martes, 15 de octubre de 2013

Very common in Nepal - 5 (El ronroneo del elefante)


Abordamos los elefantes como quien sube a un avión, a través de una escalerilla rematada en lo alto por una plataforma de troncos y tablones de madera. La silla sobre la que nos colocamos es espartana pero efectiva. Viajamos dentro de un habitáculo en forma de cubo; la conforma una base cuadrada de madera sobre la que se elevan unas estacas en cada una de sus esquinas finalmente unidas entre sí por unos travesaños. Todo el artilugio está firmemente asegurado a la panza del animal con gruesas correas de cuero remachadas en hierro. Somos cuatro pasajeros además del conductor que va delante, sentado justo detrás de la cabeza. Él se sujeta hábilmente introduciendo sus pies descalzos entre la piel y el collar de cuerda trenzada que actúa de brida en todos los elefantes domésticos. Nuestra postura no el súmmum de la comodidad ni mucho menos. La forma del habitáculo nos obliga a una disposición dos a dos, muy juntos y con escasa capacidad de movimiento, cada uno ocupando una de las cuatro esquinas con los pies colgando y una estaca de madera en medio.


Pronto se forma un grupo de al menos una docena proboscidios camino de la espesura. Sin prisa pero sin pausa, a paso sostenido, atravesamos una llanura fluvial fangosa, bajamos un terraplén y entramos en un río de fondo pedregoso. El agua alcanza hasta la mitad de las patas de nuestros animales, los cuales mantienen el ritmo sin mayor problema. Al poco volvemos a ascender, dejando atrás el río y el barro para finalmente adentrarnos en la selva. Ni que decir tiene que los continuos y bruscos vaivenes del elefante al caminar por el terreno irregular de la jungla nos hace comprobar sobre nuestras carnes la gran solidez y muchas aristas vivas con la que ha sido construida la caja en la que viajamos.


Aparentemente no hay sendas o caminos marcados, pero tampoco parece hacernos falta, porque estamos a bordo del que seguramente sea el todoterreno original de la humanidad, el primigenio. Me doy cuenta que no hay vehículo o artefacto humano más capaz que él para la exploración, el rastreo y las labores de patrullaje. Vadeamos ríos y fangales sin mayor problema, superamos obstáculos mientras nos internamos en la densidad boscosa, donde no llegaría jamás vehículo alguno. Todo ello sin perder ocasión para autoadministrarse frecuentes aperitivos de forraje extra que arranca en grandes cantidades con su poderosa trompa a un lado u otro de la ruta.

Avanzamos en fila por lo más abrupto de la selva con la ventaja de ver el terreno cerca de las copas de los árboles. Me vienen a la cabeza imágenes semi olvidadas en blanco y negro; antiguas películas de Tarzán y escenas de cómics en los que aparecen rajás de la India o gobernadores coloniales con salacot, en plena expedición de cacería, montados cómodamente, (ellos sí) sobre elefantes suntuosamente enjaezados. En esas escenas se les ve seguros y aparentemente invulnerables a cualquier peligro, hasta que de súbito son atacados por un feroz tigre o alguna  horda sanguinaria de nativos, con resultados siempre catastróficos, por supuesto...


Pero los tiempos han cambiado, y ahora la caravana de elefantes transita en paz y buen orden por un parque nacional perfectamente delimitado. Los que la integramos somos turistas de clase media de los cuatro rincones del mundo, armados únicamente de cámaras fotográficas y el deseo de avistar al famoso rinoceronte blanco. De pronto surge directamente de debajo de nuestras posaderas un sordo rumor que rápidamente pasa a convertirse en una creciente vibración. Los cuatro pasajeros nos miramos. ¿Nuestro elefante está... ronroneando? El conductor tiene la respuesta: en un rudimentario inglés nos hace saber que estamos sobre un ejemplar de diez años y que en estos momentos el elefante que se ha colocado detrás de nosotros en la fila es una hembra, su madre, de cuarenta y cinco. Esta es la forma que tienen las crías de demostrar el apego a sus progenitores cuando los tienen cerca.

Al cabo de poco dejamos atrás la umbría de los altos árboles y nos adentramos en una especie de sabana trufada de altos matorrales, charcas y bosquecillos dispersos. Inmediatamente el sol de la tarde empieza a castigar nuestros hombros y cabezas. Mientras tanto, observo como la fila de elefantes se rompe para abrirse en abanico. Ahora empieza realmente la búsqueda del rinoceronte blanco.

Los minutos pasan, por el momento no hay más novedad que la posibilidad de obtener mil y una fotos de nuestros compañeros montados sobre otros elefantes. De vez en cuando nuestra montura nos ameniza con sus cariñosos ronroneos filiales dedicados a su madre próxima, la cual responde con suaves bramidos. Comentamos divertidos la curiosidad con nuestros vecinos montados sobre ella. Quizás será por el calor o a falta de otra cosa en la que ocupar la mente, pero en esos momentos me da por pensar que si resulta que los elefantes vienen a ser tan longevos como los humanos, unos setenta y cinco años, emplear a un ejemplar de diez bien podría considerarse una suerte de explotación infantil. Aunque por otra parte, también es verdad que este animal dista mucho de ser una débil criatura...

