cosas de la vida, él supo sacar buen partido de su ventaja. Con sus cuatro ruedas y su sonrisa arrasó un mundo de bicicletas y un puñado de ciclomotores para cambiarlo todo. Cayeron bajo el influjo, se los llevó a todos y a todas de calle. A todas, si...
Empezaron los años del Mehari. Y es que un coche sin techo como aquel podía hacer promesas sin límite: las nuevas expectativas, el sol y el viento en la cara, los nuevos lugares, las fiestas sin fin, las noches de vino y estrellas, los nuevos juegos, y por encima de todo, la insuperable, embriagadora sensación de libertad...
Los kilómetros pasaron con rapidez y con ellos los días de aquel verano. Hasta que un día amaneció fresco y nublado, y por fin llegó la lluvia. Aquel día no hubo risas. Por primera vez un desacuerdo, una contrariedad. Por primera vez un reproche, y las primeras palabras malsonantes asomaron en la boca del simpático chico del Mehari.
Aquel día de lluvia, algunos empezaron a darse cuenta de que el chico del Mehari no era tan joven, que su sonrisa no era eterna, ni el coche, pese a todo, tampoco lo era tanto.
Al año siguiente, el chico del Mehari volvió al pueblo con su desenvuelta sonrisa de verano, pero esta vez se encontró con algunos cambios. Junto al corrillo de la que fue su gente las bicicletas habían dado paso a las Vespinos y un par de Montesas de 50 CC. Muy cerca, un reluciente SEAT Ritmo lanzaba destellos de verde metalizado.
Resultó que al chico del Mehari no le gustaban los cambios, no cuando no venían con él. Una noche de sábado, al calor de la borrachera se fue directo hacia el del Ritmo. Que supiera que no habría nunca nada como su Mehari, que él les había traído la verdadera esencia del verano y que lo habían dejado colgado. Que por eso eran unos traidores, unos desagradecidos. Que a partir de ahora se lo montaran como pudieran. Y que les dieran.
Ese verano la parroquia del Mehari cambió y poco a poco fue a menos. Algunos empezaron a ver que su carrocería de plástico se llevaba mal con los golpes, que la capota no encajaba bien, y que el viento silbaba, molesto, al pasar al interior. Que los treinta y tantos caballos de sus dos cilindros perdían su juvenil alegría a plena carga y en subida.
La última del chico del Mehari fue cuando quiso retar al del Ritmo a una carrera. "Vamos a la recta de Matamala, guaperas, y vemos quien es el mejor". Por entonces a nadie se le escapaba ya que un Mehari apenas superaba los 100, y eso recién salido de fábrica; pero aquel era ya un coche viejo y quien lo conducía penas se tenía en pie, ciego de cubatas y orgullo herido. El otro ni se dignó a responder, dejándolo con la palabra en la boca. Furioso, dicen que lo vieron salir del pueblo y embocar la carretera de Matamala a todo lo que daba la máquina. Seguramente no llegó a los 100 Km/h, pero fue suficiente para desintegrarse junto con su Mehari cuando se estampó contra el gran olmo que aún crece junto al modesto muro de piedra de la fuente del Pradejón.
Allí estaba. Se plantó de nuevo ante el viejo árbol. Rodeándolo, buscó alguna señal en la centenaria corteza. En efecto, tal y como se dijo entonces, el impacto no había dejado huellas apreciables en el árbol. No pudo evitar una tenue sonrisa: al final tampoco la había dejado entre los que lo conocieron.
jueves, 28 de junio de 2012
Baldosas sueltas
"Las baldosas sueltas te calan entero"
@Mertxe_Beriain
No lo podía creer, era inconcebible. Los ecos de un sonoro exabrupto aún resonaban en los oídos de los transeúntes que en aquel momento pasaban por su lado. Irritado, contrariado, confuso, permaneció inmóvil en medio de la acera, concentrando las miradas de todos los presentes.