De uno de los elefantes cercanos surgen voces en nepalí. Uno de los conductores ha visto algo interesante. Pronto llegamos también a las inmediaciones. Un grupo seis o siete de ciervos pace a la sombra de unos árboles. Para nuestra sorpresa no huyen ni muestran el más leve temor. Pasamos junto a ellos, mientras los fotografiamos a placer. Pero la búsqueda prosigue. Unos centenares de metros más adelante es nuestro conductor es el que se yergue sobre el cuello de nuestro animal. Sin alzar mucho la voz se hace notar a su colega más cercano y señala con la vara de hierro en dirección a una zona de vegetación alta y especialmente densa. Llegamos los primeros. Ahí, en un pequeño claro tras los altos cañizales están: una hembra de rinoceronte blanco y su cría. Nos detenemos a escasos cinco metros de la pareja. Los observamos con todo detalle, advirtiendo cada pliegue y detalle de la dura piel blanquecina de los dos seres. La cría busca afanosamente las ubres de su madre, ajena a cualquier otra consideración. No parecen interesados en nuestra presencia, cosa que demuestran dándonos la espalda. No nos distinguen como seres humanos, para ellos somos un solo ser, formamos parte indistinguible de otro gran herbívoro como ellos, alguien que en modo alguno es su enemigo.


Pronto convergemos una decena larga de elefantes a su alrededor, formando un círculo cada vez más cerrado. Los obturadores de las máquinas de fotografiar suenan continuamente. Algunos guías se ofrecen desde su posición privilegiada para captar primeros planos con las cámaras de sus pasajeros a cambio de la posterior propina. Toda esta sorprendente armonía en proximidad se prolonga durante un buen rato, todo un lujo que quedará grabado en nuestro recuerdo, hasta el momento en que la madre rinoceronte empieza a cabecear y a mirar a un lado y a otro. Al parecer considera que pese a la buena vecindad entre especies, quizás somos demasiados en tan poco espacio.


El guía más veterano, un hombre flaco y largos cabellos cenicientos, de piel extremadamente curtida, da la orden a todos los demás. Nuestras monturas obedecen a sus conductores y volviendo grupas, devolvemos la tranquilidad a la pequeña familia de rinocerontes blancos.

Cae la tarde en la sabana de Chitwan mientras las siluetas de doce de elefantes se recortan sobre la llanura. Uno de ellos ronronea mientras camina al lado de su madre.



jueves, 10 de octubre de 2013

Very common in Nepal - 4 (La sonrisa nepalí)



Después de una intensa mañana en pos de las escurridizas fieras selváticas, he vuelto de nuevo a la orilla del río, otra vez cerca del embarcadero. El día ya está mediado y el sol golpea con fuerza sobre mi cuerpo cansado. Mis ropas conservan todo el sudor ilusionado de la búsqueda, el mismo que se enfrió durante la tensa espera, el mismo que ahora me envuelve de nuevo, aderezado con la transpiración acre de la decepción final.

Debe ser que no he tenido bastantes emociones con todo lo que he visto y lo que en realidad no he llegado a ver, porque ahora mismo voy al encuentro de otra gran bestia de la jungla. Esta vez la encuentro sin dificultad. Hay decenas de ellas a mi alrededor chapoteando en el río, y no me prestan mayor atención que al resto de personas que deambulan a su alrededor. Con decisión me acerco a uno de los animales; en concreto, al que nuestro taciturno guía de esta mañana me acaba de señalar: "Pide esa hembra de ahí, es la más tranquila de todos estos."

Cuando no sin cierta prevención llego al pie de la gran elefanta, no necesito intercambiar palabra alguna con su conductor. Basta con un breve ademán al chico que asoma por encima de la gran cabeza cuadrada. Él se remueve brevemente sobre su montura y pronuncia un par de órdenes secas. De inmediato, a un metro escaso de mí, el gran animal echa cuerpo a tierra doblando primero sus patas delanteras y luego las traseras. Aún así su grueso espinazo queda por encima de mi cabeza. Agarro la mano que se me tiende y trepo descalzo por el montículo de carne gris hasta sentarme a horcajadas tras la testa de la elefanta. Con curiosidad, descubro que está cubierta de unos finos pelos negros enhiestos. Estoy encaramado sobre el lomo de un gigante. Detrás de mi se ha situado el conductor. Advierto que está de pie y va provisto de una vara de hierro corta. Uno de sus extremos termina en forma de gancho afilado. Con esta herramienta da una serie de golpes cortos en los cuartos traseros del animal. Acto seguido ésta se pone en pie y a continuación da media vuelta en dirección al río. Durante este proceso experimento lo que supongo debe sentir cualquier hormiga al verse zarandeada de arriba a abajo y de izquierda a derecha. Como única sujeción cuento con la fuerza de mis piernas y una cincha de cuerda azul trenzada alrededor del cuello del animal, a la que me aferro con toda la energía de la que soy capaz.

Los andares de mi elefanta son pausados pero sorprendentemente ligeros para el peso que desplaza. Dispongo de unos segundos en los que contemplo todo mi entorno desde la altura de esta atalaya en movimiento. A cada paso que da puedo sentir bajo mis pies y mis manos la fortaleza de un poder hasta ahora desconocido, tranquilo, silencioso, obediente. Mientras tanto, nos hemos adentrado en el cauce del río hasta un punto en el que el agua alcanza el nivel de la panza del animal. En ese momento, el chico a mis espaldas pronuncia una breve orden. Lo que ocurre a continuación me coge totalmente desprevenido; los elefantes pueden ser muy rápidos cuando quieren: En un instante veo ascender una larga trompa por encima de mi cabeza que, tras describir un elegante arco, descarga directamente sobre mi cara un enorme y prolongado chorro de agua. Instantáneamente todo el calor, el sudor y el cansancio acumulado se evaporan de mi cuerpo.

Siguiendo exactamente la cadencia de las instrucciones del muchacho, la elefanta se aplica diligente en su tarea. Cada ascenso de la probóscide del animal es una ducha revitalizante, recia, precisa, sin concesiones. Creo que me estoy haciendo con el juego, y así me preparo para otro nuevo roción. Pero de pronto la voz de mando que oigo a mis espaldas cambia, y el mundo sobre el que creía hallarme firmemente sujeto me voltea sin dificultad hacia un costado. Me descubro volando de cabeza hacia el río. "¡Aquí me habéis pillado bien!", pienso mientras nado de vuelta hacia la isla viviente y su guía.

Por su parte, tanto la elefanta con sus vivos ojos redondos como el muchacho me miran, sonrientes y listos para repetir la jugada. Por mi parte, estoy empezando a comprender una parte de los motivos de la eterna sonrisa nepalí.





lunes, 30 de septiembre de 2013

Very common in Nepal - 3 (La ley de la selva)


La primera luz del día nos alcanza en el embarcadero, junto a la orilla del río. Todos en el grupo vestimos pantalones largos y botas. Nuestras ropas son negras, gris o azul oscuro. De esta guisa, convertidos en una improbable tribu gótica en medio de la jungla nepalí, embarcamos en unas canoas largas, hechas a partir de troncos vaciados. Camino brevemente por su fondo plano, sintiendo la precaria estabilidad de la embarcación, hasta ocupar una de las pequeñas banquetas dispuestas. En cada barca hay un remero a popa, provisto de una larga vara que hace las funciones simultáneas de remo y timón. Nuestro conductor pronto empieza a maniobrar para encararnos hacia la corriente. En el proceso, nos inclinamos a un costado u otro mientras veo no sin cierta aprensión como la superficie del agua se acerca peligrosamente a la borda. No creo que a mi cámara le fuera a sentar bien un remojón en estas aguas, ni en ningunas otras...


Nuestra flotilla de canoas avanza corriente abajo y gana velocidad fácilmente, casi en completo silencio. Poco a poco nos situamos en el centro del río, que se ensancha cada vez más. Sus aguas son turbias pero tranquilas y cálidas. No puedo evitar alargar la mano fuera de la borda e introducirla, dejándola mecer en el líquido elemento a ras de superficie. A ambas orillas la vegetación de ribera es cada vez más alta. Más allá, pasada la franja fluvial de tonos marrones y ocres surge una inmensa masa forestal verde oscura. Sobre las copas de los árboles flota una niebla de nubes blancas de condensación que lentamente asciende hacia el cielo gris. Es la jungla que respira, y aguarda.


Al poco aparecen unas isletas justo en el centro del río. Las dejamos a nuestra izquierda. Alguien divisa algo en una de ellas: ¡Cocodrilos! Entonces veo a tres cocodrilos perezosamente emboscados entre los cañizales, justo al borde del agua. Uno abre los ojos y nos dirige una mirada vidriosa. Instintivamente, saco la mano del agua.

De pronto, frente a nosotros, el río da señales de cambio: a nuestros oídos llega el rumor de aguas revueltas. Estamos llegando a una zona de rápidos. Vemos aflorar formaciones rocosas en diferentes puntos del río mientras nuestros barqueros maniobran sin dificultad entre ellas. Poco después las tres barcas giran en ángulo recto hacia la izquierda, poniendo proa hacia a la orilla opuesta de la que habíamos partido. La corriente en este punto es más viva que antes, por lo que nos acercamos rápidamente a la orilla, pero nuestra canoa, guiada por manos expertas vira en redondo en el último instante y de espaldas tocamos tierra suavemente.

La expedición se divide en tres columnas, encabezadas cada una por un guía del parque. Partimos en tres direcciones distintas, todos con la misma esperanza de encontrar al gran tigre de bengala.  Rápidamente nos adentramos en la jungla, o más bien, ésta nos envuelve apenas recorridos los primeros veinte pasos. Nuestro guía es el mismo de Khorsor. Habla poco y en voz muy baja. Para nuestra protección y la suya propia cuenta como única defensa con un bastón de madera. De todos modos, pronto me queda claro que la mayor garantía para nuestra integridad es la burbuja de ruido que generamos a nuestro alrededor, perfectamente audible para cualquier ser vivo a cien metros a la redonda. Avanzamos envueltos en el rumor constante de nuestras voces, el roce de nuestros pasos, los chasquidos de las ramas secas al quebrarse bajo nuestros pies.

Muy pronto nos topamos con una especie de insecto muy similar a los zapateros de nuestras latitudes. Estos son de un rojo intenso, más grandes y de largas patas. Corretean por todas partes. Pronto reparamos en otra presencia, otra forma de vida más sofisticada que nos observa. Sobre nuestras cabezas las ramas de los árboles se mueven; unos monos nos observan con descaro y curiosidad. A nuestro alrededor caen frutos y hojas, emitiendo un ruido sordo al dar contra el suelo arenoso de la jungla. Avanzamos entre la penumbra de altos árboles de corteza negra y ocasionales claros, cubiertos de un espeso matorral que debemos apartar a nuestro paso. Estamos en medio de uno de estos espacios cuando se nos viene encima un enjambre de moscas. Inmediatamente nos invade el penetrante olor dulzón de la carne en descomposición. Nuestro guía se detiene por un instante y se adelanta unos metros para inspeccionar a la derecha del claro, justo en el margen del mismo. Cuando vuelve nos dirige unas breves palabras: "Tiger's food". Comida de tigre. Como primer indicio, hay que reconocer que no está mal, nada mal. Seguimos adelante.