Incrédulo, contemplaba como su elegante pie derecho seguía dentro de aquel gran charco. La antes negra y brillante piel del mocasín se estaba tornando blanda y pardusca con rapidez. Las dos perneras del pantalón, completamente empapadas por el agua sucia del charco, habían empezado a dejar pasar la humedad hacia la piel de su portador.
El frio contacto de la ropa calada lo enfureció aún más. Sus nuevos pasos sobre la acera habían perdido toda la prestancia, todo el orgullo. El mocasín derecho emitió un ruido grotesco al desembolsar parte del agua acumulada. Levantó la vista hacia la entrada: lo estaban esperando en pleno, nadie había perdido detalle. Nunca le había importado donde había pisado, hasta aquel mismo instante. Por primera vez en su vida supo que aquella puerta estaba más lejos que nunca.
martes, 19 de junio de 2012
La bofetada
Como plomo fundido en la gran sala de juntas, el denso, sofocante, espeso silencio había caído sobre todos los presentes.
Una mano se había alzado desde la mesa sobre la que reposaba. Ya en alto, había permanecido inmóvil por un brevísimo instante, apuntando hacia el techo sus cinco dedos abiertos en extensión. Finalmente, una vez provista de toda la carga cinética que pudo atesorar, había descrito un amplio, elegante, veloz arco descendente ante la vista de todos. Hasta caer directamente y de pleno contra aquella mejilla.
jueves, 7 de junio de 2012
El reencuentro
Empezaba
a clarear mientras dormitaba con los pies sobre la mesa intentando reposar la
sangría de la verbena nocturna que le habían obligado a tragar como forastero
“ilustre”. El joven guardia civil recién llegado al Puesto se había sentido
como la diana perfecta de miradas y cuchicheos. Trató de despejarse con un café
con leche y una magdalena convertida casi en engrudo al pasar por su garganta.
Rumiaba su maldito destino en aquel pueblucho, mientras su mente volaba hacia
una rebanada de pan con manteca colorá.
El
sonido del teléfono le apartó de las delicias culinarias de su tierra y una voz
entrecortada y ronca le habló algo de unos huesos en una casa. “Bah, voy para
allá. Serán de algún animal…”
Un
vago olor a podredumbre le revolvió las tripas, aún más. Aquel esqueleto del
pasillo era humano, muy humano. El susto le dejó la mente en blanco. “Maldita
sea. ¿Y ahora qué? ¿Qué? Algo de un atestado, el forense, claro, y el juez…”
Salió con la magdalena avanzando por su esófago y se topó con el alcalde en
mitad de la calle. “¿Qué pasó joven? ¿Por qué sale de la casa del Manolo si no
vive aquí desde hace diez años o así?”. Mientras intentaba hilvanar una confusa
explicación, vio salir de otra casa a una vivaracha anciana de mejillas rojas
como manzanas. “Buenas, don Mariano. Hola, majo. ¿Qué pasó?” Le dedicó un guiño
especial al aturullado agente. La magdalena amenazaba ya con saltar de su
garganta.
El
corrillo de vecinos y forasteros de fiesta que les rodeaba había ido en
aumento. Casi gritando, el guardia civil intentó restaurar su dignidad y poner
orden. ¿Cómo era posible que hubiera un esqueleto allí después de tantos años,
un esqueleto que a todas luces tenía que ser el señor Manolo? ¿Cómo nadie se
había dado cuenta?