Los minutos pasan lentamente y el día avanza, arriba en lo alto el sol se abre paso esporádicamente entre las nubes del monzón, sólo para intensificar el bochorno ambiental. Mientras tanto, a ras de tierra nosotros seguimos buscando indicios del tigre. Llevamos un buen rato caminando sin ver otra cosa que árboles y maleza. Entonces nuestro guía decide algo distinto: salimos de la espesura y empezamos a seguir una pista de tierra, justo en dirección opuesta. En un par de sitios se detiene para husmear en los márgenes del camino o se interna brevemente entre la maleza, junto a algún arroyo. Parece saber donde buscar; pronto nos llama  y señala con la mano en varios puntos en el suelo, justo frente a nuestros pies.

Entonces lo vemos: ante nuestros ojos surge una huella perfecta y clara de la zarpa de un tigre. Unos palmos más allá nuestro guía señala una especie de churretones negruzcos de una sustancia semisólida. Nos hace entender que se trata del producto de la purga estomacal de uno de los grandes felinos del lugar. O sea, estamos fotografiando vómito de tigre, ni más ni menos. Me acuerdo de mis dos gatos, a miles de kilómetros de allí. Ellos también lo hacen, comparten el mismo instinto: comen plantas hasta provocarse el vómito; así protegen sus estómagos de cualquier posible toxina ingerida a través de sus presas.


Con la moral renovada por los indicios nos internamos en una zona de la jungla especialmente densa y sombría. Camino tan sólo unos pasos por detrás de nuestro guía y su bastón. Pasamos un buen rato de monótona caminata, sólo aderezada por los distintos cantos de invisibles pájaros por encima de nuestras cabezas. De pronto nuestro hombre ralentiza sus pasos, hasta detenerse. En completa inmovilidad, está observando una franja del sotobosque al fondo a nuestra derecha, justo en el límite de la visión que permite penumbra reinante. Con todo el grupo expectante tras de sí nuestro hombre se agacha y se vuelve hacia nosotros: "There there's a tiger... maybe" La sola posibilidad de que estemos apenas a treinta metros de un tigre me hace correr un potente escalofrío por la espalda. No me da tiempo a pensar mucho en ello, pues el guía se ha puesto en marcha de nuevo. Ahora camina lentamente, encorvado, directamente hacia el lugar donde hace un momento apuntaba la presencia de la fiera. Por un momento no sé que hacer, pero ¡quién dijo miedo! acto seguido, me pego a sus talones, imitando sus movimientos. Nos detenemos de nuevo. Esperamos. Me doy cuenta que a nuestro alrededor los cantos de los pájaros han cesado. La jungla está en silencio. Apenas hay quince metros de distancia...

Entonces ocurre: de improviso, frente a nosotros la vegetación se agita con violencia; a continuación, el fragor de un apresurado batir de pezuñas alejándose. Se trata de un grupo de ciervos cuyas sombras entrevemos fugazmente tras la maleza antes de desaparecer.

Llegamos de nuevo al embarcadero. Aún pensando en el tigre que no he visto me percato con sorpresa de que uno de mis calcetines está manchado de sangre. ¿con qué me he cortado, con qué me he arañado? qué raro, no me caído ni me consta haber rozado contra nada durante toda la excursión, ni tampoco siento dolor alguno.Y es que tengo el honor de protagonizar uno de los primeros encuentros del grupo con uno de los más sigilosos, persistentes e insaciables depredadores de Nepal: ¡las sangüijelas! No muy lejos de mis pies se mueve un rollizo ejemplar; negro, brillante, henchido y satisfecho tras haberse servido una buena ración de mi sangre. No hay nada como experimentar en carne propia la ley de la selva...



lunes, 16 de septiembre de 2013

Very common in Nepal - 2

 

Por fin logramos cubrir los doscientos kilómetros más largos de nuestras vidas. Estamos en Sauraha, una de las poblaciones cercanas al Parque Nacional de Chitwan. Aquí las cosas son muy distintas al Nepal que hasta ahora hemos conocido. No hay ruido, no hay asfalto, no hay masas de gente ni contaminación. El adobe y la paja menudean en las construcciones. El cielo está encapotado pero el calor del sol sigue ahí, intacto, magnificado por una intensa humedad. A nuestro alrededor, miremos en la dirección que miremos, la vista no tarda en toparse con una densa y elevada vegetación. Estamos en medio de un claro sobre el que van convergiendo una variada colección de lugareños en pequeñas furgonetas y todo terrenos.

Pronto da comienzo una tediosa serie de negociaciones a tres bandas en inglés y nepalí entre los guías españoles, el guía local y los conductores. Por fin, y después de varias órdenes y contraórdenes terminamos por transbordar nuestra voluminosa impedimenta de turistas occidentales a los vehículos que nos transportarán a nuestro alojamiento en el Parque Nacional de Chitwan. Llegamos con el propósito de cumplir uno de los anhelos de este viaje; la posibilidad de ver alguno de los ochenta y dos tigres de bengala que, según cuentan las guías de mano, tienen su hábitat en la zona. Recalaremos en el Tiger Camp, un nombre tan obvio como prometedor.

Sin embargo, muy pronto nos cruzaremos en medio de las calles de Sauraha con el verdadero rey de los animales de estas tierras: el elefante. Están por todas partes; son los vehículos de carga y transporte de materiales y personas, son también las grúas de la construcción. Altos y fuertes, aunque sin el porte avasallador de sus primos africanos, los vemos transitar obedientemente por las vías públicas con sus conductores encaramados tras de sus grandes cabezas. Sus frentes y orejas están decoradas con pinturas en vivos colores, siguiendo la misma lógica del resto de vehículos pesados en esta parte del mundo.

Esa misma tarde visitamos el centro de adiestramiento de elefantes de Khorsor. "La inteligencia del elefante es la tercera mayor del reino animal; sólo es superada por nosotros los humanos y los delfines" nos dicen. Allí se forma en la sumisión y la obediencia pacífica a una buena cantidad de proboscidios desde mucho antes de que asomen sus primeros colmillos. Nos muestran cómo los enseñan a confiar y depender de las personas que los guiarán en el futuro. "Es una labor de años, un complejo proceso de aprendizaje."  Las pequeñas crías juegan y comen forraje en torno a sus criadores; los más grandes reciben la comida de la mano de sus humanos tras ensayar satisfactoriamente la respuesta a las series de órdenes recibidas. Todos los animales que vemos tienen sin excepción una de sus patas traseras sujetas por una cadena a una estaca.

"Aquí son felices, lo tienen todo: buen trato, seguridad, comida... ¿qué mas puede desear alguien?" remacha nuestro guía alto, flaco, de tez aceitunada.

 Alguien, muy cerca de mí, apunta sus pensamientos en voz alta:

- Sí, puede que lo tengan todo, menos la libertad...

Esa noche después de la cena se nos convoca a una charla informativa sobre la principal actividad del día siguiente: nada menos que la ansiada incursión en la jungla en busca del tigre. Nuestro interlocutor se distingue inmediatamente del resto del personal de servicio que pulula a nuestro alrededor. Se trata de un hindú alto, de finos modales y aprehendida flema británica que nos inunda con una estudiada perorata técnica sobre lo que nos espera mañana. Su discurso está pronunciado con un perfecto acento de Oxford o Cambridge. Nos informa de la necesidad de estar a punto a las cuatro de la mañana y de ser puntuales, de vestir ropas oscuras a fin de alarmar lo menos posible a los animales que salgan a nuestro paso y facilitar de este modo su avistamiento. No se cansa de repetirnos una y otra vez que no será cosa fácil, pero que tanto él como todo el equipo del Tiger Camp están a nuestra entera disposición y harán todo lo posible para conseguir llevar hasta nuestras retinas la esquiva pero imponente figura de un tigre de bengala. "We will do our best in order to..."  Demasiadas veces, quizás, en fin. Mañana veremos.

De momento nos acogen las camas de nuestras tan pintorescas como ajadas habitaciones. Con un pretendido ambiente de resort de lujo, pronto nos queda claro que aquel lugar quizás conoció épocas mejores. Tendremos que lidiar con un baqueteado cuarto de baño cuyo retrete pierde agua y el intenso olor a humedad instalado en la paja con la que están forradas las paredes. Sobre mi cabeza pende una enorme mosquitera de una densa tela rosácea que no me atrevo a extender; prefiero asumir el riesgo de los mosquitos a interponer cualquier cosa a la corriente de aire que genera las grandes aspas del ventilador blanco que, a máxima velocidad, cuelga sobre el centro de la estancia. 

Tumbado boca arriba, empapado en sudor, lo observo girar velozmente. Flop-flop-flop... mi último pensamiento esa noche podría haber sido para Martin Sheen, en Apocalypse Now.



jueves, 5 de septiembre de 2013

Very common in Nepal - 1


Despertar en el barrio de Thamel es en realidad abrir los ojos después de haber pretendido dormir.
Durante toda la noche, las ventanas de mi habitación en el segundo piso del Potala Guest House han dejado pasar limpiamente los contínuos toques de claxon, las voces de la gente, los ladridos de los perros, la estridencia de las motos, el rugido de coches, camiones y finalmente el canto de los gallos. Kathmandú no se parece en nada a Nueva York, pero es una ciudad que tampoco duerme...

Estoy en el barrio más turístico de Kathmandú, una zona tan bulliciosa como estimulante. Sus estrechas calles están plagadas de comercios de telas y equipación para el excursionismo de montaña en las que se ofrecen con toda honestidad productos de imitación de las primeras marcas. Hay una infinidad de pequeñas tiendas con todas las variantes de la artesanía local y sus excelentes trabajos de orfebrería, marquetería y joyería. Abundan unos sorprendentemente buenos restaurantes a precios muy razonables y algunos clubes nocturnos con actuaciones en directo de contundentes grupos locales de rock. Como remate, muy cerca de mi hotel se encuentra el equivalente nepalí a las librerías FNAC, pero sin ninguna sucursal y con mucho más encanto: la preciosa librería Pilgrim's. Sus dos plantas de estanterías de madera vieja rebosan de toda clase de libros, almanaques, postales, imanes, láminas, cuencos de oración, cuadros, ropa tradicional nepalí y toda suerte de otros cachivaches inesperados.

Hoy, como de costumbre, toca madrugar: Salimos de viaje hacia las junglas del Parque Nacional de Chitwan, cerca de la frontera con la India. Serán sólo doscientos kilómetros de carretera, pero esto es Nepal...