-Mire
usté, majo –dijo la anciana limpiándose las manos sobre el mandil- el Manolo
era muy suyo. Todo el día en el campo y a su aire. Y dos no hablan si uno no
quiere, o algo así, dice el refrán. Y aquí también somos muy nuestros. Y si
alguien no quiere dar explicaciones, no las pedimos. Y a otra cosa, mariposa. Y
aquí paz y después gloria. Cada vez se va más gente del pueblo. Sólo quedamos
cuatro gatos y mal repartidos. Pero somos buena gente, joven, no vaya usté a
pensar. Mi marido y yo guardamos al chucho del Manolo cuando lo vimos atado a
la puerta de la casa, muertico de hambre. Y eso que no nos sirvió para cuidar a
las ovejas. No ladra, fíjese qué raro. Un perro mudo. Ahora ya es tan viejico
como nosotros, una buena compañía.
Como
si hubiera estado atento a la llamada, el perro sin nombre avanzó lento, muy
despacio, y atravesó la puerta frente a la que durante tantos días gimió sin
respuesta. Un largo lamento de pena resonó al mediodía, y acalló de súbito
todas las voces.
El
primer lamento sincero por Manolo llegaba del único amigo que tuvo en vida.
Después, el viejo can se tumbó en el suelo con la cabeza muy cerca de cráneo
del muerto, con la mirada fija en él, inmóvil. Durante unos instantes nadie
habló, y se instaló una suerte de silencio de velatorio en el que nadie osó
acercarse ni al animal ni al muerto.
-
Quizás habría que llevarse de aquí al perro... - comentó al fin el alcalde,
dirigiendo su mirada al representante de la autoridad.
-
Por el momento no lo creo necesario, el pobre animal al fin y al cabo parece
tener claro que se ha reencontrado con su dueño, y por lo que se ve, él sí lo
echaba en falta ¿no les parece? - Quizás fuera por su acento andaluz, pero para
muchos de los presentes el tono de voz del agente parecía haber apuntado un
cierto deje de sorna. Sin embargo, nadie dijo nada.
Poco
a poco las voces volvían a surgir en el heterogéneo grupo, aunque mucho más
atemperadas.
-
A ver, aquí no tienen nada que hacer; hagan todos el favor, vuelvan cada uno a
lo suyo. – La magdalena definitivamente se había asentado en el estómago del
joven guardia. Más sereno, reparó en que alguno de ellos tuvo que ser quien le
llamase después de encontrar el cuerpo. Pero, poco a poco. Ya habría tiempo de
cuadrar preguntas y respuestas.
-
Don Mariano, ¿quiere usted ayudar? ¿puede quedarse en la puerta y me impide que
entre nadie? Y usted, señora -dijo dirigiéndose a la anciana - usted que
conocía al muerto, ¿puede venir conmigo adentro un momento? Voy a hacer un
primer registro visual.
El
agente y la mujer penetraron en la rancia atmósfera de la casa. Avanzando por
el pasillo en penumbra, dejaron atrás la esquelética figura inerte acompañada
por el perro hasta llegar a comedor. Allá donde se posaban sus ojos sólo había
una abandonada y densa suciedad, oscura y polvorienta que cubría los escasos
muebles de la estancia. Se hallaban en una cápsula del tiempo, de un tiempo ya
muerto y congelado, donde todo indicaba que la felicidad nunca tuvo demasiada cabida. Sobre una mugrienta
mesita redonda apareció un diario doblado con las últimas noticias que Manolo
conoció: la apergaminada portada mostraba la humeante zona cero de Nueva York.
Justo debajo asomaba lo que parecía una roñosa carpetilla blanca. Quizás se
tratase de un documento identificativo.
El guardia tiró de la esquina que
sobresalía y la tomó en sus manos. Resultó ser una cartilla veterinaria. En la
primera página se relacionaban los datos de un perro. El guardia levantó la
vista por un instante hacia el viejo animal que seguía inmóvil en medio del
pasillo, ajeno en su velatorio de los huesos del muerto. Volvió los ojos al
documento:
Fecha de nacimiento: Indeterminada
Raza: Mestizo común
Nombre: "Cotufo"-
leyó en voz alta el joven guardia.
En
ese momento, desde fondo del pasillo, el viejo can alzó primero la cabeza hacia
el guardia, después se incorporó y a continuación, echó a andar con un trote
asombrosamente ligero para su edad. Atravesó el pasillo hasta plantarse ante
los pies del hombre y sentándose de nuevo sobre sus cuartos traseros prorrumpió
en un ronco y breve ladrido, poniendo fin así a su largo silencio de diez años. El
guardia no pudo reprimir poner su mano sobre la cabeza del animal, que mantenía
sus ojos brillantes, fijos en él. Para Cotufo todo volvía a estar bien: Al
menos había vuelto a casa y había recuperado su nombre.
jueves, 31 de mayo de 2012
El mayor de los olvidos
Lo supo desde que amaneció. No lo iba a conseguir. Él no, y probablemente tampoco ninguno de sus compañeros.
"Dependemos de vosotros, aguantad todo lo que podáis y luego os retiráis también." Los tres hombres intercambiaron miradas amargas desde sus puestos de tiro. Se habían llegado a conocer bien tras muchos meses de dura lucha. Lo que tenían enfrente no dejaba margen alguno para la segunda parte de esa orden. No si se quedaban; no si cumplían con su deber.
Guardó en su macuto el tubo de brillantina para el pelo y su cepillo de dientes. Que la muerte nos encuentre presentables cuando llegue. No somos unos cualquiera, somos los escogidos, somos los últimos de la XV Brigada.
Son una pequeña parte de un mundo, una minúscula fracción de un ideal que agoniza, abandonado y traicionado. Los tres defensores de la cota 562 se han quedado atrás voluntariamente, frente a toda la adversidad que se les viene encima. No están del todo solos: les apoyan desde tres blocaos adelantados a su posición, construidos en buen cemento. Pero para su desgracia, los de enfrente han sacado tres tanques. Son T-26 capturados, de los que una vez estuvieron en su propio bando, cuando quizás otro final aún era posible. Impotentes en su posición elevada, los tres hombres ven cómo las tres bestias mecánicas se encaminan en solitario directamente hacia los blocaos. Van a hacer el trabajo sucio a quemarropa; no hay opción para sus defensores.
Sea pues. Vamos hasta el final y que lo paguen. Como lo acaba de pagar ese confiado oficial nazi del otro lado, justo al principio del ataque. A través de la mira telescópica de su Mosin Nagant lo ha visto soltar sus prismáticos y caer. Un disparo afortunado en el límite del alcance efectivo. Pero sabe que dificilmente lo podrá contar en casa...
Pasan un par de horas, y ya no necesita de mira alguna para ver las caras de sus enemigos. Recargar otro peine de balas, apuntar apenas y disparar. Sentir el culatazo tosco de ese fusil ruso en el hombro. Una y otra vez. Resistir, mantenerlos a raya, ganar tiempo para su gente, para todo en lo que aún cree. Sus vidas a cambio de algo de tiempo, un puñado de horas al menos. Que otros puedan seguir intentándolo después de ellos...
Ya están aquí, se les van a echar encima. Los puede oir perfectamente, más allá de los sacos terreros que le protegen. Ya no puede saber si sus compañeros siguen aún ahí, vivos. Una recia voz con un acento distinto al suyo llega a sus oídos: "¡granadas!". Él antes les ha lanzado dos de las suyas. Consigue sacar las tres primeras que entran en la trinchera, mientras las balas zumban a su alrededor, buscándole. Las devuelve con fría serenidad de veterano, en un siniestro juego de la patata caliente que no puede permitirse perder. La última también la ve venir. La recoge del suelo a sus pies y la sostiene en su mano por un momento, pero esta vez ha llegado tarde.