Pronto descubrí que todo lo que tiene que ver con la conducción de vehículos en Nepal es relativo.   Sabido es que debido a la herencia colonial británica en este país se conduce por la izquierda, en realidad esta y otras convenciones pueden llegar a considerarse meramente orientativas. Quizás sea debido a la gran tolerancia del caracter nacional nepalí, pero lo cierto es que las normas de tráfico aquí se quedan apenas en un marco teórico, dejando en la práctica mucho margen a la interpretación de quien conduce. No existen líneas horizontales de ninguna clase sobre las vias urbanas, ni tampoco en las carreteras. Tampoco se encuentra señalización vertical alguna. Quizás el único lugar donde es posible encontrar algo de todo eso sea en los alrededores del palacio presidencial, donde existe un par de grandes semáforos, aunque que no los ví funcionar. Por todo ello, el tráfico en Nepal es lo más parecido a una navegación a la estima, donde todo es posible y el claxon es una presencia constante y obligada, aunque nunca empleado de forma agresiva, sino a modo de simple aviso al resto de conductores, peatones y animales.

Mi grupo y yo nos dispusimos a emprender viaje en un denominado "autobús turístico". Estos son a menudo unos vehículos tan vetustos e incómodos como insólitamente decorados en su interior. Sus techos y paredes están profusamente cubiertos con todo lujo de remaches y brocados metálicos, luces de colores, cortinillas, borlas, fotografías de actrices de Bollywood, citas en sánscrito y otros motivos hindúes.



Ya en ruta desde el centro de la ciudad, la circulación por Kathmandú recuerda a esas viejas imágenes del cine mudo de las ciudades europeas y norteamericanas de principios del siglo XX. Es el totum revolutum más absoluto; donde hordas de motos habitadas por familias completas (en las que sólo el conductor lleva casco) se entreveran velozmente con camiones, minúsculos taxis y motocarros habilitados como autobuses atestados de viajeros; con el aderezo de las vacas que pacen a sus anchas por doquier, los perros tumbados al sol, los carros de vendedores ambulantes que pululan de un lado a otro y pequeños templetes hinduístas que aparecen en medio del camino, formando improvisadas rotondas. Todas estas circunstancias el nepalí las asume con proverbial calma budista, un punto de desidia y una inmutable sonrisa. Son gentes de tez morena, de rasgos hindús, orientales, o mezcla de ambos. Nunca ví una mala discusión en las calles, o alguien que alzara la voz en público. Sus voces suelen tener un timbre agudo, y sus conversaciones siempre son en tono quedo y pacífico.

Al fin conseguimos dejar atrás la capital, pero sólo para adentrarnos en el infierno de la carretera Kathmandu-Sauraha. Se trata de una de las vías con más tránsito pesado desde y hacia la India. Discurrimos entre parajes montañosos, con una vegetación muy agreste que pronto se vuelve selvática. 

Viajar en esta suerte de autobuses turísticos o "Bolly-buses" por una carretera en Nepal es como tomar parte activa en un rodeo. No hay un tramo liso de asfalto, no hay un centímetro de carretera sin baches, embudos o socavones. La dura suspensión sin concesiones de los vehículos TATA, la marca india que copa el mercado de la automoción en Nepal, tampoco facilita el confort del viajero. Pronto el polvo, los rociones de humo negro de los demás vehículos, la humedad y el calor se mezclan con el sudor de nuestra piel. El aire acondicionado es muy poco común en Nepal: sobre cada una de las ventana del autobús hay unos pequeños ventiladores de aspas rojas que más que aire, arrojan un intenso zumbido sobre las cabezas de los viajeros.

De este modo, durante ocho horas traqueteamos de lado a lado en la estrechez de nuestros asientos, con  parte de nuestro equipaje formando bultos a lo largo del pasillo del autocar. A través de la ventana veo el fluir trabajoso del tráfico pesado por la ruta serpenteante. La mayoría son máquinas destartaladas, todas ellas coloreadas como por obra de un tatuador loco, según la más pura ortodoxia hindú.

En un momento dado ví pasar como en un sueño junto a mi ventanilla a una cabra blanca, adelantándonos velozmente. Iba sujeta sobre el techo de otro autobús, de espaldas al sentido de la marcha, junto con el resto de las pertenencias de sus viajeros. Fascinado, la seguí con la vista hasta que se perdió tras una revuelta de la carretera.

Aún no habíamos alcanzado la mitad de nuestro viaje cuando de súbito todo el tráfico en ambos sentidos se detuvo en seco. No habíamos llegado a ninguna zona de descanso ni población; nos encontrábamos bordeando el fondo de una garganta por la que discurría torrencial un río ancho y espumeante, reforzado con las lluvias del monzón vigente en esos momentos. Los minutos empezaron a pasar en silencio, lenta y densamente, bajo el calor asfixiante. No tardamos todos en salir a la carretera, buscando alivio para nuestros machacados cuerpos y una explicación. En los dos sentidos de la marcha, la hilera de vehículos detenidos se perdía de vista a lo lejos sin vislumbrar el final.

      - Sudeep, ¿qué pasa, por qué estamos parados?

Nuestro guía nepalí salió a indagar. No tardó en volver con la respuesta:

      - Hay una huelga nacional de transportistas, dicen que a dos de ellos les pegó la policia hace unos días.
      - ¿Y vamos a estar así mucho rato?
      - Eso nunca se sabe...
      - Ah, pues qué bien...
 
Sudeep, viendo nuestras caras de extrañeza y fastidio, añadió sin perder ni por un momento su amplia sonrisa de dientes perfectos:

      - Don't worry, my friends, all of this is very common in Nepal!



sábado, 31 de agosto de 2013

Kathmandú en gris y naranja

Nepal en pleno monzón. Los graznidos de los cuervos y ruido de tráfico entran por la ventana, junto con la primera luz del día. Kathmandú amanece con el gris del cielo y el naranja de las túnicas de los monjes budistas del monasterio de Sechen, lugar de nuestra primera noche en el país. No muy lejos suena un gong: ¡tan temprano y sin embargo ya se nos hace tarde! Nos apresuramos camino de la gran estupa de Boudha, mientras atravesamos bajo una suave llovizna las serpenteantes calles de Boudanath, el llamado barrio tibetano y auténtico trozo de aquel país, hogar de tantos que huyeron de la invasión china del 59. Tras un último recodo aparece por sorpresa la gran plaza circular, y por encima de todo, los dos grandes ojos de Buda, azules, profundos, serenos, observándonos desde lo alto de la gran construcción.


Cuando ponemos el pie para adentrarnos en la plaza descubrimos que cien mil palomas llenan el suelo, el aire y la gran cúpula blanca de la estupa, al tiempo que reparamos en la miriada de personas que frente a nosotros se mueven, caminando al unísono en una misma dirección, mezclándose con el incienso, el humo y el color de las velas votivas. Todos giran alrededor del gran edificio, de cuyo cimborrio parten haces multicolores de banderolas cuadradas de oración. La estupa de Boudha se ha convertido en el centro de un enorme vórtice de la muchedumbre silenciosa y diligente, creando y participando de una misma energía pacífica que se extiende y contagia entre las personas y las cosas que se encuentran en aquel lugar envuelto en una atmósfera extraña y especial, como lo son todos los espacios sagrados desde antiguo, cómo sólo lo pueden ser los cruces de caminos del espíritu y del comercio, aspectos de la vida que para un tibetano o un nepalí no son en absoluto incompatibles, como más adelante comprobaríamos.

Hombres maduros, mujeres jóvenes, monjes, ancianas, niños y niñas provistos con la mochila y la corbata que les distingue como estudiantes. Es una multitud diversa de orantes individuales pero a la vez sorprendentemente unida que sortea a su paso a perros tumbados en medio de la calle, turistas desorientados cámara en ristre y penitentes. Uno de éstos, provisto de mandil y protecciones en rodillas y manos avanza trabajosamente; da un paso, junta las manos sobre su frente, se arrodilla, se tumba boca abajo y alarga los brazos sobre el suelo, se levanta, da otro paso y vuelve de nuevo a juntar las manos ante sí, repitiendo el ciclo de movimientos incesantemente. Todos ellos darán varias vueltas alrededor antes de dirigirse a sus quehaceres cotidianos. En muchas manos cuelgan los malas, el equivalente a los rosarios cristianos con los que se lleva la cuenta de los mantras recitados. Los caminantes más próximos hacen girar a su paso los centenares de rodillos de oración dispuestos en las paredes blancas de la estupa. Todo gira, todo fluye aquí, en armónica confusión, como un remedo del universo mismo.

Frente a la puerta de entrada a la estupa, un joven monje envuelto en su túnica roja y naranja sonríe igual al amigo y al extranjero, sin dejar de rezar.  Mujeres de pelo cano y cobre se cruzan con turistas occidentales de mirada atónita, maravillados por el flujo de personas y seres en constante rotación. En la parte exterior de la gran plaza comerciantes con aire indolente están leyendo la prensa en sánscrito al pie de sus negocios, sentados en taburetes bajos de mimbre. En sus locales de madera añeja y oscura brillan los bronces y plateados de la orfebrería o cuelgan las telas de vivos colores, no faltan los puestos de fruta, verduras y especias. Ahora la cálida lluvia cae con más fuerza, formando charcos al paso de chamarileras y vendedores ambulantes. La primera oración del día ha terminado.





viernes, 2 de agosto de 2013

Confianzas



Lo que nunca antes hice en mi puta vida: arrastrarme pidiendo, suplicando por mi familia, contarte que mi mujer había perdido su trabajo, que tengo dos hijos pequeños... y al final lo hice ante ti en este mismo despacho, ¿ya no te acuerdas?

Y me saliste con que nunca habías necesitado ni reparado en el dinero, que no tenías hijos... que lo tuyo al fin y al cabo era venir aquí a trabajar y que en realidad nunca habías aspirado a nada; y que por eso había que conformarse con lo que venía, que todo cargo en esta empresa es temporal... tienes una forma muy curiosa de dar ánimos, ¿lo sabias? Es fácil sugerir esta clase de sacrificios cuando nunca se han conocido, es tan sencillo dar ejemplo desde el lado opuesto... ¿Te vas acordando ya?

Siento lo del golpe, no me lo tengas en cuenta...

Muy ejemplar tu vida y obra, si señora. Siempre has estado arriba, en lo más alto. Siempre has flotado en esta empresa como un corcho. Tantos otros vinieron, subieron, se creyeron tan imprescindibles o más que tu cuando alcanzaron la cresta de la ola, pero más tarde o más temprano, al final todos acabaron cayendo. De todos esos, alguno hubo realmente bueno, lo suficientemente inteligente como para ver tu juego. Pero o ninguno se atrevió, o ninguno pudo contigo, nunca... en eso te reconozco el mérito que te corresponde. Bien jugado por tu parte.  Esperaste tu momento, y cuando este llegó, una vez en la cima, es verdad que supiste aguantar cuando vinieron mal dadas. Ahí aprendí mucho de la condición humana. Te vi cruzar líneas impensables. Aprendí mucho de ti. Y empecé a temerte.