En ese instante su mano derecha desaparece, y mientras la metralla entra en su pecho y sus entrañas, se van para siempre su madre, sus seis hermanos, su viejo barrio de calles empedradas entre el puerto y la montaña, los amigos de la escuela, aquella vecina tan simpática de ojos negros y brillantes, los veranos en la playa y las largas jornadas en la fábrica. También se termina toda la euforia, toda la rabia y toda la angustia de aquellos largos años de insoportable inquina y destrucción. Y ya en el fondo de su trinchera, le acoge para siempre su destino, el verdadero y definitivo hogar de los últimos héroes del Ebro: El mayor, el más amargo de los olvidos.
"Dependemos de vosotros, aguantad todo lo que podáis y luego os retiráis también." Los tres hombres intercambiaron miradas amargas desde sus puestos de tiro. Se habían llegado a conocer bien tras muchos meses de dura lucha. Lo que tenían enfrente no dejaba margen alguno para la segunda parte de esa orden. No si se quedaban; no si cumplían con su deber.
Guardó en su macuto el tubo de brillantina para el pelo y su cepillo de dientes. Que la muerte nos encuentre presentables cuando llegue. No somos unos cualquiera, somos los escogidos, somos los últimos de la XV Brigada.
Son una pequeña parte de un mundo, una minúscula fracción de un ideal que agoniza, abandonado y traicionado. Los tres defensores de la cota 562 se han quedado atrás voluntariamente, frente a toda la adversidad que se les viene encima. No están del todo solos: les apoyan desde tres blocaos adelantados a su posición, construidos en buen cemento. Pero para su desgracia, los de enfrente han sacado tres tanques. Son T-26 capturados, de los que una vez estuvieron en su propio bando, cuando quizás otro final aún era posible. Impotentes en su posición elevada, los tres hombres ven cómo las tres bestias mecánicas se encaminan en solitario directamente hacia los blocaos. Van a hacer el trabajo sucio a quemarropa; no hay opción para sus defensores.
Sea pues. Vamos hasta el final y que lo paguen. Como lo acaba de pagar ese confiado oficial nazi del otro lado, justo al principio del ataque. A través de la mira telescópica de su Mosin Nagant lo ha visto soltar sus prismáticos y caer. Un disparo afortunado en el límite del alcance efectivo. Pero sabe que dificilmente lo podrá contar en casa...
Pasan un par de horas, y ya no necesita de mira alguna para ver las caras de sus enemigos. Recargar otro peine de balas, apuntar apenas y disparar. Sentir el culatazo tosco de ese fusil ruso en el hombro. Una y otra vez. Resistir, mantenerlos a raya, ganar tiempo para su gente, para todo en lo que aún cree. Sus vidas a cambio de algo de tiempo, un puñado de horas al menos. Que otros puedan seguir intentándolo después de ellos...
Ya están aquí, se les van a echar encima. Los puede oir perfectamente, más allá de los sacos terreros que le protegen. Ya no puede saber si sus compañeros siguen aún ahí, vivos. Una recia voz con un acento distinto al suyo llega a sus oídos: "¡granadas!". Él antes les ha lanzado dos de las suyas. Consigue sacar las tres primeras que entran en la trinchera, mientras las balas zumban a su alrededor, buscándole. Las devuelve con fría serenidad de veterano, en un siniestro juego de la patata caliente que no puede permitirse perder. La última también la ve venir. La recoge del suelo a sus pies y la sostiene en su mano por un momento, pero esta vez ha llegado tarde.
En ese instante su mano derecha desaparece, y mientras la metralla entra en su pecho y sus entrañas, se van para siempre su madre, sus seis hermanos, su viejo barrio de calles empedradas entre el puerto y la montaña, los amigos de la escuela, aquella vecina tan simpática de ojos negros y brillantes, los veranos en la playa y las largas jornadas en la fábrica. También se termina toda la euforia, toda la rabia y toda la angustia de aquellos largos años de insoportable inquina y destrucción. Y ya en el fondo de su trinchera, le acoge para siempre su destino, el verdadero y definitivo hogar de los últimos héroes del Ebro: El mayor, el más amargo de los olvidos.
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