Te recomiendo que te estés quieta, si forcejeas te harás más daño tu sola.

Porque hace muchos años que nos conocemos, y lo cierto es que no empezamos nada mal... ya me doy cuenta por el modo en que me miras que no me crees. Bueno, hoy no te lo puedo tener en cuenta, quizás yo en tu lugar hoy pensaría igual que tu...

Supongo que aún te acordarás de los buenos tiempos; cuando me incorporaste a tu equipo: Los dos teníamos nuestra buena dosis de ambición. Tu aprovechando esa oportunidad que no podías rechazar y yo prácticamente recién aterrizado en la casa. Éramos compatibles y nos conveníamos. Ahí tu famoso instinto funcionó. Formamos una buena sociedad, fueron buenos tiempos aquellos… Conmigo salvaste todas las crisis en las que te metías con esa mezcla tan tuya de intuición y desconocimiento de la materia. A cambio, yo contigo ascendí como de otro modo no habría sido posible. Te debí mucho, es cierto. Pero no te olvidaste de cobrarte la deuda, y con buenos intereses... tengo tu voz chillona clavada en lo más hondo de mi ser para siempre, reclamándome a voces, siempre a voces, a cualquier hora, del día o de la noche. Tantas veces la Blackberry zumbó, exigiéndome disponibilidad, sin reparar en horarios. "Porque tenemos confianza, ¿no?" me decías una y otra vez… 

¿Te aprietan mucho las cuerdas? espero que no.

Y fue esa misma confianza lo que nos perdió. O por lo menos, la forma en la que tú la entendías. ¿Porqué no la llamaste alguna vez como lo que era: vasallaje o mejor aún, fidelidad perruna? Puede que entonces no me hubiera equivocado como lo hice, seguramente te habrías enterado de la jugada a toro pasado. Quien sabe, puede que lo hubieras aceptado al cabo de un tiempo; al fin y al cabo podrías haber entendido que yo también tenía mis ambiciones... ¿Tan inconcebible te resultó? ¿Tanto necesitabas demostrarme tu poder? ¿Te hacía falta hacerlo con tanta saña? Pero claro, es verdad… si hubieras actuado de otro modo, no habrías sido quien eres.

Así que felicidades, ya lo has conseguido; tienes la victoria absoluta. Y yo ya no tengo nada que perder... y tú, dentro de un momento, tampoco. Por cierto, ni se te ocurra: por mucho que lo mires, no vas a coger ese teléfono, y no, no va a venir nadie. Me he asegurado.

Ya verás, no vas a notar casi nada, será rápido...


Fotografía de Alfonso Hidalgo Bau

martes, 30 de julio de 2013

Exilios



No hizo falta que ocurriera nada en especial, fue tan sólo la suma de los días.

La suma había pasado a ser resta, las cuentas ya no salían.

Pero poco o nada importaba cuando del todo o la nada hablaban.

En el balance se fueron añadieron las semanas, los meses; el tropel de todas las horas de sus cuentas mal cuadradas. 

De este modo ya nada cambiaría. 

Entre ladrillo y asfalto o a la orilla de este río. 

Bienvenidos al exilio.


Fotografía de @Mara_BC

jueves, 18 de julio de 2013

La borda de poniente



Tenía unos ojos muy grandes y serios las pocas veces que dejaba de reír y se quedaba solo.

En un rincón de la borda que daba a poniente, alejado de la vista de todos, las bromas y chascarrillos del faenar cotidiano se desvanecían bajo el peso de su mirada reflexiva. Había llegado el momento.

Tenía en su corazón mil remiendos y suturas, por los que habían conseguido impedir que la vida se le escapase. "Has tenido mucha suerte" le dijeron mil veces. Pero ahora sabía que lo suyo había sido mucho más que suerte.

Se daba cuenta que apenas recordaba nada de antes; como si no hubiera tenido más vida que cuando decidió empezar de nuevo, y vivir el regalo de la pura existencia, como el niño travieso que decidió volver a ser. Sólo así recuperó un mañana con el que no llegó a contar. Desde entonces había visto mucho mar, muchas olas, muchos peces, muchas cosas desde la borda de ese viejo, gastado barco. Era la hora de volver a puerto. 

            - Me voy, lo dejo ya. Nos volveremos a ver, amigo.

             - Lo sé y lo entiendo. Nunca hemos hablado de la amistad, porque de la amistad no se habla, se siente. Alguien  me dijo una vez que un amigo es aquel con el que te puedes sentar tranquilamente en silencio y sencillamente, sentir que sois amigos. Nada más. Esa es la amistad que yo he vivido contigo.

Había llegado en el mejor momento, no había mejor modo de irse. Estaba en compañía de verdaderos amigos, aquellos que nunca necesitaban ni pedían explicaciones, pero que sabían que de vez en cuando se alejaba para acodarse en la borda que daba a poniente; siempre pensativo, con los ojos grandes y tranquilos, en silencio.


Fotografía de Alfonso Hidalgo Bau

martes, 25 de junio de 2013

Cáscaras vacías



Vuelvo a los lugares de siempre, mientras me adentro en la penumbra de los días.
Ya no queda nadie. La fiesta terminó hace tiempo.

 Extraños vestigios crepitan bajo mis pies: ecos de un futuro olvidado.
Las cáscaras vacías de los otros nunca suenan igual.

 Hoy las almendras son amargas.

¿Cuándo empecé a pisar cáscaras vacías?